Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Bello Horizonte
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Bello Horizonte

Nadie esperaba que Marina reclutase al peor compañero que podía reclutar.

Ramón ya se había ido a casa y ella estaba echando horas extra. El Mayor insistió mucho en que la acompañase Néstor Amigo. Y, precisamente, eso era de lo que ellos dos carecían: amistad.

Después del problema con el traficante portugués y, a pesar de que el tipo cometiera la atrocidad que cometió, Néstor no rebajó nunca la tensión con Marina.

Es más, conspiró contra ella en la comisaría.

El Mayor Muros era un amigo de su padre de toda la vida y, como en casi todo, las conexiones personales suponen un aval.

Néstor dio pelos y señales al Mayor del intento de irregularidad de Marina con Joao.

El Mayor los reunió a los dos y allí se dijeron de todo.

Marina tenía las de perder, más novata, más impulsiva y sin enchufes en el cuerpo.

Y con la alargada sombra de la irregularidad.

Tuvo que recular, pedir perdón y tragarse el orgullo.

Solo cuando Joao cometió el atropello, el Mayor tuvo cierta condescendencia con ella.

Marina no dijo ni pío en público, ni al Mayor ni a su compañero.

Tan solo una mirada al día siguiente de conocer la noticia.

Una mirada que Néstor no pudo aguantar a pesar de contar con la razón que otorga cumplir las normas.

Apenas hablaron en el breve trayecto de la comisaría a la casa de Mario en la Urbanización de Bello Horizonte.

La noche estaba templada y se notaba en el ambiente la próxima feria.

Era la noche del chupinazo y muchos chavales estaban todavía en la calle a esperas de ver los fuegos artificiales desde una colina del barrio.

La urbanización estaba formada, en su gran parte, por bloques de chalets adosados de tres o cuatro plantas.

Con fachadas blancas y tejas rojas, y puertas de garajes de diferentes tonos.

Marina tocó el timbre de la casa que Mario le había indicado en el calabozo.

Tardaron en contestar. La policía se identificó y al otro lado se quedaron mudos.

—¿Irene? Somos la policía local. ¿Sigue usted ahí?

—Sí, disculpe. Le abro.

El telefonillo permitió a los policías abrir la verja de la entrada.

Marina dejó paso a Néstor, por aquello del respeto al rango superior.

Ambos policías subieron por las estrechas escaleras de baldosas rojizas hasta llegar al patio delantero.

La puerta principal de la casa estaba cerrada y Néstor golpeó, impaciente, con los nudillos.

La mujer tardaba en abrir, por lo que Marina tuvo que llamarla en voz alta. A los pocos segundos, la puerta se abrió.

Irene, en ropa deportiva y con la cara mojada, apareció ante los ojos de los agentes locales.

—Buenas noches y disculpe la molestia a esta hora —dijo Marina adelantándose a Néstor, que la miró con desespero—. Solo queríamos comprobar que todo está bien.

—¿Mi marido está detenido? —disparó ella, casi sin anestesia.

—No, está…

—Está en nuestras dependencias, señora —interrumpió Néstor—, va a pasar la noche allí. Nos ha enviado para comprobar que tanto su hijo como usted se encuentran bien.

—Sí, estamos bien. Me preocupa él, lo he notado muy nervioso.

—Señora, su marido se ha intentado...

—Irene, se llama ¿verdad? —Marina interrumpió a su compañero y casi le da un codazo por bocazas. Mario le pidió que no dijera nada del incidente. Irene asintió al escuchar su nombre—. Mario nos ha pedido que le confirmemos que Pablo está bien. ¿Podemos pasar?

—Está dormido.

En ese momento se escuchó un ruido en la parte superior de la casa.

—¿Le habremos despertado? —preguntó la policía.

—Espero que no, una compañera ha venido a ayudarme. Es pediatra en prácticas en la clínica donde trabajo. Está arriba echándole un ojo.

—Nos gustaría comprobar que el niño está bien, no hace falta que lo despierten —intervino el oficial.

—De acuerdo —suspiró Irene—. Pasen.

Los dos policías accedieron al interior de la vivienda. Marina sonrió a Irene que no le correspondió. Subieron al segundo piso.

—Por favor, con cuidado, no me lo despierten.

La compañera de Irene esperaba en el rellano. Era una mujer morena de pelo rizado que llevaba una sudadera con capucha tapándole la cabeza.

—Rasha, estos señores son de la policía.

La mujer bajó la cabeza a modo de saludo.

Irene señaló la habitación donde Pablo dormía bajo una luz nocturna de un color parecido al verde. La lamparita de noche iluminaba la habitación del niño de una forma un tanto tétrica con un verde fantasmal rebotando en el techo.

La respiración de Pablo, algo ronca, se escuchaba desde el rellano.

—Tiene fiebre —dijo Rasha con un marcado acento árabe.

Irene tenía los ojos clavados en Rasha. A la agente Caracuel aquello no le pasó desapercibido.

—Nos vamos —dijo Néstor—, le comunicaremos a su marido que el niño está en la cama. ¿Cómo dice que ha aparecido?

Irene tragó saliva.

—Estaba en un parque con otros niños y Rasha se lo encontró, le extrañó verlo allí solo y me llamó enseguida.

Néstor apuntó el dato. Marina buscaba algo en la expresión de Irene, algo que la descuadrara, aunque no sabía el qué.

—Muy bien, nos vamos. De todas formas es posible que venga algún compañero de la Policía Nacional.

—¿Y eso? —preguntó Irene.

—No lo sé, señora, es lo que me han dicho mis superiores.

Irene bajó los hombros y agachó la cabeza; Marina anotaba mentalmente todas las reacciones de la mujer de Mario.

Los dos policías bajaron las escaleras y se marcharon de la casa.

—¿Qué piensas? —preguntó Marina cuando se montaron en el coche.

—Pues que no es oro todo lo que reluce —respondió Amigo. Su compañera le interrogó con los ojos—. Que no es un matrimonio perfecto y que se están peleando por el niño de alguna forma que no sabemos. Pero eso a ti y a mí no nos incumbe.

Dicho esto, Néstor arrancó y se puso en marcha rumbo a la comisaría.

Marina miró una vez más la casa y en ese momento, se escuchó el estruendo del primer cohete de los fuegos artificiales. Por el espejo, y gracias al resplandor que provocaron los siguientes, pudo observar un todoterreno de lujo aparcado en una acera en frente del domicilio de Irene y Mario.

En ese momento no se dio cuenta de la importancia que ese vehículo tendría en el futuro.