La venda
El sujeto pronunció un insulto en un lenguaje que Pablo no entendió.
Al poco le quitaron la venda de los ojos. El niño se fijó en su propio aspecto: ya no llevaba la ropa con la que acudió al centro musical: pantalón corto azul claro y polo amarillo. Ahora vestía una camiseta interior de tirantes y unos calzoncillos largos que le recordaron a los de su abuelo.
—¿Qué hago aquí? —balbuceó.
No obtuvo respuesta. Tenía una pierna atada a una silla y las manos atadas la una a la otra con una brida negra.
Escuchó un golpe a su lado y se sobresaltó.
Alguien había depositado un bol de cereales con leche en una mesa que tenía delante.
Dado que la luz del habitáculo era muy tenue, no pudo distinguir su cara.
Además, no hizo ademán de mirarlo. Él era pequeño, pero sabía, de alguna película que había visto, que era mejor no reconocer las caras de los secuestradores.
—Come.
Una voz grave se anticipó a una mano grande que le entregó una cuchara pequeña y blanca. Un cuchillo le cortó la brida, provocando un estremecimiento en el niño.
—¡Come!
Aquello ya era una orden clara, así que cogió la cuchara con desgana y la metió en el bol. No tenía mucha hambre, pero quizá sería bueno obedecer. Cuando hubo engullido dos cucharadas, el estómago se le abrió y no paró de comer hasta terminar el plato.
El mareo que tenía por el pinchazo sufrido en el cuello, se le había pasado un tanto. Tuvo la intención de volver a preguntar, pero decidió callarse.
Al cabo de un rato, se dio cuenta de que se estaba orinando.
—Tengo que ir al baño —Lo ignoraron. Y a los cinco minutos repitió—: tengo que mear, no aguanto más.
—Aquí no tenemos baño.
Pablo hizo lo que la naturaleza le obligó a hacer, algo que no había repetido desde que tenía tres años y vio Pesadilla antes de Navidad con sus padres. Mientras la orina recorría sus delgadas piernas, pensó en Jack Skellington y en si el hombre que lo custodiaba tendría su mismo rostro.