El tito
Es curioso como te cambia la vida un hijo.
Mario, con tres hermanos, decidió, junto a Irene, tener solo uno.
Ella era hija única y nunca sintió añoranza por rodearse de una hermana o un hermano.
Sus padres, unos conocidos empresarios de la comarca, la colmaron de todos los caprichos posibles.
Mario, el pequeño de los cuatro, y, por tanto, al que le tocó heredar ropa y bicicletas, tampoco guardaba buen recuerdo de su condición de hermano pequeño.
No solo nunca estrenó ropa nueva, sino que sintió que sus padres lo trataron más como el hijo que estorbaba porque llegó el último y sin desearlo.
Eso no fue motivo para que él quisiese a sus padres con locura.
Se había quedado dormido en el banco y poco antes de despertarse estaba soñando con su padre y con el infarto que se lo llevó con setenta años.
Un infarto es lo que él casi sintió cuando un bocinazo lo sacó de su dormidera.
Los gritos de los niños que, vestidos de colegiales, acudían en masa al recinto infantil, le devolvió a su confusa realidad.
Miró la hora en el móvil: las dos y cuarto.
A pesar de que allí no había ningún colegio, los vecinos del barrio llevaban a sus hijos al parque antes de la hora de la comida.
El calor apretaba y hasta bien entrada la tarde no podrían retornar.
Era miércoles y la feria, inminente, se presentaba apasionante para los jóvenes.
Mario sintió una punzada cuando recordó lo mucho que le gustaba la feria a Pablo.
En especial los conciertos al aire libre en la barriada de Las Albarizas.
Un chiquillo flaco, pálido y con el pelo castaño, muy parecido al de su hijo, reclamó su atención.
Se le había quedado mirando, como con ganas de decir algo.
Sonrió y se subió al tobogán por el lado que no correspondía.
Mario indagó buscando a su progenitor. El niño tardó poco en volver a la falda de su madre, reclamando un trozo de pan que mitigara su hambre infantil.
La madre era una mujer tan flaca como el niño, con el pelo rizado y negro como una africana.
Irradiaba tristeza o ira o las dos cosas juntas.
Era la mujer perfecta para montar un escándalo.
Mario se levantó, ni siquiera hubo debate moral. El chiquillo se había interesado en él por algún motivo, y el abogado estaba dispuesto a cometer la siniestra tarea de convertirse en algo parecido a un pederasta.
Empujó al niño del culo y lo encaramó a la base del tobogán.
El chico no se lo esperaba y, al darse la vuelta, se quedó mirando a Mario, que sonreía.
Le correspondió a la sonrisa y bajó por las escaleras corriendo para subir de nuevo por la resbaladera: la vida al revés.
Mario volvió a empujarlo y, de reojo, controlaba a la madre, que se había puesto a charlar con otra mujer.
Repitieron la operación varias veces, y Mario no se atrevía a ir más allá.
Dejó de fijarse la madre y se centró en el niño, al que mesó el pelo, acarició las mejillas y siguió empujando sus escuálidas nalgas.
—Perdone, ¿conoce usted a mi hijo?
Había llegado el momento de la verdad. Mario tomó aire y suspiró.
—Mamá, es el tito, ¿no lo reconoces?
—¿Cómo? —preguntó la madre, confusa.
—Sí, mamá, el hermano de papá.
—Te estás confundiendo, chiquillo —dijo Mario al mismo tiempo que le acariciaba la mejilla.
La madre, alarmada ante la caricia, agarró a la criatura y lo apartó del abogado.
—¿Se puede saber qué haces?
—Es que él también me recuerda a un sobrino… —Tenía la excusa más o menos preparada
—Haz el favor de marcharte de aquí.
—Disculpe, es que hace mucho que no veo a mi sobrino y lo echo de menos —Mario alargó la mano con la intención de volver a tocar al chico.
—¿Pero qué coño estás diciendo, tío?
—Mamá, que es el tito —El niño se escabulló de las garras de la madre, y le tomó la mano a Mario, que se la apretó y le ayudó a subir de nuevo al tobogán, empujándole de las nalgas.
—Estate quieto, ¡hijo de puta! —La madre le golpeó por la espalda—. Marta, llama a la policía, haz el favor.
Mario suspiró entre aliviado y asqueado. Lo había conseguido. Y no supo si eso lo alegraba o lo marcaría para siempre.