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El bufete

A Mario Gálvez le habían tendido un puente de oro en el despacho de abogados para el que trabajaba.

A sus treinta y ocho años era el niño bonito del bufete.

Lo curioso del caso es que no había entrado por enchufe, sino que se ganó el puesto en Villegas y Familia después de una sobresaliente pasantía.

El bufete Villegas y Familia, especializado en grandes fortunas, era uno de los despachos jurídicos con más solera de la Costa del Sol. Sus letrados representaban y defendían los intereses de varios magnates afincados a orillas del mediterráneo andaluz, y los sacaban de no pocos apuros legales.

Siempre conforme a la ley y sin subterfugios.

Ese era uno de los lemas que su fundador, Antonio Villegas España, promovía como símbolo de orgullo de su empresa.

Tenían que hacer mucho hincapié en la legalidad de sus procedimientos, ya que no en pocas ocasiones sus clientes eran blanco de las sospechas, no solo de la Agencia Tributaria, sino también de la Policía o la Guardia Civil.

Sin embargo, en más de cincuenta años de carrera, el bufete no había recibido ninguna reprimenda, ni los habían investigado por proteger a clientes, llamémosles, opacos.

La cercanía con Gibraltar y el pequeño paraíso fiscal que alberga, era otro de los alicientes que situaban a Villegas y Familia como el bufete ideal para los clientes con mucho dinero.

¿Por qué no habían sido nunca investigados ni sospechosos de irregularidades?

Porque el mismísimo Antonio Villegas España revisaba todos y cada uno de los clientes que el bufete representaba. Él mismo, a sus setenta y siete años, supervisaba la auditoría que sus empleados hacían de los posibles clientes. Y decidía en última instancia si los representaban o no.

A pesar de esta fama de gran honestidad, toda la comunidad marbellí tuvo recelos cuando el gran jefe decidió que su bufete defendería los intereses de, nada más y nada menos, Alexei Berbatov; el ya ex-dueño del Marbella Fútbol Club,

encarcelado meses atrás por la Policía Nacional y la Fiscalía Anticorrupción en una de las mayores operaciones contra el crimen organizado que se recordaba en la Costa del Sol.

El grupo I de la UDYCO central había coordinado el caso desde Madrid junto al grupo GRECO de Málaga.

El inspector Marcos Alterio, nacido en el barrio de la Divina Pastora de Marbella, fue la cabeza visible de la operación.

Se lo tomó de forma personal, algo que quizá no debería hacerse: mezclar sentimientos y trabajo; y menos en una profesión tan complicada como la de policía especialista en crimen organizado.

Berbatov adquirió el Marbella F.C. por cuatro duros, y a Alterio, exjugador del club, no le hizo mucha gracia.

Cuando recibió el encargo desde la UDYCO central de coordinar el operativo, se le encendieron los ojos como a Cíclope de los X-Men.

No paró hasta meter a Berbatov en prisión haciendo gala del famoso dicho de «el fin justifica los medios».

Alterio no contaba con la implicación del despacho Villegas y Familia, con la supervisión del jefe Antonio Villegas, ni mucho menos con el talento de Mario Gálvez.

Si Alterio no había descansado hasta meter en prisión a Alexei Berbatov, Gálvez no lo hizo hasta desmontar y destapar las chapuzas que la Policía había cometido en la investigación.

Mario pasó muchas horas repasando la instrucción del caso, documentando toda la contabilidad de las empresas de Berbatov, entrevistándose con todos sus empleados.

También con varios policías que participaron en el operativo.

Con Marcos Alterio solo consiguió hablar una vez, y tuvo que soportar los reproches del mismo: que si estaba defendiendo a criminales, que si habían venido a quedarse con Marbella, que si él no sabía nada de la ingeniería fiscal de Berbatov.

Mario mantuvo el temple y siguió investigando hasta dar con la pieza clave del caso: un testigo que puso en evidencia a la Policía, un testigo que demostró que Berbatov había diseñado una ingeniería fiscal dudosa, pero que nunca blanqueó capitales y que sus empresas no pertenecían a ninguna -aya,

sufijo con el que se apodan los clanes mafiosos de Rusia.

El testigo, a instancias de Mario, aportó pruebas irrefutables de la contabilidad de Berbatov y sus empresas.

El juez, muy a su pesar, tuvo que poner en libertad a Berbatov, y sacar los colores a la UDYCO, al GRECO y al Fiscal Anticorrupción: su investigación había sido deficiente, y ahora tendrían que investigarlos a ellos mismos por sospecha de introducción de pruebas falsas.

Alterio se cruzó con Mario a la salida del último día de la vista, y no dijo nada. Tan solo se lo quedó mirando como el padre que mira al asesino de su hijo. Mario no había matado a nadie, sino que había realizado su trabajo a la perfección, por muy polémico que fuera.

—Mucha suerte con el testigo, abogado… —dijo Raúl Solana en cuanto se lo cruzó en el pasillo que le hicieron los compañeros al entrar en la oficina.

—No Raulito, no, otro día me envidias, hoy no —Mario no se cortó y dijo las palabras con toda la mala baba que pudo, ya que Raúl siempre le estaba tocando las narices, por no decir otra parte más soez de la anatomía masculina.

El aplauso y el pasillo de los empleados del bufete, tanto abogados como personal administrativo, puso colorado a Mario Gálvez, que tenía fama de ser un tipo serio e incluso frío.

Antonio Villegas, que lo esperaba junto a su gigantesco despacho, fue el último en dejar de aplaudir.

Al llegar a su altura, Antonio le estrechó la mano con fuerza y le puso la otra mano sobre el hombro. Se miraron a los ojos y se sonrieron.

—Ven, tenemos más trabajo que hacer.

—Antonio, si me lo permite tengo que revisar los correos que me han llegado el fin de semana, que creo que han sido muchos.

Era la niña bonita del despacho y Antonio sabía cómo tratarlo. Le permitió consultar su bandeja de entrada, pero le conminó a reunirse con él lo antes posible.

Raúl Solana, por el contrario, no soportaba a Mario y se moría de envidia por su éxito. Sin embargo, tenía una cita con su venganza personal pocas horas después, justo después de la salida del colegio de sus hijas, que compartían aulas con el hijo de Mario: Pablo.