Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Miradas
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Miradas

La primera vez que Mario se fijó en los ojos de Marina tuvo una sensación extraña. Como si la conociera de toda la vida.

Un reducido grupo de madres y padres rodeaban al abogado, que tenía las gafas de sol puestas y la gorra: el penoso disfraz de supuesto acosador infantil.

Le increpaban por haber acosado al crío que le llamaba tito.

Mario mantenía la calma, tenía las manos en alto y negaba con la cabeza ante los insultos y las acusaciones.

Los niños correteaban a su alrededor, al principio curiosos, después, aburridos de la tangana.

Ramón fue el que se introdujo entre el grupo de los progenitores y llegó hasta Mario. Pidió calma a los padres y la identificación al abogado. Él dijo que la tenía en el coche, que si le permitían salir de allí, se la entregaría con gusto.

—¿Qué ha pasado exactamente aquí?

—Este energúmeno, que anda acosando a mi hijo —dijo la madre agraviada.

—Yo no he hecho nada, señora —se excusó Mario—, su niño me confundió con su tío y yo a él con mi sobrino. No hay más.

—¿Con tu sobrino? Hijo de la gran..

La mujer levantó la mano y cerró el puño, pero antes de que pudiera golpear la gara del abogado, Marina la detuvo.

—Calma, por favor —exigió Ramón—. Acompáñenos.

La agente Caracuel cruzó una nueva mirada con Mario y le agarró del brazo para sacarlo de la pequeña multitud que lo rodeaba.

—Eso, eso, protegerlo en lugar de meterlo en la cárcel —protestó la mujer—. Siempre igual.

—Señora, que vamos a identificarlo, tenga usted un poco de paciencia —gritó Marina.

Mario les guió hasta el Range Rover, justo delante del patrulla.

—Vaya, ni tique de la hora, ni aparcar bien, mal empezamos —dijo Ramón.

Mario no respondió, abrió el coche, sacó sus documentos de la guantera y entregó el permiso de conducir al oficial, que a su vez se lo entregó a Marina.

Al leer el nombre, Marina torció el gesto.

Aquel tipo le sonaba de algo, aunque no caía en ese momento.

Se dirigió al patrulla y por transmisiones facilitó nombre y número de DNI.

A los pocos segundos recibió la respuesta.

—Caracuel, ¿estás de broma?

—¿Por qué?

—¿No sabes quién es ese hombre?

Ante la negativa de Marina, la compañera al otro lado de las comunicaciones se lo explicó. También le dijo que no constaba ningún tipo de ficha policial de ningún cuerpo en su expediente. ¡Todo lo contrario! Marina agradeció la información y se encaminó hasta Mario.

—Señor Gálvez, ¿qué está pasando?

—No lo sé, esa señora se ha vuelto un poco loca. Le juro que confundí al niño con mi sobrino, hace mucho que no lo veo.

La agente giró la cabeza y, por entre los barrotes que acordonaban el parque, se encontró con la atenta mirada de varias madres y algún que otro padre. Incluida la de la madre del niño supuestamente agraviado.

Ramón preguntaba con su mirada a la compañera. Ella le pedía calma con la mano.

—¿Y qué hacía usted aquí en el parque infantil? —Insistió la agente.

—Estaba un poco agobiado en el trabajo y me he dado un paseo por la playa, como sé que aquí se está fresquito, me sentado a descansar un poco. Sinceramente, no he caído en la hora y no pensé que habría chiquillos.

Marina lo examinaba de arriba abajo, como si fuera capaz de detectar la mentira del lenguaje corporal, cosa para lo que ella no estaba preparada, al menos de momento. Después de unos segundos, le entregó el documento.

—Ahí tiene, le pido que tenga más cuidado —sentenció Marina—. De la multa no podemos salvarlo —sonrió.

—Al mediodía la zona azul es libre, ya me multaron el otro día y me enteré bien del horario —Mario hizo un intento de devolver la sonrisa.

Marina calló, con una leve curva aún en la boca, y se quedó con las ganas de multarlo, al menos, para que las personas que lo habían increpado se quedaran más tranquilas. Ramón arrugó el gesto; no sabía lo que estaba ocurriendo y en cuanto Mario se subió al coche agarró del brazo a su compañera.

—Calma, Ramón, vamos primero a tranquilizar a esas madres.

Mario, por una parte, estaba tranquilo: había cumplido con su tarea.

Por otra, la vergüenza, la humillación, la culpa le hicieron dudar de su capacidad de aguante.

Miró por el retrovisor y se fijó, una vez más, en la agente, aunque la luna estaba tintada, sintió que los ojos de Marina podían alcanzarlo.

Sacó la mano por la ventana y, sin poner el intermitente, se incorporó a la calzada. A los pocos segundos, recibió la llamada que le cambiaría, que le destrozaría, para siempre la vida. Una llamada que le convertiría en una persona distinta.

Mario Gálvez ya no sería más Mario Gálvez.