El mejor marido del mundo
Mario no se consideraba el mejor marido del mundo. Aunque tampoco el peor.
Habían vivido de todo juntos en sus quince años de relación: momentos muy felices, momentos no tan felices y momentos tristes.
Ella siempre lo había apoyado en los malos, y él pensaba que eso era recíproco.
Mario tuvo un tonteo con una compañera de trabajo en el pasado, poco antes de casarse con Irene.
En esos momentos en los que te replanteas si quieres atarte de por vida a una persona y las dudas asoman.
A lo único que llegaron es a unos besos en el cuarto de baño de un garito en la fiesta posterior a la cena de empresa por Navidad.
La chica fue la que lo detuvo cuando empezaban a bajarse los pantalones, uno, y subirse la falda, la otra.
Ella preguntó si él estaba seguro, y ahí fue cuando la erección del abogado se vino abajo.
Se dio cuenta de que no le merecía la pena un momento de placer a costa de sentirse culpable.
Ella le dio un pico y le agradeció su honestidad.
Irene jamás había tonteado con un hombre desde que empezó a salir con su marido hasta que conoció a Raúl, con el que se dio la doble coincidencia de que era padre de una compañera de Pablo en el colegio, y compañero de Mario en el trabajo.
El atractivo del también abogado y, sobre todo, su ímpetu la condujeron a un punto de no retorno del que no sabía cómo iba a acabar.
Esa noche Mario volvió a casa con el corazón, no encogido, sino, más bien, encapsulado al vacío.
No sabía cómo iba a contarle a su mujer la hecatombe que acontecía: su único hijo y sol de sus días, secuestrado y amenazado de muerte.
Él, sometido a las órdenes de un macabro secuestrador sin una intención clara.
Órdenes que incluían hacerse pasar por un acosador de niños, uno de los peores deshechos de la sociedad.
Cuando Mario, por fin, llegó a casa, el coche de Irene ya estaba allí.
Su teléfono sonó en el mismo instante en el que aparcó el coche en la puerta.
No tenía tiempo de meterlo en el angosto garaje de la vivienda unifamiliar.
No contestó a la llamada de su mujer, se limitó a subir de dos en dos los peldaños de la escalera de acceso al patio delantero y abrir la puerta.
Se la encontró en el recibidor con el teléfono en la mano. Se miraron, y en el rostro de Mario debió de dibujarse algo que hizo que Irene doblara las rodillas y se derrumbara en los brazos de su marido entre lamentos.
—¿Qué le ha pasado?
Mario empleó todas sus fuerzas en levantar a su mujer, en abrazarla y en llevarla hasta el sofá. Allí se sentó junto a ella y le explicó el infierno que había vivido desde que fue a recoger a Pablo al centro musical.