Marina (y Ramón)
Marina escuchó el pitido del móvil que la despertó a las doce en punto del mediodía.
El mes de junio había entrado más caluroso de lo habitual, por lo que el sudor impregnaba su cuerpo y parte de las sábanas.
No silenció el teléfono, ni se hizo la remolona en la cama.
Meses atrás, había tomado la determinación de no silenciar nunca jamás el despertador y levantarse al primer pitido.
¿La razón?
Se había informado —quizá en exceso— sobre los mejores hábitos de sueño.
Y una mujer que trabaja a turnos debía de cuidar mucho su descanso.
Tanto, que estaba obsesionada con ello. Su jornada laboral como Policía Local de Marbella cambiaba cada tres o cuatro días.
Procuraba que le tocara siempre de tarde y de noche.
También de fin de semana. Marina estaba soltera, sin compromiso y sin descendencia.
Otros compañeros en el cuerpo con familia preferían los turnos matutinos y con libranzas los sábados y domingos.
Además, el viernes y sábado noche eran momentos movidos: ya se sabe lo que trae el ocio nocturno mezclado con alcohol y sustancias. Ella no lo rehuía, le iba la marcha.
Acostumbrar al organismo al mismo horario de sueño es lo ideal, pero, dada la naturaleza de su trabajo, la cosa se complicaba; si tenía turno de tarde, retrasaba la hora de irse a la cama para hacerla coincidir con la hora a la que se acostaba en sus jornadas nocturnas (al menos acercarse).
Al contrario que para el resto de los mortales, el despertador era su amigo.
Y a fuerza de trabajar ese hábito de no holgazanear en la cama, había construido un descanso bastante aceptable que, junto a una rutina de ejercicio físico moderado y una alimentación saludable, la tenían en plenitud de forma.
Ella siempre afirmaba, orgullosa, que estaba mejor a los treinta y tres que con veintitrés.
Esa semana tenía turno de tarde, por lo que contaba con algo más de dos horas y media para salir a correr, hacer su tabla de ejercicios, ducharse, comer y estudiar.
Un poco apretado, pero podía con ello. Y si no tenía tiempo de estudiar, lo haría a la noche después de un buen vaso de té frío o de una coca-cola zero.
¿Por qué estudiaba?
Porque Marina aspiraba a no quedarse en agente.
Se arrepintió de no terminar Magisterio; se arrepintió de hacer mucho el loco en la primera mitad de sus años veinte, pero desde que ingresó en la policía municipal, tres años atrás, se había marcado el objetivo de llegar a inspectora.
Y lo haría despacio, pasito a pasito. Primero debía promocionar a oficial.
Y el tutor que llevaba su formación estaba seguro de que lo haría.
Casi un noventa y cinco por cien de acierto continuado durante tres meses en todos los tests la avalaban.
Ella quería llegar al noventa y nueve para curarse en salud y garantizarse el ascenso.
Las pruebas físicas las tenía más que superadas, al igual que la prueba de idiomas, ya que su nivel de inglés era un C1 y, además, se defendía con el francés.
De hecho, la especialidad que habría elegido si llegase a ser profesora hubiera sido la de maestra de la lengua de Shakespeare.
La única duda que albergaba acerca de su futura promoción era la entrevista personal.
Meses atrás tuvo un altercado con un compañero, mejor dicho, un superior, porque un oficial es superior a un agente, aunque no exista mucha diferencia.
El oficial Néstor Amigo, gran amigo —valga la redundancia— del Mayor de la Policía Local de Marbella, no hablaba bien de Marina Caracuel a sus espaldas.
Y esto había llegado a oídos de la agente.
Ella quería poner a Néstor en su sitio, pero no encontraba el momento de hacerlo.
Fue su binomio en el primer año de ella en el cuerpo y, hasta el incidente que lo cambió todo, lo trataba como si fuese un hermano mayor, un guía de la vida, un amigo de los de verdad.
Desde aquel fatídico día, la cosa se fue enturbiando hasta el límite en el que llegaron a las manos y otro compañero tuvo que mediar para que no los expedientaran a los dos.
Si Néstor había sido su hermano mayor en el cuerpo, Ramón, el compañero que medió en la disputa, se había convertido en el padre de Marina en la local de Marbella.
Ramón Torres, sesenta y cuatro años, oficial desde hacía más de veinte y con el culo pelao de patrullas por las calles marbellíes.
Un tipo pequeño, entrado en carnes y en canas.
El típico hombre al que le podrías vestir de rojo y barba blanca, y se convertía en Papá Noel.
Llevaban dos años de compañeros y, aunque a veces cambiaban, de los más de doscientos días laborables al año, pasaban juntos más de ciento cincuenta.
Ramón tenía muchas manías, y una de ellas era la de llevar un calendario marcado, el cual tachaba como si de un presidiario se tratase.
Además de tacharlo, apuntaba el compañero con el que había hecho la ronda.
Mejor dicho, solo lo escribía cuando no le tocaba con Marina.
Ramón tenía familia, con sus hijos ya fuera de casa, y un par de nietos.
Su mujer trabajaba en el Casino, por lo que también prefería los turnos de tarde y noche.
Después de dos años de binomio, maestro y alumna se entendían a la perfección; tanto que apenas se hacían preguntas el uno al otro: bastaba con un gesto, una mirada o, en el caso de Ramón, un quejido para entenderse.
El día que les tocara lidiar con el suicida, les haría falta mucho más.
Porque, a pesar de haber vivido situaciones complejas: amenazas con navaja, incluso con pistolas; accidentes de tráfico con personas al borde de la muerte; asistencia a indigentes al borde de la inanición; etc., aquella situación los superará con creces.
Nadie está preparado para ayudar o dejar de ayudar a un tipo que asegura haber hecho quién sabe qué barbaridades a niños, quizá a su propio hijo, y que amenaza con tirarse de un puente.