Salto al vacío
Tenerife Sur, presente.
Los guanches llamaron al volcán: Echeyde, la morada del Maligno. De ahí viene el nombre de Teide.
El nuevo temblor ha hecho que me caiga por el barranco. Estoy sujeto a una roca que sobresale con mi mano izquierda.
¿Debajo?
Al menos veinte metros de caída libre hasta otra zona rocosa. Una muerte más que probable, o incluso peor: una lesión grave, incapacitante. Estoy seguro de que Héctor es lo que desearía. Que me cayera y me quedara tetrapléjico. Esto sí que sería sufrimiento.
Me lo merezco.
Consigo sacar el mini piolet de mi cinturón con mi mano libre. Lo clavo en la unión de otras dos rocas que tengo a mi derecha. Estoy bien sujeto. Si la tierra no vuelve a temblar, no hay riesgo inminente de caída.
Miro hacia arriba. Habrá como mucho metro y medio hasta el borde del nuevo barranco. Estudio dónde poner la mano que sujeta la roca. Encuentro una raíz de alguna planta. No es lo más seguro, pero la mano derecha la tengo bien sujeta con el piolet.
Entonces una cabeza humana aparece por el borde del precipicio.
—¿No te has matado todavía, cabrón? —Héctor tiene los ojos fuera de sí.
—Mi hijo, joder. Mi hijo.
—¿Y qué hay del mío?
—Me entregaré a los guardias. Ahora mismo lo confieso todo. Te lo juro. Te lo juro por Rayco.
—Tírate, solo tienes que dejarte caer. Será rápido. Me dijeron que mi hijo no sufrió. Te concedo eso. Tírate o te tiraré yo.
En ese momento otras dos cabezas asoman. Son los guardias: Donaire y Adrián. Se ofrecen a ayudar a Héctor. Piensan que me quiere salvar. Héctor los mira, con odio. Si hay otro temblor es posible que él también caiga. Y él no tiene ni piolet ni experiencia en subir paredes de piedra.
Quizá lo desee. Quizá su dolor termine ahí. No con mi muerte.
Nos miramos. Me odia con sus ojos y su boca cerrada, apretada. Me mordería los dedos para dejarme caer.
Y, por primera vez, llora.
Y todo termina.