Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El psiquiatra
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El psiquiatra

Todo el sol de la costa abrasaba los pensamientos de Mario Gálvez. La tarde, despejada y veraniega como un mediodía de agosto, le hacía sudar y ni el aire acondicionado del Range Rover calmaba su sofoco.

Debía obedecer. Así que lo primero que hizo fue dirigirse a donde le habían indicado. Aparcó en el parking de Les Roches, muy próximo al desorbitado centro educativo privado. Caminó algo más de cien metros hasta la dirección indicada y que alcanzó gracias al GPS del teléfono.

La llamada, por supuesto, había sido realizada desde un número oculto. Y por mucho que él pataleó suplicando por la vida de su hijo, le conminaron a cumplir, paso por paso, todas las indicaciones pautadas.

La primera de ellas era la visita a la consulta del Dr. Tennetbaum. Dicha consulta estaba ubicada en un piso en la zona de Les Roches. Para ser exactos, en la segunda planta de un lujoso edificio destinado a no menos lujosas oficinas.

Cuando Mario llegó al portal, consultó en el panel de información, en el que varias empresas y profesionales avalaban la presencia de sus negocios en dicho edificio.

Tardó un poco en encontrar el letrero del doctor, ya que era uno de los más pequeños y arrinconados en una esquina: Dr. Tennetbaum, Psychiatrist M.D.

Subió a pie los dos tramos de escalera de mármol, o de algún material parecido, y recorrió un amplio pasillo de color pastel.

El mediocre letrero se repetía en la puerta del psiquiatra, puerta que estaba entreabierta y que Mario abrió sin llamar.

En voz media verbalizó un «hola» que alguien debió de escuchar al final del pasillo, porque le invitaron a pasar y a cerrar tras de sí.

Con mucho recelo, el abogado accedió y cerró tras cruzar el umbral; se encaminó hasta el lugar desde donde procedía la voz, y abrió otra puerta, también a medio cerrar, con una ventana translúcida.

—Pase y siéntese en la silla —dijo alguien sentado en un gran butacón junto a una ventana.

—No sé quién es usted, pero me han mandado aquí…

—Siéntese y cállese, por favor —El acento del psiquiatra (o del supuesto psiquiatra) también era indeterminado.

—Se lo han llevado…

—Le he dicho que se calle o tendrá que marcharse —la voz se alzó.

Sin embargo, la figura masculina siguió pegada a la ventana en una postura de costado.

Solo se le distinguía un pelo rubio y una ligera barba, rubia también.

Tenía las piernas cruzadas y procuraba no mostrarse en su totalidad.

Mario obedeció y se sentó donde la sombra le indicaba.

—En la mesa tiene lo que viene a buscar.

El abogado se inclinó para ver con claridad el papel que allí reposaba. Lo tomó entre sus manos y no entendió por qué aquel hombre había escrito lo que había escrito y por qué actuaba cómo actuaba.

—¿Esto qué es?

—Eso es todo lo que necesita de mí. Cójalo y márchese. Hágalo, le recomiendo que lo haga por su propio bien. No me diga ni una sola palabra más o le arrebataré la receta y llamaré a la policía diciendo que me ha asaltado.

Mario encajó el golpe bajo que le acababa de dar aquel supuesto profesional de la salud. Tomó la receta, la metió en el bolsillo interno de su chaqueta y se marchó de allí. Lo hizo dando un portazo y solo lamentó que no se rompiera el cristal de la puerta.

Cuando llegó al coche, el teléfono le volvió a pitar.

—Ahora acércate a la farmacia que te pilla de camino en tu vuelta hacia el centro de Marbella. Volveremos a llamarte.

Mario sintió tanta impotencia que, una vez colgado el teléfono, rompió a llorar. Era la primera vez que lo hacía en mucho tiempo, quizá desde la muerte de su padre dos años atrás. Llorar es bueno para limpiar tus ojos, la ausencia del llanto indica felicidad. Quizá.

Le sacó del berrinche unos golpes en la ventanilla de su Range Rover.