Confesión
Tenerife Sur, presente.
La brigada vuelve a mover la mandíbula. Esta vez hacia el otro lado. Al guardia se le ha borrado la sonrisa.
No voy a confesar que raptaron a mi hijo. Desde el momento en el que Héctor me ayudó a subir, desde el momento en el que acepté entregarme, tuve muy claro que iba a contar que todo había sido un juego. Como ellos le habían contado al niño y, supongo, que declarado ante la Guardia Civil.
«Una excursión para el niño; Mara y yo estábamos realizando una especie de yincana para encontrarlo».
Eso fue lo que Rayco creyó. Y yo no iba a traicionar a Mara contando que fue un rapto real. Eso fue lo que me susurró al oído en el Barranco del Infierno poco antes de que Rayco saliera del coche.
Invito a los guardias a continuar con lo que de verdad importa.
—Está bien, un juego —dice Donaire, resignada—. Tenemos declaraciones de varias personas que lo implican a usted en un caso de abuso de menores. Según la versión de los padres, la agresión sexual derivó en el suicidio de su hijo.
—¿Es usted consciente de lo que se le acusa? —dice el hombre.
—Lo soy.
—¿Y qué tiene que decir al respecto?
Suspiro. Suspiro fuerte.
—¿Necesito un abogado?
—Si así lo desea sí. Ya se lo hemos dicho cuando le hemos detenido.
Levanto mis ojos hasta el techo. Los fluorescentes me ciegan. Los cierro y vuelvo a caer en el mismo trance en el que caí en aquella maldita cueva ocho años atrás.
Me acuerdo del niño, de su cuerpo, de su piel.
Me acuerdo del viejo.
De sus ojos, de sus manos tocando zonas en las que una persona decente no tocaría a un niño.
De la violación. Visiono la escena desde fuera de mí, veo su cara de deseo, de lujuria, sus dientes mordiéndose el labio inferior…
Y me veo a mí grabándolo todo. Con asco, pero sin ser capaz de dejar de hacerlo.
Me da una arcada.
—¿Necesita una bolsa, Airam? —pregunta el hombre.
Vuelvo a suspirar.
—No, ni tampoco un abogado.
—¿Eso qué significa?
—Que voy a declarar.
La mujer Guardia Civil mira a su compañero, y miran al espejo de la sala. Hace un gesto de la cabeza moviéndolo hacia abajo.
—¿Y qué va a declarar?
—Todo.
—¿Qué es todo?
—Todo lo que esperan que declare. Todo lo que Héctor y Mara quieren que declare. Todo lo que debería haber confesado hace años.
Los ojos de la brigada se agrandan, los del guardia se achinan. Noto sus ganas de golpearme, tiene la misma mirada que Héctor.
—Bien, entonces adelante, señor García.
—Solo les voy a pedir una cosa.
—No estás en disposición de exigir, Airam —protesta el hombre.
—No se trata de mí.
—¿Entonces? —replica la mujer.
—Es sobre mi hijo.
Los dos Guardias Civiles se vuelven a mirar entre sí.
—No entiendo. Airam.
—Mara y mi hijo. Seguro que sí lo entiende.
La brigada le hace un gesto al guardia, mandándolo fuera de la sala. El subordinado acepta, con una leve protesta.
Obedece y se marcha.
Donaire es ahora la que suspira.
—No somos nosotros los que podemos decidir el destino de tu hijo, pero, si nos lo cuentas todo, haremos un informe favorable. Favorable para Mara… y supongo que para ti.
—Seguro que haréis lo mejor posible. No hay más pruebas que mi declaración. No hay ADN no hay testigos…
—No te pases de listo, sí que hay testigos.
—¿Quién?
—Su compañero.
—¿Matías? Él no sabe nada —me inclino hacia ella—. Por suerte para él, no sabe nada.
—¿Y qué hay de su hermano?
—¿Qué pasa con mi hermano?
—Que también es un testigo.
Aday se fue a la península cuando se hartó del viejo.
Cuando descubrió que no solo grababa las perversiones para venderlas a cuatro desgraciados, sino que las usaba para extorsionar, entre otras personas, a gente importante del Cabildo.
Aday me pidió que lo acompañara, pero no pude irme.
Me ligaba algo demasiado fuerte para abandonar a Lorenzo. Quizá yo sea como él.
La mujer tiene la mano derecha apoyada sobre la mesa. Sus dedos se van cerrando, despacio, hasta que su mano se transforma en un puño, un puño con ganas de golpear. Objetos o personas.
—Aday no es testigo de nada. Él se fue antes de que todo empezara —miento.
—Está bien. Digamos que el informe será muy muy favorable. Mi compañero ha ido a hablar con el comandante. ¿Qué tienes para mí?
—Cuando venga y me lo garanticéis por escrito. ¿Dónde está Rayco ahora?
—En esta misma comandancia. Acompañado por Mara.
Me incorporo en el asiento, pero su gesto me invita a sentarme.
—¿Puedo verlo?
—¿Quieres ver a tu hijo en tu estado? ¿Con los grilletes?
Bajo la cabeza. Mi ilusión inicial se difumina.
—Pero está con ella. ¿Eso es lo que quieres?
Mi alegría contraataca de nuevo. Sonrío y miro a la policía. Hay verdad en ella. Y ella tiene ganas de mi verdad. El guardia Trovado entra en ese momento en la sala. Le susurra algo a la mujer al oído. Ella asiente. Me mira.
—Te confirmo que vamos a hacer todo lo posible. Y que el comandante tiene mucha mano con los responsables de menores. Tamara Torres se muestra dispuesta a solicitar la tutela del niño.
—¿Tamara?
La brigada sonríe y mueve la cabeza. Le gustaría llamarme idiota, lo noto en sus ojos. Y me lo merezco.
No importa. Tomo aire por la nariz y lo expulso por la boca. En una mueca de emoción, que me acerca al llanto.
Miro a la policía, que asiente y cierra los ojos, despacio.
—Tu declaración está siendo grabada. Adelante, Airam.
Por primera vez me llama por mi nombre, antes lo había hecho solo el hombre.
Voy a condenarme. Me lo merezco. Diría que lo deseo. No puedo con tanta oscuridad en mi interior. Necesito expulsarlo todo, como el volcán expulsa la lava.
Cuando salga, si es que salgo, podré mirar a los ojos de mi hijo sin culpa. Con honradez.
Lo cuento todo. Desde el primer día hasta el último. No solo acuso al viejo. Confieso que yo podía haber detenido todo aquello.
Y les cuento la verdad: yo fui el primero.
El primero para Lorenzo Pino, pederasta.
El segundo fue mi hermano.
Sentíamos que le debíamos la vida después de acogernos como a sus hijos. Que le debíamos la vida, pero esto no es vida. Nunca lo fue.
A Matías se lo ocultamos todo. Queríamos protegerlo.
Veneraba al viejo Lorenzo. Y creo que por su aspecto varonil, alejado de la constitución de un niño de doce años, no intentó nada.
Cuando se marchó Aday, empezó a sospechar.
Sin embargo, ya era tarde. Lorenzo nos tenía a todos bajo su influencia.
Y delante de Matías nunca hizo nada extraño.
Después de confesarlo todo, les doy una propina a los picoletos:
—Guardo una grabación.
—¡¿Cómo?! —gritan los dos, al unísono.
—La guardé por si se daba una ocasión como esta.
—¿Dónde está?
—Se lo diré cuando Rayco me escriba una carta o me mande un vídeo. Cuando yo sepa que está instalado, viviendo una vida feliz.
Los guardias hacen el amago de protestar. No pueden. Van a ganar y a resolver un caso. Aunque no podrán encarcelar más que a un colaborador porque el responsable ya está muerto.
No importa.
No me importa mancillar el recuerdo de Lorenzo Pino.
Ese gran hijo de puta que tuvimos por mentor.
Todo sea por Rayco. Sé que van a cuidar bien de él.