Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La delgada línea
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La delgada línea

La línea por la que caminaban Mario e Irene era más delgada que la de la película mítica de Terrence Malick. E igual de roja.

El abogado estaba al borde del llanto.

—¿Cómo que está dormido? —preguntó a su mujer.

—Sí, ha venido maluquillo y se ha acostado. Además ya son más de las diez.

—Pero… ¿qué está pasando, Irene?

Escuchó dudar a su mujer.

—Na..Nada, creo que yo también estoy algo resfriada. En la clínica hay varios compis de baja, a lo mejor se lo he pegado yo.

Mario no daba crédito a las palabras de su mujer. Sin embargo, notaba algo extraño en su tono de voz. No quería decir nada delante de los policías que lo custodiaban.

—Irene, ¿seguro que el niño está bien?

—Sí..sí, todo bien. Todo en orden.

Esa expresión fue el espaldarazo que necesitaba Mario para saber que nada estaba bien, nada estaba en orden, porque ella nunca usaba esos términos.

—Disculpe, ¿cómo se llama usted? —dijo Mario dirigiéndose al Mayor, que estaba junto a Marina

—Soy el Mayor Enrique Muros.

—¿Podrían ir a mi casa, por favor?

Marina se incorporó a la conversación, y los policías nacionales también se aproximaron.

—¿Con qué motivo, señor Gálvez? —preguntó el Mayor.

—A ver… Esta tarde cuando he ido a recoger a mi hijo de sus extraescolares, el niño no estaba allí.

Se ha escapado —mintió Mario—. Me he puesto a buscarlo y no lo he encontrado por ningún sitio —Todos le miraban expectantes—.

Creo que… se me ha podido ir la cabeza y por eso lo del puente. No me acuerdo bien, tengo como lagunas.

A Marina no le cuadraba la historia, y al Mayor tampoco. Alterio, que permanecía callado, parecía mucho más incrédulo.

—¿Estás seguro de eso que estás diciendo, Gálvez? —inquirió el inspector.

—Mi mujer dice que el niño está en casa, ¿podrían ir a confirmar que esto es verdad?

—¿Por qué? —Alterio no le daba tregua—. ¿No confías en tu mujer en algo tan importante?

Mario enmudeció. Sus mentiras le estaban acorralando, pero no quería confesar toda la verdad por miedo; por miedo a ese teléfono oculto que le había estado martirizando durante las últimas horas; por miedo a esa voz entre rota y cómica que le resonaba en los tímpanos.

—No es eso, simplemente me quedaría más tranquilo.

—¿Qué hay de la mochila con sangre en el maletero de tu coche? —insistió el inspector.

—La encontré en un parque, se me ha ido la cabeza. Últimamente no estoy muy bien, Marcos. No sé qué me ha podido ocurrir.

—Mayor, ¿podemos hablar fuera un momento? —preguntó Marina

Los nacionales se quedaron a hacer más preguntas a Mario, mientras Muros y Marina salieron del calabozo.

—Haga usted el favor de librarse de estos maderos y hablemos nosotros con el abogado.

—Agente Caracuel, creo que estamos pisando terreno pantanoso. No es nuestra competencia…

—Ni la de estos dos; son de la UDYCO, delitos económicos, Mayor, y aquí no hay ningún delito económico. Usted sabe tan bien como yo que Alterio busca otra cosa.

—¿Qué cosa?

—No lo sé, pero tocarle las narices a Gálvez es una de ellas. Y este hombre no está muy bien, ya lo ve. No es competencia de estos inspectores, Mayor. Es nuestra, nosotros somos seguridad ciudadana de primera línea.

El Mayor suspiró. Dio un cuarto de vuelta sobre sí mismo con los brazos en jarras.

—En media hora venga usted a mi despacho.

—¿Va usted a mandar a alguien a casa del abogado?

—¿Quiere ir usted?

—No me gustaría irme de la comisaría sin que hayan dejado a este hombre tranquilo.

—Le garantizo que Gálvez dormirá aquí esta noche. Llame a su compañero y vayan.

Marina se cuadró y agradeció al Mayor el trato prestado. Entró al calabozo y le pidió la dirección a Mario, que le dedicó una mirada cargada de agradecimientos. No así el inspector Alterio, que ni se despidió cuando ella abandonó el lugar en dirección al domicilio del abogado.

Lo que allí encontraría no lo esperaba nadie.