El volcán
Tenerife Sur, futuro.
Mara tomará la mano de Rayco. Mirará al niño, y él puede que le devuelva la mirada. Los ojos de la mujer tendrán el punto justo de brillo previo a la lágrima. Los del niño sonreirán.
Porque Rayco, aunque no te mire, sonríe por los ojos.
Por fortuna, él no habrá vivido un secuestro. Solo un juego. Un juego en el que papá habrá perdido.
Papá habrá perdido porque es un desgraciado; porque en algún momento de su vida perdió la noción del concepto del bien y del mal; porque quizá desarrolló una doble personalidad que le llevó a tratar a Rayco como a un hijo, y a otros niños como a objetos en manos de un desalmado.
Yo también soy un desalmado.
Por eso, papá se merece pasar mucho tiempo encerrado.
Rayco no entenderá muy bien la parte del juego por la que papá tiene que estar escondido durante mucho tiempo. Mara le ayudará a entenderlo.
El informe de la Policía Judicial de la Guardia Civil será favorable. Silvia Donaire y Adrián Trovado aportarán lo necesario para que ella se haga con la custodia del niño.
Porque ni su tío ni Matías se harán cargo de él.
Mara los llamará y se lo explicará. Matías lo aceptará.
Aday me reprochará, una vez más, que me tuve que haber marchado a la península con él.
Yo le diré, una vez más, que me era imposible escaparme de las garras de Lorenzo; que él mejor que nadie debería comprenderlo.
Y le pediré perdón por haber dejado de hablarle.
Aday también se divorciará. Mejor dicho, la mujer de Aday le pedirá el divorcio.
A pesar de que recuperará el dinero prestado a su hermano, que Mara se encargará de mandarle.
Otra parte la entregará a la Guardia Civil, y otra como pago de la multa por movilizar a Policía Judicial y al GES sin motivo.
Rayco habrá declarado que todo era un juego. Que en ningún momento nadie le ha tratado mal, y que tan solo Héctor ha gritado en alguna ocasión. En el famoso juego del cuchillo sobre la mano.
«Era su papel, tenía que hacer de malo», argumentará Rayco.
Y la buena es ella. Es Tamara. Aunque para mí será siempre Mara, a la que solo le faltará intercambiar la letra R de su nombre por la M para que todo encaje. Porque ella hará de madre.
Se girará para vaciar el brillo de los ojos, que ya se habrán convertido en lágrimas.
Quiere al niño. Lo querrá mucho más. Y, aunque sabe que nada podrá llenar el vacío que dejó Roger, lo amará como si fuera su propio hijo.
Lleva seis meses haciéndolo. Lo seguirá llevando a las terapias y Rayco seguirá creciendo como persona y mejorando sus habilidades sociales.
Las necesitará para hacer amigos y conocer a la chica o al chico que amará.
La mano del niño apretará la de su madre adoptiva, a la que también ama. Ella volverá a mirarlo, y a encontrarse con una sonrisa. Esa vez una sonrisa de su boquita, que mostrará esa dentadura irregular a la que, con alta probabilidad, le hará falta una ortodoncia.
Mara se limpiará las lágrimas con la otra mano.
Preguntará al niño si le da miedo el volcán.
El niño responderá que no, que le encanta.
Que los terremotos sí, pero no el volcán.
Que su padre siempre le ha dicho que no hay que temer al «Maligno».
Que ahora que está escupiendo habrá dejado de protestar y la tierra ya no temblará.
Ella dirá que no sabe de lo que le habla, y Rayco le explicará uno de los posibles orígenes del nombre del Teide.
«Me lo contó papá. ¿A ti no?».
Mara se estremecerá. Se estremecerá porque le vendrá a la mente que tuvo que compartir cama con uno de los responsables de la muerte de su hijo. Sobre todo porque hubo un momento en el que creyó que sus sentimientos eran reales. Airam, tan bueno, tan atento, tan…
Callarme y no denunciarlo no me lo perdonará jamás.
No sabrá si habrá merecido la pena. ¿Hubiera preferido mi muerte? Hubo momentos en los que sí.
Pero Rayco no se lo merece.
Ella se arrodillará, y le pasará la mano por el hombro al niño. Se girará y le dará un beso en la mejilla.
Imagino todo esto encerrado en el calabozo.
Imagino a mi hijo diciendo esas palabras a Mara. Los imagino juntos observando el volcán. De la mano. Los imagino juntos el resto de la vida. Imagino a mi hijo diciéndolo:
—Te quiero, mamá.
Y estoy seguro de que Mara sentirá una mariposa en el vientre, que revoloteará hasta el lado izquierdo de su pecho, y le hará perder el control del latido.
Como yo lo perdí con ella.
Como el Teide.