Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La farmacia
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La farmacia

La desesperación nunca es una buena compañera.

Mario aparcó junto a la farmacia veinticuatro horas de la Avenida Hohenlohe.

El sol había caído un poco y la sombra del lugar le permitió respirar con mayor facilidad.

Volvió a poner las manos en el volante con la esperanza de descansar los cinco minutos que el gorrilla del parking de Les Roches no le había dejado cuando golpeó su ventanilla.

No lo consiguió porque su mente estaba saturada de preguntas y de preocupaciones.

Le habían indicado que no se comunicara con nadie.

Al parecer, tenían su teléfono intervenido y se enterarían de cada llamada o mensaje que realizara.

Pensó en ello y dudó acerca de esa amenaza.

Él nunca pinchaba en los enlaces que le llegaban por SMS de publicidad.

Tampoco consumía porno, al menos desde el móvil, ni navegaba por páginas sospechosas de infectar el terminal.

Redes sociales, WhatsApp, llamadas y Google para buscar información. Y pequeñas compras online. Poco más.

Cogió el teléfono y se puso a indagar en las aplicaciones, por si había alguna sospechosa. Lo hacía como si de verdad supiera lo que estaba haciendo, como si se hubiera formado en auditoría informática. Al cabo de unos minutos tiró el móvil en el asiento del copiloto, desesperado.

Tenía que cumplir las exigencias: miró hacia la fachada blanquísima en frente de su parabrisas y la acera que la precedía.

Por aquel lugar circulaba poca gente, casi todos se detenían con sus vehículos, aparcaban como podían, accedían a la farmacia y se largaban de allí.

Él había conseguido un aparcamiento y se tomó un par de minutos.

Al poco, inspiró una gran bocanada de aire, salió del coche y accedió a la farmacia.

Un dulce aroma a perfume le abordó; en el establecimiento algún tipo de sensor lo activaba con la entrada de los clientes.

Mucho mejor que los molestos pitidos que tienen en otros locales; sin embargo, a Mario no le agradó el bofetón de ambientador.

Entregó la receta, arrugada, a la auxiliar, que la observó y, acto seguido, hizo lo que de toda farmaceutica o manceba se espera: recelar de una receta de drogas legales expedida por un médico privado.

—Un momento, por favor.

Mario ya contaba con aquello. Los ansiolíticos que le habían pautado podrían tumbar a un pura sangre de carreras.

Se lo advirtió la voz que le había dado las órdenes por teléfono, y le dijo que tendría que aparentar toda la normalidad posible.

La auxiliar retornó desde la guarida donde el encargado de la farmacia disponía los medicamentos que se podían vender y los que no.

Pulsó algunas teclas en el ordenador, y le mostró el precio a Mario en el display orientado hacia el público.

El abogado sacó unos billetes —le habían ordenado pagar en efectivo— y esperó a que el robot de la farmacia mandara por el tobogán los medicamentos.

—¿Bolsa?

—No es necesario.

La manceba le entregó las dos cajas de dos ansiolíticos distintos, y le dio las gracias.

Mario se marchó de la farmacia pensando que quizá un par de tranquilizantes le vendrían bien.

Sería la segunda vez en su vida que los tomara.

La primera fue poco después de la muerte de su padre, cuando una crisis nunca vista le golpeó en los cimientos de su vida.

La crisis que estaba viviendo esa tarde no es que golpeara sus cimientos: era un terremoto que amenazaba con derrumbar toda su existencia.

Aunque él no pretendía dejar que todo cayera.

Así que se tomó el Lorazepam y el litio con la ayuda de una botella que guardaba en la guantera refrigerada de su nuevo y flamante coche.

Aferró con fuerza el volante, y se marchó al lugar donde le esperaba la siguiente prueba de la macabra yincana a la que le estaban sometiendo.