Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Confesiones
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Confesiones

Irene se privó.

Su respiración no toleró el llanto y la angustia que le habían provocado las palabras de su marido.

Mario no sabía muy bien cómo actuar. Llegó a marcar en el teléfono el 112.

Se dio cuenta de que no debía hacerlo, y animó a Irene para que recobrase el aliento.

La levantó desde las axilas y la transportó con dificultad hasta el pequeño cuarto de baño junto a la puerta.

Le echó agua en la cara, por la nuca y por el cuello.

Pellizcó con suavidad las mejillas de la mujer, que poco a poco recobró el aliento.

Cuando consideró que respiraba de una forma parecida a la normalidad, le ayudó a sentarse en el sofá.

La ausencia de ruido pesaba en la casa. De haber estado Pablo, la televisión tronaría a todo volumen, o sus pasos retumbarían en el parqué, o quizá Los perros de Arde Bogotá (uno de los grupos favoritos de padre e hijo) sonaría en el altavoz bluetooth que le regalaron los pasados Reyes Magos,

o casi con seguridad, el niño tocaría Starway to Heaven en su guitarra acústica.

Quizá, en lugar de Los perros, la canción ideal fuera La salvación.

Porque eso era lo que la familia Gálvez-Lima necesitaba en ese momento.

—¿Por qué no has llamado a la policía?

—Ya te lo he dicho, si lo hago, lo matarán.

—¿Y cómo estás tan seguro?

—Porque lo saben todo, me siguen. Es posible que estén ahí fuera.

Irene pegó un brinco y salió disparada hacia la puerta.

Salió al patio y miró en todas direcciones.

En el parque justo en frente de su casa, algunos vecinos apuraban el día paseando a sus mascotas.

Ya no había adolescentes jugando al baloncesto o al fútbol en el recinto de reciente construcción.

Quedaba poco para la Feria de San Bernabé y la calma previa se notaba en el ambiente.

El cielo tenía un grisáceo de luna en cuarto creciente, y las farolas LED iluminaban el parque; allí, las sombras de los olivos daban cobijo a los dueños de las mascotas que hacían sus necesidades en un lugar no permitido para ello.

Por mucho que Irene indagó en la penumbra, no encontró nada fuera de lo habitual.

Si alguien estaba siguiendo a su marido, sería una sombra o uno de los paseantes de perros. Y ella creía reconocerlos a todos.

Mario la siguió, sin asomarse. La contempló desde el umbral de la vivienda. Ya había intentado encontrar a su perseguidor en el Parque de la Constitución, sin éxito. Quien lo estuviera siguiendo sabía muy bien lo que se hacía.

—No veo a nadie —protestó Irene.

—Vayamos dentro.

A ella le hubiera gustado gritar que le devolvieran a su hijo, a su Pablo; se reprimió para ahorrarse los cuchicheos de los vecinos.

En lugar de caer derrotada en el sofá, como minutos antes, se puso a dar vueltas por el salón. Sin saber por qué, tomó el atizador de la chimenea, en desuso desde el mes de marzo y lo meció como si tuviera la intención de agredir a alguien.

—¡Los rusos, son los rusos! —exclamó.

—¿Qué rusos, Irene? Si los rusos eran mis clientes y los libré de una buena.

—Sus rivales, todos los mafiosos tienen un clan rival.

Mario suspiró y se acercó, despacio, a su mujer. Le puso la mano en el hombro y la detuvo en su vaivén.

—El juez dictaminó que mis clientes no pertenecían a ninguna organización mafiosa.

Ella sostenía el atizador con una mano y se mordía las uñas de la otra. Lo miró.

—Entonces, ¡dime tú quién coño se ha llevado a nuestro niño!

Irene, tras esos breves minutos de furia, volvió a caer derrotada.

Mario la abrazó. Con tanta fuerza que ella protestó y la tuvo que dejar.

Tiró el atizador de mala gana y, al caer, el estruendo resonó en los tímpanos de la pareja.

Se sentaron los dos en el sofá. Ella devoraba sus uñas, movía sus pies que parecía que le fuera a dar un ataque epiléptico y se frotaba las manos como si en lugar de en junio estuvieran en enero.

—Solo tengo que seguir lo que me ordenen y todo saldrá bien —La maniquea frase de todo saldrá bien colmó la paciencia de Irene.

—Mario, tengo un lío.

Él no la entendió. Creyó que decía que estaban metidos en un lío, y así era.

—¿En qué sentido?

La mujer se levantó de nuevo. Dio un par de zancadas y recogió el atizador del suelo.

—Me estoy tirando a otro.

Mario dejó caer sus hombros y su espalda hacia atrás. Sintió como si alguien tirara de él para hundirlo en el sofá.

—¿Y por qué me cuentas esto ahora?

—Porque a lo mejor tiene algo que ver, a lo mejor se ha vuelto loco y nos quiere hacer daño.

—¿Tiene motivos para hacernos daño? —Irene se quedó sin palabras.

Raúl tenía mucha envidia de Mario, pero no lo creía capaz de hacer algo así—.

Dime, ¿tiene motivos? —Mario se levantó y se dirigió a su mujer.

Se detuvo a escasos centímetros, ella ya había alzado la mano en la que portaba el atizador de la chimenea.

No le aguantó la mirada.

Se dio la vuelta y volvió a sollozar. Mario no sabía si abrazarla o si marcharse corriendo de casa.

Estaba a punto de explotar cuando recordó que tenía munición en el coche.

Bajó corriendo y subió corriendo con el Lorazepam en la mano.

Se tomó dos de golpe, sin agua; casi se atragantó.

Subió al segundo piso de la vivienda y se metió en el cuarto de baño del rellano, que era casi exclusivo de Pablo.

Se desnudó y se dio una de las duchas más calientes y más largas que recordaba.