Amantes
El rostro de Raúl, mientras pronunciaba toda clase de improperios e insultos dirigidos a Irene y la penetraba desde atrás, era digno de una película de terror.
Ella le pedía que se callara y no dejara de follarla. Después de unos minutos de pasión, piel y fluidos, los dos amantes estallaron en un sonoro orgasmo que los ocupantes de la habitación contigua tuvieron que escuchar sí o sí.
Raúl sería un envidioso y un cínico, pero nadie había hecho disfrutar a Irene tanto como él.
Solo Mario, en los primeros años de su noviazgo, se le acercaba.
En los últimos tiempos con el trabajo y el niño la pasión marital había alcanzado cotas paupérrimas.
Uno a la semana como muchísimo. No era él, era ella quien se había aburrido.
Ese pensamiento acudía a la mente de Irene, que no hacía nada por apartarlo, no se esforzaba en sentirse menos culpable.
Lo asumía. Y disfrutaba del momento. Al menos los primeros minutos después del orgasmo y los últimos antes de llegar a casa. El tramo intermedio era otra cosa.
El techo y las paredes de la habitación lucían un rosa pálido que todavía desprendía un ligero efluvio tóxico. El hotel, reformado un mes atrás, ya no mostraba el aspecto mediocre de pensión barata de los primeros encuentros sexuales de la pareja de amantes, justo hacía un año.
—Se puede decir que es nuestro aniversario —dijo Raúl.
—¿En serio?
—Sí, creo que fue el nueve de junio, lo recuerdo porque fue el día de los fuegos de la Feria.
—¡Qué buena memoria!
—Claro, te hice ver fuegos artificiales.
Ambos rieron a carcajadas. Irene se levantó de la cama en dirección a la ducha. Raúl la siguió y se metió con ella, pero la mujer le vetó la entrada.
—Me tengo que ir, ya es tarde.
—Solo un poquito….venga.
Las caricias de Raúl hicieron mella en la libido de Irene, sin embargo, pudo el sentido de la responsabilidad.
—En serio, para. Tengo que marcharme que es tarde.
—Mujer, que tu marido no tiene testigos en todas partes…
—No lo estropees, Raúl, que lo hemos pasado muy bien.
Él levantó las manos a modo de perdón y se largó del cuarto de baño.
Irene frotó su cuerpo casi con violencia, como si con la limpieza de su piel pudiera arrancar la suciedad que provoca la traición.
Siempre le sucedía: después de los impresionantes polvos que echaba con Raúl, y pasada la euforia del placer sexual, la culpa le golpeaba en toda la frente y se veía forzada a largarse del lugar lo antes posible.
Por ello se vistió, ignoró los comentarios que el compañero de su marido le hacía a su anatomía, y se dispuso a marcharse.
—Irene —Raúl trató de retenerla—. En serio, tu marido no es Perry Mason, tienes que relajarte y disfrutar más.
La mujer suspiró. Sintió ganas de mandar a la mierda a Raúl. La envidia que rezumaba en cada una de sus palabras le agotaba. Estaba convencida de que la energía sexual del amante era directamente proporcional a la envidia que le tenía a Mario.
—No voy a decirte que esto se acabó porque ya te lo he dicho más veces. Pero como sigas con tus mierdas de comentarios sobre mi relación con mi marido, voy a venir cada vez con menos ganas.
Raúl abrió la boca. No fue capaz de hablar porque, en esa ocasión, la amenaza de Irene era distinta. Más dañina. Sus palabras sonaban a desencanto, no a enfado. Y no hay nada que mate más las relaciones que el hartazgo.
Irene bajó las escaleras del hotel a toda prisa, nunca lo hacía en ascensor. Se subió a su Citroën C4 y se marchó del polígono industrial de Marbella con ganas de ver a su hijo. Y quizá también a su marido.
Llegó a casa y se extrañó al no ver el coche de Mario aparcado en la puerta. Luego se acordó de que desde que se había comprado el Range Rover lo metía en el garaje. Subió las escaleras que le llevaban al patio delantero y a la puerta de la vivienda.
Se preocupó cuando descubrió que todo estaba apagado. Ni Mario ni Pablo estaban en casa.
Cogió su móvil y llamó a su marido.