Todo
En la puerta del centro musical Mario no daba crédito a lo que escuchaba en el auricular de su teléfono.
—Vuelva usted ahí dentro y le dice a la monitora que ha sido su tío el que se ha llevado al niño.
Que tienen coches parecidos y que le perdone por no avisar.
Procure que suene convincente —La voz no tenía acento español, ni ruso, ni inglés.
Tenía un acento extranjero indeterminado que en ese momento Mario no estaba por descifrar.
—¿Se han llevado a mi hijo? ¿Por qué? ¡¿Quién es?!
—Haga lo que le digo si quiere volver a verlo con vida. Respire hondo y comunique lo que le he dicho a la profesora. Le llamaré otra vez en cinco minutos.
Mario, con un vacío en el estómago que no le dejaba pensar, obedeció y procuró ser convincente.
Sus nervios al hacerlo estaban justificados por el susto.
La profesora respiró aliviada y el chico de la recepción le pidió que nadie más recogiera al niño sin presentar una autorización firmada. Mario se marchó sin abrir la boca.
Nada más salir del centro musical, su móvil volvió a timbrar.
—¿Dónde está mi hijo?
—Señor Mario. Le habla la grúa. No le entiendo.
El abogado estaba al borde del colapso. Una mujer de caderas anchas con un labrador se cruzó con él y lo miró como si fuera algún tipo de borracho o delincuente. La voz insistente del conductor de la grúa le sacó del trance.
—Sí, perdone, ¿está usted en el coche ya?
—Sí, pero aquí no hay nadie.
—El coche está abierto, yo estoy llegando que he ido a recoger… —Mario se calló al darse cuenta de que no debía contar nada—. Estoy llegando, el coche está abierto, puede echarle un vistazo. No arranca.
El hombre de la grúa prometió hacer lo que estuviera en su mano mientras llegaba Mario, que se pegó una carrera fuera de sus límites físicos.
Quería dirigirse de inmediato a la comisaría.
Cuando llegó, se encontró con un joven de unos veintipocos años y desconfió de su pericia para arreglar el Range Rover y no tener que llevarlo al taller.
Le entregó la llave y el chico repitió la maniobra para arrancar el coche. Y como por arte de magia, arrancó.
—¡No me lo puedo creer!
—Créaselo —dijo el muchacho—, me ha pasado esto más de una vez y más de dos.
Accionó la palanca que abre el capó y se bajó del coche con la intención de revisar el motor. Usó su linterna para echar un vistazo y, cuando dio su trabajo por concluido, cerró el capó y se dirigió al abogado.
—Este modelo tiene un cablecillo que está por ahí abajo que a veces falla —El mecánico se subió de nuevo al coche, lo apagó, y lo volvió a encender—. Me ha pasado más veces, lo mismo es un mal contacto. Yo no puedo hacer nada, llévelo a que se lo revisen, porque tiene pinta de ser nuevo, ¿no?
Mario asintió, y el muchacho fue a la grúa en busca del parte que atestiguaba que él había estado allí, aunque no hubiera hecho nada.
Mario lo firmó y el operario se marchó deseándole lo mejor.
Se subió al coche y puso las manos sobre el volante.
El teléfono volvió a sonar y tardó poco en sacarlo del bolsillo y responder.
—Al coche no le pasa nada, señor Gálvez…
—¡¿Quién coño eres?!
—Ahora escuche, le aseguro que tiene que escucharme —La voz se tornó más grave—. Tenemos a su hijo y usted va a hacer todo lo que le digamos, paso por paso.
Mario se dio cuenta de que, fuera quien fuera el de la llamada, no podía andar lejos.
Sabía que al coche no le pasaba nada, es decir: alguien lo había manipulado para que no arrancara y llegara tarde a recoger a su hijo.
Y ese alguien tenía que estar cerca. Pensó en la controladora de parkings, se fijó en el papel que había dejado en el parabrisas.
Salió a cogerlo y se dio cuenta de que aquello no tenía el código de barras habitual de las multas.
Era una clara falsificación. Y él no se acordaba del rostro de la controladora.
Miró en todas direcciones sin hallar a nadie sospechoso.
—Olvide la multa. No le va a llegar. Y escuche de una vez por todas.
—Por favor, le daré lo que me pida, lo que sea.
—¿Está seguro? ¿Lo que sea?
—Sí, llévenme a mí, lo que sea, pero suelten a mi hijo.
—Me alegra saber que está usted dispuesto a todo por salvar a Pablo. Porque es eso lo que le vamos a pedir por su rescate: todo.