El arresto
Mario, esposado y con lágrimas en los ojos, viajaba en el coche patrulla que Marina conducía.
—¿Dónde vas? —preguntó Ramón cuando la agente enfiló por la Avenida General López Domínguez en sentido este. Ella no respondió, lo que provocó la indignación de su compañero y el reproche airado.
—Voy para la comisaría local, deja de protestar.
—Nos vamos a meter en un lío. Nos han dicho que lo llevemos al…
—¿Quién te lo ha dicho?
—Tú misma lo has escuchado.
—Por eso, Ramón, no me fío ni un pelo de nada de esto.
Ramón, a pesar de ser superior de Marina, en ocasiones, dejaba hacer a su compañera.
En parte porque le quedaba poco en el «convento», en parte porque la consideraba una policía muy capaz, mucho más que él.
Por eso procuraba transmitirle toda la sabiduría que había acumulado en sus más de cuarenta años de «guindilla», y la dejaba hacer en la medida de lo posible.
Si no fuera por ella, ese hombre hubiera caído al vacío.
Porque Mario se resbaló.
Después de que Ramón abriera el maletero, Marina se acercó al abogado en un despiste; él reculó y, al mover el pie trasero, no lo apoyó bien y perdió el equilibrio.
La policía llegó justo a tiempo de sujetarle de la mano que tenía en el aire.
Como todo suicida no convencido, el instinto de supervivencia de Mario hizo que con la otra mano se sujetara a la valla.
Un chico de unos veinte años que actuaba de curioso en la escena, dejó de grabar con su teléfono móvil y colaboró.
Entre los dos tiraron del abogado y lo pusieron a salvo.
Mario cayó derrotado en la fría acera y rompió a llorar, diciendo frases poco inteligibles en las que Marina creyó escuchar «ahora sí que lo he matado, ahora sí».
Ramón se acercó y contó a su compañera que en el maletero había encontrado una mochila con restos de lo que parecía ser sangre. La policía se agachó y le preguntó al letrado qué estaba pasando. Mario cruzó con ella una fugaz mirada y volvió a su llanto.
Ramón comunicó por transmisiones el problema. Al lugar de los hechos acudieron otros dos policías municipales en moto, que pusieron orden dispersando a los curiosos y dirigiendo el pequeño caos de tráfico que se había formado.
A los pocos minutos, en la radio del patrulla, recibieron un mensaje que pedía que trasladaran a Mario al cuartelillo de la Nacional.
Mario ya estaba en la parte trasera del coche, esposado, y Marina lo miró.
Él seguía con los ojos rotos y llenos de lágrimas, y perdidos en algún lugar que ella prefirió no saber.
Ese hombre al que al mediodía había tenido que poco menos que rescatar de un linchamiento.
Ese hombre ocultaba algo; algo demasiado complejo para intuirlo o lanzarlo al aire como un rumor.
No, ese hombre no era un asesino o un pederasta, al menos hasta que se demostrara lo contrario.
Eso era lo que su instinto, o quizá algo mejor: la lógica, le decían.
Marina preguntó quién pedía que lo trasladaran a la comisaría de la Policía Nacional.
Al poco rato recibió un nombre, el de un inspector.
Mario reaccionó al escuchar ese nombre: sus ojos ya no estaban perdidos en algún lugar del horizonte, sino que miraban la radio, con curiosidad, con ganas de saber más.
La policía municipal se fijó en ese detalle, y ató cabos.
—Nos vamos a meter en un lío —insistió Ramón.
—No lo vamos a dejar libre, hombre. Lo llevamos a nuestra comisaría y si quieren que vengan a por él.
—Es que no lo entiendo y no sé por qué me dejo mangonear por ti.
Marina sonrió. Él no la correspondió. Cuando llegaron a un semáforo, la policía sacó el móvil y tecleó el nombre del abogado y del inspector que había solicitado el traslado.
Miró por el retrovisor y Mario volvía a tener los ojos perdidos.
Pinchó en la primera noticia de los resultados de búsqueda y entregó el móvil a su compañero con disimulo.
Le hizo un gesto con la mandíbula para que leyera, alzó las cejas e inclinó la cabeza señalando a Mario.
Ramón abrió la boca, y también los ojos y entendió el motivo de su compañera.
—De todas formas no es correcto —protestó Ramón.
—Vamos a preguntar al Mayor, ¿vale?
El veterano no dijo nada más.
Marina se había salido con la suya y se encaminaron hacia la comisaría de la Policía Local.
Mario, abstraído de la realidad, no había cumplido con la tarea: ya no era un buen perro, ahora se había convertido en un chucho apaleado, y el premio del rescate de Pablo lo veía difuso, como en una neblina.
No se había quitado la vida, tal como le habían ordenado, y ahora no sabía si Pablo habría perdido la suya.