Un vídeo aterrador
El calor había dejado de someter el ánimo del abogado.
Una brisa que se colaba por los edificios de la primera línea de playa golpeó su rostro, y el salitre le trajo buenos recuerdos.
La playa siempre se los traía, tanto de su época de soltero como de su vida en pareja y, sobre todo, de su hijo.
Al que le encantaba trastear con la arena y chapotear en la orilla.
La noche estaba ganando la batalla a la tarde y guardaba la esperanza de que ningún niño jugara en la zona infantil del Parque de la Constitución. No tuvo esa suerte porque junio era casi verano y las familias alargaban las tardes de juegos hasta mezclarlas con la hora de la cena.
El parque en cuestión albergaba, no solo una zona infantil, sino también un auditorio musical, y un pequeño observatorio astronómico.
Estaba construido sobre un antiguo vivero municipal, lo que le otorgaba una profusa vegetación con pinos canarios y cipreses.
Era un parque frío, con mucha sombra. Un parque acordonado por rejas grandes y altas que se habían convertido en una improvisada jaula para el abogado Gálvez.
Habría como tres o cuatro chiquillos en la zona de los toboganes; sus padres y madres se repartían por los diferentes bancos, o estaban de pie charlando por el móvil.
Las farolas anaranjadas no iluminaban todo lo necesario y otorgaban al lugar una ambientación siniestra, como de cuento de Edgar Allan Poe.
Aunque no tan siniestra como la tarea que habría de cometer en aquel lugar.
Se sentó en el banco más alejado de los toboganes y se puso a curiosear en el móvil.
Miro en el WhatsApp y sintió la tentación de escribir a su mujer.
Se contuvo. Tenía varios mensajes de algunos grupos de amigos: los del pádel, los de la universidad y los padres del colegio de Pablo.
Se le escapó una lágrima cuando se fijó en el avatar del grupo: una foto de la orla de la graduación de infantil.
Su hijo, con el pelo de pincho en aquella época, lucía orgulloso el birrete y la orla azul marino que le coronaba el cuello.
Quiso ampliarla, pero la resolución de la foto no le permitía distinguirlo mejor.
En ese momento, un niño de la edad aproximada de Pablo pasó por delante de él, seguido de su madre y de una hermana más pequeña.
Mario se fijó en la zona de juegos donde apenas quedaban dos chiquillos.
No estaba preparado para cumplir esa orden, era demasiado macabro, demasiado perverso.
Se levantó y se dispuso a marcharse del parque.
Reculó. Volvió y se acercó más a la zona de juegos.
Se sentó en otro banco y observó a los niños.
Uno de ellos tendría unos cinco años, el otro era algo mayor, quizá siete.
Una chica de aspecto latino cuidaba del pequeño; una mujer enfrascada en el teléfono móvil parecía ser la progenitora del niño mayor.
Con tanta espera habían dado las diez de la noche; Mario no se decidía. En ese momento su móvil vibró. Era un mensaje, un SMS. El remitente era un número corto y se podía leer: pincha aquí y mira el vídeo. Casi por instinto lo hizo, y se arrepintió al instante.
Se llevó la mano libre a la boca, abierta, y ahogó un grito.
En la pantalla podía observarse a Pablo, semidesnudo, amordazado y con una venda en los ojos.
Y un cuchillo en primer plano amenazaba la vida de su hijo.
El cuchillo y la mano que lo portaba se alejaron del objetivo de la cámara que grababa y se acercaron al cuello del niño.
Mario lloraba, se mordía los dedos, pateaba el suelo.
El vídeo solo duraba quince segundos, quince segundos de violencia que llevaron a Mario al borde del vómito.
Quince segundos que mostraron al abogado el significado de la palabra terror.
Nada más terminar el visionado, le llegó otro mensaje:
—¡Hazlo ya!
Mario se guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, se puso las manos en la cara, suspiró hondo y se levantó.
Miró en derredor, sintiéndose observado.
Se detuvo unos segundos, volvió a inspirar profundo y se encaminó hacia el chiquillo mayor, que escalaba el tobogán por el lado por el que se desciende.
Le estaba costando un poco y Mario le puso las manos en la espalda y lo ayudó a subir.
El chiquillo se sorprendió, pero no dijo nada.
La madre seguía absorta en su teléfono móvil.
El niño se deslizó por el tobogán y, cuando llegó al suelo, subió de nuevo por el mismo lugar por el que había bajado.
Mario lo volvió a ayudar; esta vez le puso una mano en el culo del niño, que protestó:
—¡Yo puedo solo!
La madre reaccionó en ese momento y se acercó para ver qué estaba ocurriendo.
—Creía que se iba a caer —se excusó Mario.
—Venga, Lucas, vámonos que ya es tarde.
El niño bajó entre protestas y se fueron sin decir adiós.
Mario suspiró y, al girar la cabeza, se fijó en la chica latina.
Ella había observado todo y, en el momento en el que cruzaron miradas, ella también llamó al niño que estaba a su cuidado, un nórdico de cabellos rubios y pecas, y se lo llevó a toda prisa del lugar.
Mario notó como una bilis le subía por el esófago. Había tocado el trasero de un niño más pequeño que su hijo y se sintió tan sucio que le vino una arcada. Dos.
Poco a poco se calmó, y volvió a sentarse en el banco. En el parque ya solo quedaban él, su sombra y su angustia.
A los pocos minutos le sonó otra vez el móvil y el masculló, antes de responder, un insulto inservible.