Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Nuevo día
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Nuevo día

Le despertó el sonido del teléfono móvil.

Sintió deseos de estamparlo contra el armario, pero la puerta estaba decorada por el famoso póster Guitar Heaven, que reunía las dieciocho mejores —en teoría— guitarras de la historia.

Guitarras y los nombres de los guitarristas que con su púa crearon melodías inolvidables: Jimmy Hendrix, Van Halen, Angus Young o Slash entre otros.

No recordaba el momento exacto en el que su hijo se aficionó a la música, pero sí el momento en el que decidió que quería ser guitarrista.

Fue en un concierto homenaje a Isaac Albéniz.

El ayuntamiento celebró unas jornadas dedicadas a la música española, con música de Falla y Albéniz entre otros.

Mario recibió unas invitaciones y llevó a su hijo de apenas cuatro años a uno de los eventos.

El niño salió encantado, y todo el camino a casa se lo pasó tarareando la mítica Leyenda.

Desde ese día, los padres de Pablo se encargaron de fomentar la cultura musical del niño con todos los estilos posibles: flamenco, rock, jazz, etc. Pablo todavía no se decantaba por ninguno, le gustaban tanto los repiqueteos de The Edge de U2, como las caricias de Paco de Lucía.

Con todos los términos medios que hay por el camino.

—Espero que hayas descansado porque hoy tienes un día movido —dijo la voz que lo torturaba desde el día anterior—. ¿Has avisado ya al trabajo y al colegio de vuestras ausencias?

—No me ha dado tiempo, no sé ni qué hora es.

—Hora de avisar. Hazlo rápido porque volveremos a contactarte dentro de quince minutos.

La voz colgó de forma tan abrupta como lo había hecho las ocasiones anteriores.

Irene apareció en el vano de la puerta de la habitación infantil.

—¿Eran ellos?

—Él, yo solo he hablado con una persona.

—¿Qué te ha dicho?

Mario no respondió y entró en la aplicación con la que se comunicaba con la tutora del niño. Mintió diciendo que tenía fiebre. A continuación se levantó y, sin mirar a Irene, llamó a la oficina. No cayó en la cuenta de que todavía no eran las nueve de la mañana y no habría nadie en recepción.

Irene lo perseguía con la vaga esperanza de que recayera en su presencia.

—Yo no voy a ir a trabajar hoy.

Mario la ignoró y buscó en el armario algo que ponerse. Dio con unos vaqueros cómodos, cogió la primera camiseta de manga corta que se encontró y encima se puso una camisa negra, también de manga corta. Dejó a un lado el estilo en favor de la comodidad.

Se lavó la cara y bajó hasta la cocina en busca de algo que comer. No tenía nada de hambre; sin embargo, llevaba más de doce horas sin ingerir alimento y su cuerpo necesitaba energía.

—¿Qué vas a hacer? —insistió Irene. Como recibió por respuesta el silencio, ella le puso las manos en la espalda—. Mario, ya te lo he dicho: ódiame todo lo que quieras, pero tenemos que estar juntos en esto. Yo no te culpo a ti de nada y mira que sigo pensando que los rusos tienen que estar metidos…

Mario se giró bruscamente. Irene lo culpaba.

A pesar de que sus palabras dijeran lo contrario, lo culpaba.

Su propia y adúltera mujer lo acusaba, como si él fuera el responsable del secuestro de su hijo.

Mario le agarró por las muñecas y la miró a los ojos.

Irene tembló, su pulso se aceleró tanto que Mario podía notarlo en las venas de sus antebrazos.

—Voy a hacer lo que me digan, como vengo haciendo últimamente en todo.

Dicho esto, la soltó y se calentó una taza de café con leche. Cuando estuvo caliente cogió un croissant algo rancio y lo mojó en el líquido marrón. Le dio dos bocados a uno y dos tragos al otro, y lo dejó todo en el fregadero.

—¿Qué puedo hacer yo?

Irene le cortaba el paso.

—¿Le has llamado?

—Le he escrito, pero no he dicho nada. Solo le he preguntado qué hizo ayer. Le he mentido diciendo que sospechas algo.

—¿Y?

—Dice que del trabajo fue a casa, estuvo con su familia y se fue al gimnasio.

—¿Y después?

Irene calló.

—¿Dónde estuvisteis? —Silencio— ¿Te fijaste si os seguía alguien?

—No.

—¿No te fijaste, o no os seguía nadie?

—A él no sé, a mí no me siguió nadie. Tengo cuidado con esto.

—Ya.

Ese «ya» dolió. Llevaba implícito más cosas que dos simples letras. El teléfono acudió en la ayuda de Irene.

—¿Qué pasa ahora?

—¿Estás listo? Tienes que volver al parque y repetir tu gran actuación de ayer. Procura disfrutar de los tocamientos.

—¡¿Qué?!

—¿Tengo que explicártelo?

—Pero… ¿de día? Los niños estarán en el colegio, y me verá todo el mundo…

—De eso se trata. Procura que te vea todo el mundo, procura que una madre, mucho mejor que un padre, tenga un altercado contigo. Excúsate diciendo que solo querías ayudar a la criatura, pero procura que la madre se ponga nerviosa y llame a la policía.

—¿Cómo?

—¿Eres sordo o tonto?

—Es que no entiendo por qué…

—No tienes que entenderlo, tan solo hazlo.

Cuando hayas formado el altercado, te volveremos a llamar para el siguiente paso.

Ya no queda nada para que Pablete regrese sano con su mamá —prometió el tipo—.

Ve al mismo parque que ayer. Y procura que no te detengan, tienes que hacer un buen teatro sin llegar a pasarte.

—No me lo puedo creer.

La voz colgó. Y Mario se dobló sobre sus propias rodillas. Estaba a punto de cruzar un umbral del que no sabía cómo podría volver. Irene lo miraba estupefacta. Había escuchado la conversación a pesar de que Mario no puso el altavoz.

Ella lo miró y en sus ojos parecía dibujarse que lo único importante era rescatar a su hijo.