Las amigas de Pablo
Irene Lima observaba a Pablo sentada en un banco del Parque de la Represa junto a Raúl Solana.
Su hijo jugaba con las hijas de él en el nuevo castillo multiaventuras que habían instalado en el parque una semana atrás.
Era la novedad en el barrio, y el espacio infantil se llenaba cada tarde hasta los topes.
Irene, no demasiado amante de las multitudes, aprovechaba la hora de salida del colegio para que el niño jugara —y desfogara—, sacrificando la hora más normal de comida por una un tanto más tardía.
Aquella tarde el niño solo tenía clases de inglés online y no debía llevarlo a lecciones de guitarra en el centro musical, ni a baloncesto en el polideportivo del barrio.
—Tienes a tu maridín exultante —dijo Solana.
—No te pongas tonto, Raúl.
—Es la verdad.
Irene lo miró con desdén, con apatía, como la que mira las noticias económicas en las que ha subido el Euribor.
—Estás celoso, como siempre. Y tiene delito que el amante tenga celos del marido.
Con esa afirmación, Irene arrancó una sonrisa de la boca de Raúl. Esa boca que le había hecho perder el control y arrastrado a la cama en varias ocasiones.
—¿Así que ahora soy amante? El otro día dijiste que porque nos hubiéramos acostado «tres o cuatro veces» —Raúl incidió en la cantidad a sabiendas de que era inferior a la real— no me daba derecho a nada.
—Y es que no te lo da. Amante o no, no tienes derecho a hacerme sentir culpable por no vernos más a menudo, o por preferir pasar más tiempo con mi familia. Que tú estés mal con tu mujer no implica que yo tenga que estarlo con mi marido.
—Joder, me follas como una leona y dices que no estás mal…
—¡Cállate! ¿Eres gilipollas o qué te pasa? —protestó Irene—. Somos padres de nuestros hijos que son amigos y estamos en el parque juntos, y eso no significa nada para quien nos pueda observar, pero si te pones a decir pamplinas…
—No, si la culpa la tengo yo por estar tan pendiente de ti.
Dicho esto, Raúl Solana se levantó y llamó a sus hijas para que acudieran a su lado.
—¿Ya os vais? —preguntó, caprichoso, Pablo.
—Sí, Pablete —contestó Raúl mesándole el pelo—, por la tarde estas dos princesas tienen baile.
Las dos niñas chocaron la mano del amigo y se marcharon con su padre, que dijo un escueto adiós para el cuello de su camisa, y se perdió por detrás de la Biblioteca Central. Él quiso imaginar, quizá, que Irene se le quedaba mirando, pero la mujer no le iba a dar el gusto.
—¿Se ha enfadado Raúl, mamá?
—Qué va, se ha acordado de que tenía una cosa importante de trabajo.
—¿Y porqué papá sigue en el trabajo y Raúl puede venir al parque si son compañeros?
—Pues porque Raúl tiene jornada reducida.
El niño no entendió qué era eso de jornada reducida y siguió acosando a la madre, incómoda, con preguntas sobre Raúl, el trabajo y su padre. Irene, en una huida hacia adelante, respondió las que pudo, y dejó en el aire las que le parecieron más complicadas.
—Ahora tú y yo nos vamos a comprar el pan y si quieres un dulce sin azúcar.
El niño se alegró y tomó la mano de su madre, que echó un último vistazo al camino por el que se había marchado Raúl, como buscando su estela.
En el fondo estaba pillada por ese hombre, pero al mismo tiempo se sentía culpable por engañar a su marido.
Más de quince años juntos y la obsesiva dedicación de Mario a su trabajo habían hecho mella en su amor.
Eso era lo que Irene se repetía a sí misma cada vez que se acostaba con Raúl.
A sabiendas de que era un engaño para calmar su díscola conciencia.
Irene estaba segura de que las otras dos madres que había en el parque con sus chiquillos no habían escuchado nada. Estaban demasiado lejos. De lo que no pudo estar segura era de que alguien los estaba observando y anotando todos los movimientos de madre, hijo y amante.