Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Videollamada
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Pablo aparecía en la pantalla, asustado, temblando. Abrazado a Irene que lo asía con tanta fuerza que parecía que se lo quería meter dentro del cuerpo. Donde estaría protegido, como cuando estaba embarazada de él.

—Tranquilos, por favor —rogaba Mario— Todo va a ir bien.

Irene sollozaba, solo salían ellos en pantalla, pero estaba claro que había más gente a su alrededor.

—¿Qué va a ser de nosotros, Mario?

—Vais a estar bien, os lo prometo.

El teléfono se alejó y el abogado, antes de que la comunicación se cortara, lanzó un «os quiero»; así, en plural.

Cuando cortaron, se puso a llorar, y llamó de nuevo.

Las tres veces que lo intentó le colgaron.

Después de la tercera tentativa, recibió una llamada por la vía ordinaria desde el número oculto habitual del último día.

—Ya tienes suficiente, joder, deja de molestar —le ordenaron.

Mario se puso a insultarlos en todos los idiomas que conocía. Al otro lado recibió alguna carcajada.

—¡No te rías más, desgraciado, cobarde! Devuelveme a mi hijo, joder…

—Tu hijo ya está con tu mujer. Solo tienes que hacer tu cometido para que nos vayamos y la dejemos tranquila.

—¿Y quién me asegura a mí que cumpliréis vuestra palabra?

—¿Todo el teatro que hemos montado para qué te crees que es? —Mario se calló, no comprendía nada—. Tan brillante para unas cosas, tan torpe para otras, abogado…

—¿Qué coño pasa?

Entonces el secuestrador se lo explicó todo. Y Mario comprendió que no tenía otra alternativa. Habían urdido un montaje que quedase recogido a la perfección por testigos, psiquiatra, policía, e incluso medios de comunicación.

—Así que ya lo sabes. Si quieres que tu hijo viva … —terminó de decir la voz—. ¡Salta!