Inalámbrico
No era la primera vez que Mario Gálvez visitaba unos calabozos.
En el pasado, se había entrevistado con algunos de sus clientes. Marina protestó porque no consideraba oportuno tener que meterlo entre rejas, pero el Mayor fue tajante:
—Hasta que vengan los nacionales, es un potencial suicida y prefiero tenerlo vigilado.
El Mayor dio el visto bueno a Marina. Él, como casi toda Marbella, estaba al tanto de quién era Mario y el problema que había tenido con la Policía Nacional a raíz del mediático juicio de Berbatov.
No aprobaba la actuación de su joven agente, pero tampoco estaba en desacuerdo.
Las explicaciones que Caracuel le había dado, le parecían tan extrañas como a ella.
Procedió a comunicarse con la comisaría de los nacionales y le dijeron que el inspector Marcos Alterio en persona le llamaría de vuelta.
Quien de verdad le daba vueltas a lo sucedido era Marina:
Primero, el tipo aparecía en un parque rodeado de mujeres que lo acusaban de acoso sexual a menores.
Después, circuló a casi el doble de la velocidad permitida en una vía urbana.
Y, para finalizar, se intentó tirar de un puente delante de sus narices.
Todo en menos de ocho horas.
Por no hablar de la mochila con restos de sangre que había en el maletero y que el propio Gálvez advirtió de su presencia.
No es que ella fuera una sabuesa, solo que no creía en las casualidades, y sí en las causalidades. Por ello se acercó a hablar con Gálvez al que encontró gritando.
—¿Qué le pasa, Alberto? —preguntó Marina al compañero que custodiaba el calabozo.
—No para de pedir que llamemos a su mujer.
—¿Y por qué no lo ha hecho? No está detenido.
—No lo sé, a mí nadie me ha dicho nada —Alberto llevaba solo un mes como policía municipal y pecaba de prudente.
Marina pidió, no de muy buenos modos, que le abriera la puerta, y le indicó al compañero que trajera el inalámbrico de la recepción. Alberto abrió y marchó a hacer su cometido.
—Buenas noches, Mario. ¿Cómo está?
—¡Necesito llamar a mi mujer!
El estado de nervios del abogado podría calificarse como el de una persona neurótica: tenía la cara desencajada, como si hubiera tomado alguna sustancia propia de la noche; también estaba despeinado, y a la camisa que llevaba encima de una camiseta le faltaba más de un botón.
—Ahora mismo mi compañero le trae un teléfono. ¿Y el suyo?
—Lo dejé en el coche.
Marina se llevó la mano a la barbilla. Era más que probable que el equipo de inspección ocular de los nacionales que iba a hacer la investigación de la mochila ensangrentada recogiera los objetos personales del abogado.
Se maldijo por no haber caído en la cuenta.
Aunque, por otra parte, indagar en el teléfono de Mario podría acarrearle problemas.
—Pediré que se lo traigan —dijo con la intención de calmar al aparente suicida.
—¿Y cuándo podré llamar a mi mujer?
Marina salió del calabozo y se asomó al pasillo. Pegó una voz por si Alberto podía escucharle desde la planta superior. Al parecer, hizo efecto porque el novato llegó corriendo con el inalámbrico.
—Gracias, compi —dijo sonriendo. Alberto correspondió la sonrisa.
Marina volvió al interior de la estancia y le entregó el inalámbrico a Mario. Lo cogió despacio, como si tuviera miedo de que el aparato le diera una descarga. Con mucha lentitud llevó su dedo gordo a las teclas. Sin embargo, no marcó ningún número.
—Disculpa, me salgo para que puedas hablar con tranquilidad.
Cuando se dio la vuelta, escuchó el sollozo del abogado. Los codos sobre las rodillas y las manos apoyadas en la cabeza, sujetándola.
—No me acuerdo del maldito número…
Marina suspiró y, al mismo tiempo, empatizó con el letrado: en un mundo digital donde toda o casi toda la información la tenemos en nuestro pequeño ordenador llamado smartphone, que hubiese olvidado el teléfono de su mujer era algo de lo más normal.
—¿Tienes fijo en casa?
Mario levantó la cara.
—Sí…
—¿Tampoco te acuerdas?
Mario calló y levantó los ojos en dirección al lado izquierdo de su cerebro, ese en el que se guarda la memoria de verbal. Marina dejó al abogado con sus pensamientos y salió del calabozo. Le dedicó al compañero una sonrisa indolente y esperó.
A los pocos minutos, un trote de pisadas firmes y veloces la alertaron. El Mayor y dos hombres vestidos de calle, uno grande y calvo y con barba, y el otro pequeño, con pelo ralo, rechoncho y afeitado como si fuera el primer día de mili, llegaron a la puerta del calabozo.
—Buenas noches —Se adelantó ella, porque el trío no tenía muchas intenciones de saludar.
—Hola, Marina, estos son el inspector Alterio y el oficial Parra, del GRECO Málaga. Vamos a ver a Mario Gálvez.
El único que dijo algo parecido a un «hola» fue el tipo alto, calvo y con barba. El rechoncho y bajito ni la miró. Por alguna extraña razón, a ella no le gustó que se presentaran allí. Ellos no eran de Homicidios ni de la Científica.