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Clases de guitarra

Una semana después.

Mario, que no halló respuesta a su pregunta, colgó el teléfono con desazón.

Se acababa de citar con Tomás Buendía esa misma tarde.

Como si en una película de gángsteres se tratase, la cita era en un parque con poca afluencia de transeúntes: el Parque de los Enamorados, a unos quince minutos andando del despacho y diez de la academia musical donde Mario acudía cada martes y cada jueves.

Tomás no quiso responderle a nada, había insistido en la importancia de reunirse fuera del despacho y le agradecía el gesto.

Mario, después de ocho días de trabajo feroz con las cuentas del jeque de jeques, estaba exhausto.

Exhausto y curioso, ya que a él, un hombre del siglo XXI como le llamaba su mujer, le preocupaba el cambio climático.

Y Buendía había insistido en que el asunto que tenía que transmitirle era de suma importancia.

Mario Gálvez, en los pocos huecos que le dejaron su trabajo y su familia, había investigado más a Luis Morales, el activista climático encarcelado.

Y no encontraba motivos reales para su encarcelación más allá de una agresión al vigilante de seguridad de una obra, que había tenido la desgracia de cruzarse en su camino cuando Luis y algunos de sus acólitos intentaban destrozar maquinaria y materiales destinados a levantar un gigantesco hotel

cerca de la costa malagueña.

El pobre vigilante acabó con una fractura en una muñeca por una mala caída y un traumatismo craneoencefálico leve.

Sin saber cómo, una excavadora salió ardiendo; mejor dicho: sin poder demostrarse que Morales fuera el culpable.

Y Mario sabía, por experiencia reciente, que las pruebas falsas se pueden crear con cierta facilidad.

Dado que Morales tenía varios antecedentes por vandalismos similares, el juez decretó una pena de dos años y un día, para que el molesto activista pasara unos meses a la sombra.

Al parecer, y siempre según los comentarios de Buendía, a Morales lo encerraron porque tenía información jugosa en su mano que podría poner en aprietos a algún poderoso o poderosa.

La cuestión que le rondaba a Mario era que por qué no difundía esa información a los medios o a la policía.

No cayó en la cuenta de preguntar un dato tan importante a Tomás, así que lo anotó para la reunión.

Era martes y, como le tocaba llevar al niño a las clases de guitarra, aprovecharía esa hora que Pablo practicaba para reunirse con Buendía.

Comió una rápida ensalada en el office del despacho, y salió pitando para casa a buscar a su hijo.

Irene se lo entregó y se dieron un tibio beso y una despedida hasta la noche, ya que la mujer tenía turno de tarde en la clínica donde trabajaba como fisioterapeuta, y llegaría a casa pasadas las diez.

En el camino al centro musical, Pablo le pidió que abriera el techo solar.

—Venga, papá, ábrelo.

El padre, orgulloso, se hizo el remolón:

—¿Y si nos caga una gaviota?

El niño se rio a carcajadas y volvió a insistir.

¿Para qué si no habían comprado ese coche si no era para aprovechar cada detalle de los más de sesenta mil euros que había costado?

Mario pulsó el botón que accionaba la apertura del techo y el niño inclinó un poco su pequeño cuerpo para observar el cielo.

No se llegó a cagar, pero una gaviota cruzó el firmamento y provocó la sonrisa del niño.

Mario aparcó el flamante Range Rover frente al centro educativo, se limitó a dejarlo en doble fila para que la profesora de guitarra lo observara bien observado.

Era una chica joven y él, cercano a los cuarenta, sentía ese chispazo de orgullo de que una jovencita se fijara en él, o en su coche.

Así lo llevaba haciendo los dos últimos días.

Pablo se bajó del gran SUV y se despidió de su padre, que solo arrancó cuando la profesora chocó los cinco a su hijo y le dio paso al interior del local. Él la sonrió, aunque ella apenas le hizo caso, ya que otra niña llegó en ese momento.

Mario circuló poco más de quinientos metros y aparcó en línea verde al final de la calle Jacinto Benavente, cerca del Parque de los Enamorados.

Se bajó del coche y se encaminó hacia el lugar de la cita, aunque se acordó de que no había cerrado el techo solar y tuvo que darse la vuelta para hacerlo.

No fuera a ser verdad que a una gaviota o a una cotorra le diera por mancillar la tapicería del bólido.

Llegó al parque y se sentó en uno de los bancos.

Se fijó en una de las varias estatuas que daban nombre al lugar: un hombre y una mujer de cobre o de estaño o del material del que se hicieran las estatuas estaban entrelazados y dándose un beso.

Mario no recordaba si había estado alguna vez allí con Irene.

Se aburrió pronto del paisaje. Llevaba el móvil encima e hizo el amago de cogerlo y revisar sus redes sociales.

Sin embargo, estaba tan nervioso que decidió omitir esa rutina tan aprehendida que tenemos casi todos los humanos del siglo XXI.

Pasaron los minutos y, a pesar de que la cita había sido fijada para las cuatro en punto de la tarde, Tomas Buendía no hizo acto de presencia.

Mario tomó el móvil y buscó en su correo electrónico, pero se dio cuenta de que no había cogido el móvil de empresa.

Siempre solía ir con los dos en los bolsillos, aunque a veces olvidaba uno u otro siempre en el momento en el que los necesitaba.

No disponía del teléfono de Buendía y, si iba a buscarlo al despacho, tardaría más en aparcar y subir a la sexta planta, que lo que a su hijo le quedaba para terminar sus clases de guitarra.

Cuando llegaron las cuatro y cuarenta de la tarde decidió que ya había dado suficiente tiempo de cortesía al informador misterioso y se marchó rumbo a su Range Rover.

Cuando llegó, una controladora de parkings se disponía a multarlo.

«Mierda, la zona verde». Se le había olvidado por completo cuando aparcó el coche.

—Señorita, disculpe, todavía no son las cinco.

—En verano es una hora antes, caballero, lo lamento.

—¿Y no puedo anular la multa con los tres euros en la máquina?

—Eso es cuando se pasa del tiempo, no cuando no pone ningún tique.

—Por favor, no estoy teniendo un buen día —La controladora depositó el papel sobre el parabrisas y se marchó con un lo siento— ¡Venga, mujer, por favor!

—Con ese coche no creo que tenga muchos problemas para abonar treinta euros de multa, tómeselo como un nuevo impuesto de circulación, que ese cacharro contamina mucho.

Como se suele decir: ¡Zas en toda la boca!

Él, tan petulante en sus convicciones climáticas, se movía en un coche que emitía más de ciento setenta gramos de CO2 por kilómetro recorrido.

No hizo ni el amago de protestar más. Se subió al todoterreno y, después de poner la llave magnética en el lugar indicado, pulsó el botón de Start.

Aunque aquello no se encendió.

Ni después de intentarlo tres veces más.

¿Qué estaba ocurriendo? El coche tenía menos de nueve días; se lo habían entregado de kilómetro cero, contaba con solo trescientos kilómetros que algún saudí habría hecho para ir al aeropuerto o a Gibraltar.

Al menos eso fue lo que le dijeron en el concesionario.

Él había recorrido solo trescientos más. Y ahora estaba seco.

Miró su reloj, eran las cinco menos diez.

Andando, al centro musical había algo más de cinco minutos.

Pero antes tenía que llamar a la grúa. Así lo hizo.

Le prometieron que llegarían en media hora, por lo que ir andando a por el niño y volver era su única alternativa.

Dejó el coche abierto, total nadie se lo llevaría y, si el de la grúa lo llamaba, le indicaría que podría abrir el capó e ir investigando qué ocurría.

Caminó deprisa hacia el centro musical, se le había echado el tiempo encima con la llamada.

Ya eran más de las cinco y todavía le quedaba un trecho.

No solía retrasarse porque no le gustaba que las monitoras le pusieran una cara menos amistosa de lo que correspondía.

No creía que por tres minutos lo fueran a hacer.

Su sorpresa fue mayúscula al no encontrarse a la joven profesora de Pablo en la puerta, como cada martes.

Accedió al centro y preguntó al chico de la recepción, quien avisó a Julia, que era el nombre de la monitora de guitarra de Pablo. Acudió a los pocos segundos y sonrió a Mario preguntando si se le había olvidado algo al niño.

—¿Dónde está Pablo?

—¿Cómo que dónde está? Se ha ido con usted hace menos de cinco minutos.

—¿Cómo?

Se produjo un silencio, corto y de tal intensidad que parecía que alguien le había dado al botón del pause de una película de miedo.

—Se montó en su coche; yo escuché los pitidos ahí aparcado en doble fila y el niño se subió, que me lo ha dicho varias veces que está encantado con el todoterreno nuevo.

—¿De qué coche habla? El mío está averiado a quinientos metros de aquí.

La profesora se llevó las manos a la boca. Se acababa de dar cuenta de que el niño había subido a un Range Rover oscuro, pero no el Range Rover de Mario Gálvez.

—¡Ay, Dios mío!

—¡No me lo puedo creer!

Mario sintió como si le faltara el aire y se tuvo que apoyar en el mostrador para no doblar la rodilla o incluso caerse al suelo.

En ese momento sonó su teléfono móvil.