Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Declaración
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Declaración

Tenerife Sur, presente.

La brigada Donaire y el guardia Trovado acceden a la sala de interrogatorios. Las ojeras de ambos tienen un tono grisáceo, como de ceniza, como la que está cayendo en la isla.

—Vamos a terminar con esto lo antes posible, señor García, que tenemos una buena montada como bien sabrás.

—Te libraste por muy poco, eh —dice el cabo.

—Un buen piolet, experiencia, y la mano del señor Más.

—Sí, ya lo sabemos. Lo que no tenemos tan claro es todo el berenjenal que habéis montado.

—¿Lo del juego?

La brigada mueve su mandíbula inferior hacia un lado. El guardia resopla, con esa sonrisa del que sabe que le están mintiendo y, aun así, transige.

—Sí, eso, eso, el juego. Venga, cuéntanos un poco de verdad.

Me encojo de hombros.

—Lo que Mara y Héctor les habrán contado es la verdad. Montaron una especie de yincana con mi hijo para darme un escarmiento. Para obligarme a confesar.

—¿A confesar? Yo lo que creo es que querían que se tirara por el barranco.

—¿Entonces por qué me ayudó a subir?

—Porque estábamos nosotros ahí, señor García.

Me toco la frente. Miro hacia mis pies. Pienso mi respuesta. Héctor me ha ayudado a subir. Creo que hubiera podido conseguirlo sin él. Pero lo hizo. Se ha jugado su vida para ayudar al que culpa de ser responsable del suicidio de su hijo.

—No lo creo. Yo hubiera hecho lo mismo por él.

—Le acusa de cosas muy graves, señor García. Por eso no nos lo creemos.

—Miren, si lo que pretenden es matar dos pájaros de un tiro, yo no soy su presa. Yo estoy aquí para lo que estoy.

—¿Y para qué está, señor García? —inquiere la brigada.

—Para contar todas esas cosas tan graves de las que me acusan. Para confesarlo todo.