Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El altercado
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El altercado

Marcaban las dos y media en el reloj del coche de Marina.

Su hora de entrada eran las tres de la tarde y, los días que podía, le hacía antes el relevo al compañero o compañera que tocase. Solo si estaba segura de que Néstor no era la persona a relevar.

Ella era consciente de que el motivo de su disputa era una irregularidad.

Una irregularidad que no sería ni la primera ni la última en cometerse.

Marina Caracuel jamás metería pruebas falsas para enchironar a inocentes, pero aquel tipo, Joao-Marcelo, y lo que hizo a posteriori, merecían saltarse las reglas.

Al menos eso era lo que ella se repetía para acallar su conciencia.

—Hola, Caraculo —Ramón le dio la bienvenida cuando la agente salió del vestuario.

—Bueno… Si ya está el Ramongolo hoy aquí también.

—Estaba deseando verte, mejor dicho, despedirme de ti porque ahora te tocan tres días libres, ¿no?

—Y a ti también.

—Qué va, mañana y pasado curro de mañana.

—¿Y eso?

—Me lo ha pedido Robles. Que le debía un día y el otro dice que me lo debe él.

—¿Te quedas sin el puente de feria?

—No sufras, hoy voy a dormir como un bendito: mis nietos están con sus padres toda la feria.

A pesar de la excusa, Marina se apenó de que le tocara pringar todos los días de fiesta.

Se ofreció a traerle un café de la máquina, pero el veterano rehusó; ya habría tiempo a lo largo de la tarde.

Los dos policías se dirigieron al patrulla aparcado en la puerta de la comisaría.

Le tocaba conducir a Ramón y, nada más sentarse en el vehículo, recibieron un aviso de transmisiones.

—¡Algún patrulla que se pueda acercar al Parque de la Constitución!

—Sí, Torres y Caracuel. Vamos para allá. ¿Qué ha ocurrido? —contestó Marina.

—Al parecer un señor que anda acosando a los niños.

Marina y Ramón se miraron. No era habitual lo que acababan de escuchar.

Mejor dicho: no les había pasado algo así nunca.

Marina insistió por el intercomunicador en que estaban en camino.

Y por ese camino no dijeron nada. Ambos sabían que lo que les esperaba en el Parque de la Constitución sería desagradable.

Marina dudaba: por una parte, sintió deseos de enfrentarse a una de las peores lacras de esta sociedad; por otro lado, le daba miedo que se le fuera la mano con ese tipo, porque podría acabar atizándolo como si fuese un puching ball, y eso acabaría con un expediente.

Ramón, al parecer, podría pensar algo igual. Aunque no se lo confesó a su compañera.

Tardaron en cubrir el trayecto desde la jefatura de la Policía Local hasta la Avenida de la Constitución seis minutos y medio. Marina puso el luminoso y eso agilizó el traslado.

Aparcaron junto a un Range Rover oscuro que ocupaba más de una plaza, aunque no le dieron importancia.

Tras las rejas del parque, ya vislumbraron que nada bueno podía ocurrir allí.

Accedieron por una de las entradas y, cuando llegaron a la zona infantil, la policía y el supuesto pederasta cruzaron miradas por primera vez en aquel día.

No sería la última vez.