Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El jeque
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El jeque

Alguien observaba a Mario cuando llegó al día siguiente al trabajo a las nueve y veinte en punto.

Después de haber dejado a Pablo en el colegio Bocanegra, caminó por el casco antiguo de la ciudad, cruzó el paso de peatones que desemboca en la Alameda, atravesó el parque, no sin ciertas dificultades por un pequeño resbalón con el agua de la fuente, y bajó por la Avenida del Mar,

con sus perennes estatuas de Dalí, hasta el paseo marítimo.

Ese pequeño paseo de diez o quince minutos, antes de entrar al trabajo, le recargaba de energía.

Tenía que desviarse del trayecto más corto hasta el despacho, pero le merecía la pena y lo había convertido en una especie de ritual.

Como si la brisa marina tuviera propiedades energéticas o sanadoras.

Contemplar el mar y, si la bruma lo permitía, la costa africana era un deleite para los sentidos.

Se desvió por la calle Sevillano y retrocedió hasta Notario Luis Oliver.

Ahí estaba la sede de Villegas y Familia.

Cuando se disponía a poner un pie sobre el umbral, una persona en patinete casi se lo lleva por delante.

Mario soltó un exabrupto que no debió de llegar a oidos del infractor del código de circulación.

El abogado no pensaba perder las buenas vibraciones que le habían insuflado su breve paseo matutino, y olvidó el asunto nada más subir al ascensor.

Raro era el día que no se cruzaba con algún compañero o compañera en el portal.

Antonio Villegas permitía cierto margen a sus empleados para llegar antes o después al trabajo en función de las obligaciones familiares que tuvieran.

Ese día coincidió con Sabrina, una administrativa eslovena de escotes habituales que siempre lo recibía con una sonrisa.

No es que Mario fuera un modelo, pero su casi metro ochenta, sus anchas espaldas, su piel sin arrugas y su buena educación lo convertían en el foco de muchas féminas.

Sabrina hizo algún comentario banal que Mario respondió con la misma banalidad.

Llegaron a la sexta planta y Mario se fue directo a su despacho sin apenas saludar a nadie.

El día anterior había dejado una tarea pendiente ante las insistentes llamadas del gran jefe.

Esa tarea consistía en revisar con detenimiento uno de los emails que había leído, y decidir qué hacer.

El correo en cuestión le proponía representar a un activista ecológico encarcelado en Alhaurín de la Torre.

Había llegado allí por unos supuestos actos vandálicos contra la propiedad privada en diversos puntos de la geografía malagueña y gaditana.

Mario ya se imaginaba que ese supuesto vandalismo estaría magnificado, y que unos hábiles juristas podrían haber manipulado los actos del pobre desgraciado que intentaba salvar al planeta a su manera.

Sintió una curiosidad morbosa por el asunto y, dado que el email indicaba un número de teléfono de contacto, Mario usó el fijo de su despacho para marcar los nueve dígitos.

Tras dos tonos de llamada, el teléfono se descolgó, pero nadie dijo nada al otro lado del aparato. Fue Mario el que tuvo que romper el hielo:

—¿Hola? ¿Hablo con Tomás Buendía?

—Buenas, ¿quién es?

—Soy Mario Gálvez, de Villegas y Familia. Le llamaba para…

—Señor Gálvez, prefiero hablar con usted en persona.

Mario se quedó sin saber qué decir, no estaba acostumbrado a un mensaje tan directo. Después de pensarlo, él tampoco había facilitado su email corporativo a esa persona.

—Disculpe, esto no funciona así. Se trata de una consulta profesional, ¿verdad?

—Mario, permíteme que te tutee. Te pido perdón por abordarte de esta forma, pero tenemos que vernos en persona fuera de tu despacho. No te preocupes, solo busco discreción.

—No me preocupo, señor Buendía, pero me pide algo que no es habitual. Si es profesional, debo recibirlo aquí.

—Es profesional. Cuando esté dispuesto a ayudar a su planeta, ruego que me vuelva a llamar. El señor Morales le manda recuerdos desde prisión.

Colgó sin esperar la queja de Mario, queja que no se produjo porque la estupefacción fue la única reacción que vino a la mente del letrado. Gálvez volvió a revisar el email, investigó en internet el caso de Luis Morales, el activista encarcelado, y llamó por teléfono a Villegas.

—¿Cómo estás, letrado? ¿Volviendo a la monotonía después del baño de masas?

—Buenos días, Antonio, ¿podemos reunirnos en media hora?

—Y en menos tiempo, si te iba a avisar yo. Dame diez minutos que haga una llamada y me tocas la puerta. ¿Ok?

Mario se despidió de su jefe y siguió investigando a Morales. No encontró nada destacable, tan solo un par de noticias en diarios regionales online. Luis Morales podría calificarse como un mindundi del activismo climático, aunque, a pesar de todo, Mario quería consultar al gran jefe.

Pasados los minutos estipulados, levantó el culo de su gran silla de cuero, pasó la mano por la impoluta mesa de roble y se encaminó al despacho del gran jefe.

Si la opulencia del bufete tenía un epicentro, ese era el despacho de Antonio Villegas España: madera de roble de Quercus, asientos de cuero (el de Antonio reclinable y calefactado), más de veinte diplomas en la pared situada a espaldas del gran jefe, banderas de España,

de Andalucía y de Europa como si del despacho del Presidente del Gobierno se tratase, y una televisión de cincuenta y pico pulgadas, acompañada de un gran sofá de tres plazas, también de cuero, y, cómo no: un minibar.

—Ven, siéntate aquí —Villegas señaló el sofá y se dispuso a servir una copa a su empleado.

—Antonio, es un poco pronto…

—¿Por quién me tomas? —Villegas ignoró el comentario de Mario y siguió con su tarea.

Abrió la neverita del minibar y cogió una botella transparente con un líquido rojizo en su interior.

La depositó sobre la pequeña barra y tomó dos vasos largos.

Sirvió una notable cantidad del líquido y devolvió la botella a su lugar.

Del pequeño congelador de la nevera tomó dos cubitos y los echó, uno en cada vaso.

Una vez terminada la operación, entregó la bebida a Mario que, con recelo, aceptó.

Con tanto recelo que no se decidía a ingerir tal cantidad de alcohol antes de las diez de la mañana.

—Bebe, coño, que no tiene alcohol —Mario debió de poner ojos de incredulidad y Villegas bajó los hombros, un tanto decepcionado por tener que dar explicaciones a uno de sus trabajadores—.

Es kombucha de la India. Me la trajeron hace un mes y no me había decidido a probarla hasta ayer.

Está fresquita, no tiene alcohol y te despabila más que tres cafés.

Dada la explicación por finalizada, el gran jefe chocó su vaso contra el de Gálvez a modo de brindis.

Mario se dio por vencido y de un lingotazo se acabó la bebida.

La acabó tan rápido porque le gustó el sabor, entre amargo y ácido, de la kombucha.

Levantó la copa en dirección a su superior y, con una sonrisa, dio las gracias por la invitación.

Villegas se sentó a su lado y dejó el vaso sobre la mesa acristalada de centro.

—Señor Gálvez, lo de los rusos parece el comienzo de algo más grande aún.

—¿Más? ¿Algún jeque?

—Joder, Mario, no puede uno poner ni una pizca de misterio…

Villegas levantó los brazos a modo de protesta y, ayudado por un resoplido, los dejó caer sobre el sofá de cuero.

Mario no pudo reprimir una carcajada que tapó con su mano para no ofender al gran jefe, que se lo quedó mirando con recelo.

Después de unos segundos de incertidumbre, Antonio soltó otra carcajada y se vanaglorió del buen fichaje que él mismo había hecho con Gálvez.

Porque, aunque Mario hubiera llegado al despacho por una oferta de prácticas en un anuncio de internet, el gran jefe fue el que tomó la decisión de que trabajara en el bufete de forma estable.

—Pues sí, ingeniero Gálvez, ingeniero como dicen los argentinos; que el domingo estuve comiendo con unos amigos de mi mujer y me hicieron mucha gracia con su forma de llamarse —se explicó Villegas—. Sí, a ver, no puede salir de aquí, pero no se trata de «algún jeque», se trata de «El jeque».

—¿En serio? —dijo Mario, incrédulo.

—¿Tú me ves a mí con pinta de bromear sobre un asunto así?

—Claro que no, Antonio, es que mi hijo dice mucho esa expresión y me la ha pegado. Tiene ocho años y parece que tiene doce.

Villegas sonrió y se acercó para ponerle la mano en el hombro.

—Lamento decirte que vas a ver poco a tu hombrecito durante una semana al menos —Villegas detectó el fastidio en el rostro de su empleado a pesar de los intentos de este por disimularlo—.

Pero no te preocupes que sumo otra semana más a tu cuota de vacaciones pagadas.

Sumadas a todo el currazo que te pegaste con el caso de Berbatov, este año juntas casi dos meses.

¿Qué te parece? No me contestes, porque además tus honorarios van a crecer un quince por ciento.

Así que no hace falta que lo digas tú: te parece bien.

La ambición de Mario no era desmedida; cuando terminó entre los cinco primeros de su promoción, nunca imaginó que su salario estaría por encima del millón de las antiguas pesetas después de algo más de diez años.

Con ese nuevo aumento podría reformar la casa y, lo que más ansiaba, cambiar de coche.

No es que estuviera descontento con su actual BMW, pero ya tenía casi una década y empezaba con «los achaques de la edad».

Irene, además, estaba enamorada de los SUV y en especial de uno: el Range Rover Evoque.

Un coche valorado en unos obscenos sesenta mil euros, un coche que parecía que regalaban en la Costa de Sol.

Sí, «El jeque» sería el avalista de su nuevo coche, y cuando estrechó la mano de Villegas, imaginó que estrechaba la del director del concesionario en el momento de entrega de las llaves de su nuevo y flamante vehículo.

Antes de abandonar el despacho, Villegas le hizo una pregunta:

—Mario, ¿qué me querías cuando me has llamado antes?

—Ah —Mario dudó, pero como su jefe ansiaba todas las respuestas, se lo tuvo que confesar—, un activista climático que está en Alhaurín busca abogado.

—¿Activista climático? Como los de Greenpeace.

—Supongo —admitió encogiéndose de hombros.

—Esos no tienen plata —sonrió Villegas cuando imitó el acento argentino de los amigos de su mujer.

—Ya, pero puede suponer prestigio para el despacho.

—O desprestigio.

—También, aunque: sin riesgo no hay gloria, jefe.

—Se te quedó la frasecita, eh —Mario sonrió—. De momento céntrate en lo que hemos hablado, Laura te pasa toda la documentación. Más adelante ya hablamos.

Mario soltó un suave «de acuerdo» antes de abandonar el opulento despacho en busca de Laura, la secretaria de Villegas. Al pasar delante de Raúl, se fijó en que no le quitaba ojo. Para olvidarlo, se repitió a sí mismo varias veces:

«¿Range Rover o el planeta?»