El horror
Lo más importante era no atraer demasiadas miradas.
Sentado en el mismo banco que la noche anterior, cavilaba las posibilidades de éxito que tenía esa prueba de la siniestra yincana.
Para provocar un altercado real con un progenitor —una madre a ser posible—, debería acosar de verdad a un infante.
Cualquier padre tendría dudas si simplemente se limitara a ayudar a su hijo o hija a subir un tobogán.
Nadie puede concebir que un pederasta se someta a sus bajos deseos a plena luz del día en un parque infantil, aunque hay casos en la reciente historia negra española que documentan la presencia de estos depredadores en zonas infantiles en horarios matiales.
La exigencias eran claras: tocamientos y acoso.
Provocar que la madre se diera cuenta, se alertara y, con un poco de suerte, llamara a la policía.
Irene se quedó en casa, derrotada y sin energía.
Le hizo prometer que no alertaría a las autoridades, que no se lo contaría a nadie.
Se lo hizo prometer por su hijo. Le costó, pero después de tanta insistencia, lo juró tantas veces que parecía que el juramento ya no tenía valor.
Mario le pidió estar pendiente del fijo, por si en algún momento pudiera llamarla desde un teléfono público.
Quiso ir con él, pero las instrucciones eran meridianas: solo él podría montarse en el Range Rover.
¿Y cómo te quedas en casa con esa angustia presente?
¿Qué haces? ¿Poner la televisión? ¿La radio?
Irene se hizo con una de las tabletas de la caja de Lorazepam, y se metió dos para el cuerpo con un gran vaso de vino.
No había dormido en toda la noche, y la suma de los tres factores la noqueó en pocos minutos.
Mario procuraba encontrar un balance entre no parecer un pederasta de las películas: bigote, gafas y periódico; y entre ir a pecho descubierto.
El bufete quedaba a menos de trescientos metros del parque, y no podía a arriesgarse a que alguien lo reconociera.
Por ello se puso una gorra y unas gafas de sol que, junto con la ropa de sport y una mascarilla que guardaba en el bolsillo, deberían ser suficientes para, en caso de emergencia, camuflarse al máximo.
Acudió al parque muy pronto: sobre las diez de la mañana ya estaba allí. Y como bien había protestado, un día laborable con los niños en el colegio era complicado los pequeños acudieran a su cita con los columpios y los toboganes.
El mar estaba cerca, el paseo marítimo por el que cada mañana paseaba.
Y el olor a salitre se colaba por entre los edificios de primera línea de playa.
Sin embargo, aquel día no servían para despejarlo ni para insuflarle energías.
Por el contrario, creyó percibir cierto hedor.
A veces la marea empuja la materia fecal hacia el lugar de su procedencia y se producen emanaciones no deseadas.
O quizá el mal olor viniera de sí mismo, porque estaba cercano a convertirse en una basura.
Después de más de una hora en el parque, sin el avistamiento de ningún niño, sus párpados se le cerraban y le dolía la espalda.
Le hubiera gustado llamar y preguntar si podía ir a otro parque, quizá alguno cercano a un centro escolar.
Se aterrorizó cuando se dio cuenta de la gravedad de sus pensamientos.
Era como si estuviera deseando tocar a los colegiales.
Notó el reflujo: el café de primera hora trepaba por su esófago.
Pudo controlarlo.
Solo tuvo que esperar cuarenta minutos más.
Se dio la casualidad de que la misma chica latina que cuidaba al pequeño nórdico volvió por el parque pasadas las once de la mañana.
Mario los observaba de reojo mientras fingía consultar algo en su móvil.
El niño corría por todas partes, incluso llegó a pasar cerca de él.
El abogado lo saludó y le ofreció chocar los cinco.
La criatura tendría unos cuatro años y Mario no estaba seguro de hacer lo que tenía que hacer para salvar a su hijo.
Cuando por fin reunió el valor (¿se le podía llamar a eso valor?)
suficiente para ejecutar el asqueroso cometido, se levantó.
Esperó a que el niño subiera por el tobogán: lo hizo por las escaleras, y Mario se acercó.
La chica latina lo estaba observando de reojo, y ella se adelantó y se llevó al niño de allí sin decir nada.
El pequeño protestó, pero la mujer no le dio opción y tiró de él con tanta fuerza que tropezó, cayó y lo arrastró un par de metros.
El niño rompió a llorar, y la mujer miró con recelo o con odio a Mario, antes de largarse del parque.
Él se convenció de que, o no volvería por allí, o lo denunciaría.
Si no en su totalidad, una parte del encargo estaba cumplido. Por lo que se sentó y se permitió el lujo de respirar con tranquilidad y bajar las pulsaciones por primera vez en lo que iba de día.
La calma no le duró mucho, porque recibió una nueva llamada.
—Una mujer se ha largado en cuanto me ha visto, estuvo aquí ayer por la noche también —se adelantó—. Estoy seguro de que va a avisar a la policía.
—Hasta que una pareja de agentes no se presente en el parque y te interrogue, no te vas a marchar. Repito: no te puedes marchar.
La voz colgó y Mario, por segunda vez, sintió la tentación de estampar el móvil contra el suelo.
Aunque ese teléfono era el único nexo que tenía con la vida de su hijo.