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El perro y el amo

Saltar para quitarse la vida no es fácil.

Por mucho que uno se encuentre al límite, se lo piensa más de una vez y más de dos antes de tirarse por un puente.

O de cortarse las venas de las muñecas. O de ingerir mil pastillas.

Las películas y las series han contribuido a una suerte de romantización del suicidio y, sobre todo, a mostrarlo como algo fácil.

La situación de Mario no era límite, él ya lo había cruzado. Aquel hombre, aquel famoso abogado estaba rozando el hecho de convertirse en otra entidad, no sería nunca más el gran letrado Gálvez de la firma Villegas y Familia.

Tuvo que obedecer, como el perro obedece al amo; porque el premio que recibiría sería mucho mejor que una galleta para mascotas: sería la libertad de Pablo.

Obedecer comprendía una serie de catástrofes sucesivas.

La primera, poner su todoterreno deportivo a más de ochenta o cien kilómetros por hora en una calle donde el máximo de velocidad eran cincuenta.

La segunda era pasar rozando a un coche patrulla de la policía local para que lo persiguieran de inmediato.

La tercera…

La tercera era la más compleja. La más difícil. La más macabra.

Mario recorrió la Avenida Ricardo Soriano y siguió por la de Ramón y Cajal, y tuvo que sortear varios vehículos y zigzaguear como si aquello se hubiera convertido en una pista de rallies.

Lo hizo hasta que se cruzó con el patrulla que andaba busando; en ese coche policial viajaban dos recientes conocidos del abogado: Ramón y Marina.

Cuando llamó su atención, como era requerido, redujo la velocidad hasta asegurarse de que lo persiguieran.

Viró a la izquierda —saltándose un semáforo en rojo— y subió por las calles Serenata y Vázquez Clavel.

Ya no circulaba a casi cien por hora, pero sí que iba rapidito.

A todo esto, procuraba no chocarse con ningún otro vehículo, ni atropellar a nadie. Llegó al cementerio y volvió a girar, esta vez a la derecha, para enfilar la cuesta que lo llevaría al puente sobre la autovía.

Marina conducía y maldecía al maldito tarado que se pensaba que las calles de Marbella eran una pista de carreras.

Cuando Ramón dio el aviso por radio del modelo, color y matrícula del coche, Marina sintió una punzada en la sien.

Conocía ese Range Rover. Todavía no sabía de qué, pero cuando, minutos más tarde, descubriera al piloto suicida, recordaría que ese mismo día había tenido una difícil charla con él en un parque infantil.

Mario cruzó la rotonda del McDonalds como si no hubiera rotonda.

Se fijó por el retrovisor: el patrulla venía cerca, pero no pegado a su culo.

Cuando recorrió unos cincuenta metros sobre el puente, derrapó y se quedó cruzado en mitad de la calzada.

Se bajó a toda prisa. Esperó a que la policía llegara y se dirigió hasta la valla.

Hasta ahí, perfecto. Era un perro obediente y eficaz.

El resto de la historia no salió como le habían ordenado.