Nagüeles
Mario Gálvez siempre decía que la vida es corta.
Lo confirmó nada más colgar el teléfono.
La siguiente y última tarea era imposible, inviable, inalcanzable.
Le habían asegurado que su hijo solo podría salir con vida si la llevaba a cabo.
Tenía hasta las diez de la noche para cumplirla.
La voz le concedía un tiempo para pensárselo, entendía la gravedad de la petición.
Mario había exigido una prueba de vida. No sabía de qué película recordaba aquello, pero tenía claro que necesitaba ver a Pablo con vida.
Los secuestradores no le prometían nada. Aunque dejaron la posibilidad abierta.
Mario aparcó en la zona de Jacinto Benavente, muy cerca de donde empezó todo.
A escasos metros de la escuela musical de Pablo.
El termómetro del coche marcaba los veintinueve grados.
El abogado sudaba. Necesitaba buscar un lugar más resguardado de los rayos del sol, porque allí estaba demasiado expuesto, no solo al calor, sino a las miradas de curiosos, entre los que podría haber algún conocido del despacho.
Arrancó de nuevo y, cuando llegó a la circunvalación, viró a la derecha.
Subió la cuesta y, pocos metros más adelante, tomó la carretera en dirección a Nagüeles.
Sospechaba que el parque estaría vacío a esa hora con el calor y en día laborable. Y no se equivocó.
Después de aparcar, se adentró por el camino de grava blanca y anduvo entre los pinos; buscó el banco más alejado de la entrada y, con una botella de agua que llevaba en el coche, se mojó la cabeza.
Cuando se le agotó, buscó una fuente, rellenó la botella y repitió la operación.
Se dio un par de bofetones en la cara. Como si quisiera despertar de la pesadilla en la que estaba envuelto.
Se tumbó boca arriba sobre el banco y se puso a llorar. Porque nada más cerrar los ojos, los recuerdos de Pablo vinieron a su mente. La de veces que habría jugado con él en aquel parque, las barbacoas con los amigos, el sexo con sus primeras novias en el aparcamiento contiguo…
Después del berrinche, el cielo azul le proporcionó algo de paz, le costaba trabajo incluso mover las piernas.
Y tras dos o tres parpadeos, cayó en un duermevela del que no despertó hasta casi una hora después.
El teléfono le vibró en el pecho, que es donde lo había dejado, y sonó un tono de llamada distinto al habitual.
Era Irene, desde una videollamada de WhatsApp.
Les habían prohibido tener contacto, así que no descolgó. Al poco, el mensaje de «escribiendo» apareció en la pantalla, y como en una película de suspense, tardó más de un minuto en mostrarse.
«Cógelo, están aquí»
Al principio no entendió bien, y se lo hizo saber. Ella contestó de nuevo.
«Ellos… y Pablo».