Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Límites
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Límites

Marina conducía el patrulla.

Era una especie de castigo que le había impuesto Ramón.

La detención de la playa, la semana anterior, no tuvo reprimenda por parte del Mayor de la comisaría.

Más que nada porque se demostró que el tipo era violento y, sobre todo, porque llevaba en los calzoncillos más de veinte gramos de MDMA.

Eme, como lo llamaban en el argot. Una de las drogas más de moda.

Una droga que no hacía falta picar ni formar las famosas rayas para esnifarla.

Una droga en la que simplemente se mete el dedo meñique en la bolsita correspondiente, se chupa y al cabo de pocos minutos te coloca como si te inyectaran una anestesia general recurrente.

—Tuviste mucha suerte, Caraculo —bromeó Ramón.

—¿Otra vez con lo mismo, Ramongolo? —respondió la agente—. Ya me lo has dicho más de veinte veces. ¿A qué viene ahora?

—Nada, que vamos camino de Banús y me ha venido a la mente.

—Tú y tus recuerdos. Chocheas, Ramoncito, chocheas.

—No me toques los huevos, Marina —Ramón dejó de mirar por la ventanilla y clavó sus ojos en los de su compañera.

—No te me enfades, Ramoncito —Marina le imprimió a sus palabras un tono infantil, y le puso la mano en la barbilla a su binomio como si de un bebé se tratase.

Ramón sonrió y no le dio más importancia al tema—.

Quiero creer que el guiri del eme no volverá trapichear, al menos en un tiempo, y que se lo pensará dos veces antes de acosar a cualquier chica.

—Eres demasiado optimista, compañera.

—Es lo que tiene la juventud.

Ambos rieron.

El coche se detuvo en un semáforo en rojo en la Avenida Hohenlohe, a la altura del Hotel Puente Romano.

Marina miraba distraída por la ventana las tiendas que había al otro lado de la calzada.

Ropa que ella no podría pagar con su sueldo de funcionaria.

Suspiró y pensó en que si conseguía el ascenso renovaría en parte su vestuario.

Eso sí: en tiendas de La Cañada, no en las de la Milla de Oro.

Absorta en esos pensamientos, no vio acercarse al bólido que circulaba en dirección contraria a más de ochenta por hora en una zona en la que solo se podía circular a cincuenta.

—¡No me jodas, moreno! —protestó la agente al mismo tiempo que iniciaba una maniobra para tomar el sentido contrario.

—Ni se te ocurra dar la vuelta, con la mediana no podemos y mientras llegamos a la siguiente redonda no le pillamos. ¿No has visto que era un Rover de esos?

—No, pero lo pillo fijo.

—Ya le habrá trincado el radar, mujer. Nosotros tenemos un encargo y lo vamos a cumplir. Ya le darán caza los civiles si sigue liándola.

—¿Por qué no avisas por transmisiones, al menos?

—Porque no he visto la matrícula. ¿Tú la has visto?

Marina calló y aceleró ante el avance de la circulación.

No, no se había fijado en la matrícula y los Range Rover oscuros eran epidemia en las calles de la Costa del Sol.

Le dio rabia no poder hacer nada, pero el compañero tenía razón.

Suspiró hondo cuando se dio cuenta del modelo del coche que había rebasado los límites de velocidad.

Ramón, que la conocía como si fuera su sobrina, le puso la mano en el hombro.

—No te martirices.

Nadie como Ramón para aportar la calma cuando las tempestades de su mente acudían con viento de levante.

Dos años atrás, cuando su binomio todavía era Néstor, un Range Rover similar al que se habían cruzado casi la expulsa de la policía local: un camello portugués con varios nombres y apodos, Joao, Marcelo, El Guinda, El salao…

conducía el famoso SUV. Los inspectores de la local lo tenían en el punto de mira.

Era un camello del tres al cuarto; la Policía Nacional y la Guardia Civil a veces se apoyan en los municipales en tareas de seguimiento y control.

El caso es que Néstor y Marina seguían al tipo.

Recibieron la orden de darle el alto y registrarlo.

Joao o Marcelo estaba muy tranquilo cuando lo detuvieron.

Néstor pidió a Marina que hiciera el pertinente registro del maletero y asientos.

Y Marina lo hizo tan bien que encontró una china de hachís de las grandes en el hueco de la rueda de repuesto.

Se puso las manos negras, pero se sintió orgullosa de ello. Llamó a su compañero para enseñárselo.

—Con esta cantidad no lo podemos empapelar —dijo Néstor.

—Lo sé, pero podemos hacer otra cosa —Marina miró a los ojos a su binomio y le hizo un gesto con la cabeza, intentando que entendiera.

—No me estarás sugiriendo que… —Marina parpadeó una vez, muy despacio. Joao-Marcelo estaba cerca y podría escucharles.

—Si llamo ahora mismo, nuestro dealer podría venir en menos de diez minutos, es un tiempo razonable para hacer una inspección más rigurosa del coche y encontrar lo necesario para meterlo en el talego. Luego ya los nacionales que decidan.

—Ya, pero es que eso no lo vamos a encontrar —protestó Néstor—, eso lo vamos a meter nosotros para empapelarlo. Y nuestro contacto que ahora está de nuestro lado, puede que dentro de un tiempo no lo esté y se vaya de la lengua. Y, además, este tipo no es gilipollas y tendrá un buen abogado…

—O lo mismo, ni se acuerda de que tenía más hachís del que hay aquí y asume que es lo que hay. Si lo arrestamos, a lo mejor los nacionales pueden investigarlo mejor y encontrar más mercancía en su casa o donde sea.

—O a lo mejor les chafamos la operación.

—Pero qué operación ni que leches, si nos han dado vía libre es porque tampoco les interesa mucho. ¿A ti te apetece que este chalao conduzca su deportivo de más de sesenta mil euros mientras tú y yo vamos en un Dacia?

—No me jodas, Marina, no me jodas.

Néstor se dio la vuelta y pateó el suelo. Se llevó la mano a la boca y bajó la barbilla. Pensativo.

—¿Algún problema, ayente? —preguntó El Guinda.

—Súbase al coche y ponga las manos en el volante, por favor —ordenó Néstor.

Joao obedeció con una leve sonrisa en sus labios.

Néstor volvió con Marina y le quitó la piedra de hachís.

—Inspecciona una vez más el coche y, si no encuentras nada más, le ponemos una multa y nos vamos a casa.

Marina no se movió. Se quedó mirando a su binomio con rabia, con impotencia, como el adolescente mira al padre que le ha castigado sin salir un viernes porque ha suspendido matemáticas. Después de unos segundos reaccionó:

—Busca tú, que yo ya he revisado todo.

Néstor no buscó, le enseñó la piedra a Marcelo-Joao, y él argumentó que era para consumo personal. Néstor le incautó el hachís, y le puso la multa pertinente. El tipo se marchó muy despacio, y sacó la mano por la ventanilla a modo de despedida.

—Ya te vale, Néstor.

—No, ya te vale a ti que pretendías hacer algo que se sale del procedimiento y es ilegal.

—Ilegal es el tipo que has dejado marchar.

—Vete a la mierda, que te crees que esto es una película.

Aquello fue el detonante que hizo que Marina y Néstor rompieran relaciones.

¿Por qué?

Porque Joao fue detenido dos meses después.

No por tráfico de drogas, que también, sino porque atropelló hasta dejar en coma a un mecánico de un taller de Nueva Andalucía.

Según declararon testigos, compañeros de trabajo, el motivo del atropello fue que no le hizo bien un doble fondo para guardar la droga.

La Guardia Civil se lo detectó en otro alto en carretera, y esa vez sí llevaba más cantidad.

Al parecer, una chapa que cubría ese doble fondo se había despegado.

El tipo pasó un mes en Alhaurín y, cuando salió, lo primero que hizo fue visitar al mecánico.

Marina nunca se lo recriminó a Néstor con palabras, sí con miradas. Y con una solicitud para cambiar de compañero.