Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Puerto Banús
39%

Puerto Banús

Marina tenía estudiado el mapa de Andalucía como si de un mapamundi se tratase.

Se sabía de memoria todos los pueblos de la provincia malagueña y su ubicación exacta en el mapa.

También conocía el nombre de todas las calles de Marbella como si de un taxista con más de cuarenta años de experiencia se tratase.

Era el GPS humano de la comisaría de policía local y Ramón, a veces, jugaba a una especie de Trivial Pursuit con ella.

—¿Partido judicial de Torrox?

—Algarrobo, Árchez, Canillas de la Albaida, Cómpeta, Nerja, Sayalonga, Torrox y Frigiliana.

—Muy bonito Frigiliana.

—¿Te puedes creer que no lo conozco?

—Anda que has estado en Nueva York y no conoces el pueblo más bonito de tu tierra. Estás tardando, «Caraculo».

—Vete a la mierda, «Ramongolo».

Esos dos insultos/apodos se los habían puesto el uno al otro respectivamente.

Aunque el de «caraculo» ya le venía a Marina Caracuel desde los tiempos de primaria.

Un apellido tan singular era propicio para ese tipo de motes: caraculo, caraabuela, caracual, caraculona, etc. Todos estos y más tuvo que soportar la policía durante su edad escolar, y en el cuerpo lo recibió de la última persona de la que lo esperaba: su compañero del alma, Ramón,

alias «Ramongolo».

Mote que se había ganado a pulso y que, al principio, no le hizo ni pizca de gracia al veterano policía, aunque después tuvo que asumir sin resentimientos.

Los dos tenían turno de noche y estaban dándose una vuelta por Puerto Banús, a instancias del Mayor, Enrique Muros.

Puerto Banús, ya se sabe, es una zona conflictiva dentro de la noche marbellí.

Miles de jóvenes, y no tan jóvenes, ricos, y no tan ricos, chicas, chicos y chiques se citaban numerosas noches del año en los alrededores de uno de los puertos más lujosos de España.

El lujo, también se sabe, atrae diversos personajes de toda índole: extranjeras compitiendo por ser la más borracha, magrebíes compitiendo por llevar la cadena más grande, ingleses compitiendo por follarse a la más o menos borracha…

Las consecuencias, como en casi toda zona de ocio nocturno menos heterogénea, solían ser robos, peleas y demás violencia callejera. Por fortuna, aquel estaba siendo un jueves tranquilo, y los dos compañeros disfrutaban de esos pequeños momentos de tranquilidad.

—¿Número de ciudadanos de Ucrania empadronados en la Costa del Sol?

—Te lo digo después de darle una colleja a ese majarón.

Marina salió disparada del coche y no escuchó los gritos de su compañero a su espalda. Había detectado a uno de esos guiris que competían por ligar con otra guiri en una actitud más violenta de la requerida.

Marina se aproximó al agresor y, sin darle tiempo a reaccionar, le dio la colleja prometida (más suave de lo que le hubiera gustado), le retorció la mano a la espalda y lo estampó contra la pared.

Gritó bien alto en inglés que se estuviera quieto, y el tipo no supo ni cómo reaccionar.

Sin embargo, un par de mostrencos, que debían de ser sus colegas, empezaron a gritar algo parecido a «you bitch» y a rodear a la agente.

Ramón llegó, se unió a los gritos, y aquello atrajo las miradas de todos los transeúntes y curiosos.

Se formó un buen revuelo: cuando Marina escuchó la voz de su compañero , se giró para ver dónde estaba.

Se distrajo un momento porque uno de los maromos le puso la mano en el hombro, y el tipo que tenía inmovilizado aprovechó para escapar.

Huyó como si ocultase algo: o eso pensó Marina, que salió en busca del escurridizo guiri, que muy listo —o muy sobrio— no es que fuera, ya que, en lugar de meterse por las intrincadas y blanquísimas calles aledañas al puerto, escapó por una avenida en dirección al mar.

La policía, muy en forma y acostumbrada a estos menesteres, le dio caza justo antes de que se metiera en el agua, intención que parecía tener el desnortado británico, y le hundió los morros contra la arena entre chillidos en la lengua de Shakespeare para que se estuviera quieto.

Le puso las esposas, y la rodilla sobre la zona lumbar a la espera de que su veterano, y lento, compañero llegara para registrar al detenido.

Los que llegaron antes fueron los amigos del sospechoso, y esta vez Marina no lo dudó.

Sacó su pistola táser reglamentaria y los encañonó.

Desde que las incorporaron al cuerpo, se sentía mucho más segura que desenfundando un arma de fuego.

Nunca lo había tenido que hacer, por fortuna; sin embargo, la táser era la tercera vez que sentía la caricia de las falanges de la agente Caracuel.

Los bigardos se detuvieron ante la amenaza.

Debían de haber visto las decenas de vídeos que circulan en redes sociales de los efectos de recibir una descarga eléctrica de una pistola de las fuerzas armadas.

Ramón llegó, exhausto, y pidió ayuda por radio.

Marina le conminó a que registrara al detenido.

El veterano lo hizo entre protestas y, cuando metió la mano en los calcetines del tipo, miró a la compañera.

—Una de dos: o tienes mucha suerte, o mucho instinto.

Marina sonrió y se guardó para sí su respuesta.