Yincana
Tenerife Sur, presente.
—Tírate, hijo de puta —escupe Héctor—. Ten un poco de decencia y acaba con esto. Sin línea de vida.
¿Cómo que sin línea de vida?
Mara agacha la cabeza. Pues claro, qué idiota soy. ¿Cómo puedo sorprenderme de que le haya contado el plan? Ella es la que ha organizado todo: el lugar de la Punta del Fraile donde pudiera construir la línea de vida
Ya no importa. Ya estoy roto. Me lo merezco.
Rayco no. Él no se merece tener un padre como yo. Él no se merece que su madre ya no esté.
—Llama a mi hijo, quiero verlo antes de…
Mara separa los párpados inferiores de los superiores. Mucho.
—Héctor, lo vamos a entregar a la Guardia Civil. Déjate de gilipolleces —exige.
Pienso en el mensaje de Matías. Los picoletos tienen que estar al llegar.
—Si no saltas después de ver al niño, yo mismo te tiro —concluye Héctor.
—De acuerdo, pero quiero verlo.
Mara se acerca y me susurra algo al oído que me deja con la boca abierta.
Héctor hace un gesto con la mano, y le pide a uno de los secuaces que traiga al niño del coche.
Los pocos segundos que el gorila tarda en caminar hasta el Range Rover negro, abrir la puerta y dar la mano a Rayco para que baje, me parecen horas.
Me recuerdan el momento en el que su madre le trajo al mundo.
Me tuvieron que sacar del paritorio porque el niño estaba encajado en el cuello del útero, y ni para adelante ni para atrás.
A la pobre la tuvieron que abrir en canal.
Los escasos diez minutos que tardó el ginecólogo en hacerle la episiotomía fueron el peor momento de mi vida.
Hasta ahora.
Rayco baja del coche. Las luces del todoterreno iluminan la cara de su padre y el niño corre hacia mí. Pero una manaza firme, fuerte y decidida le detiene. Héctor le ha puesto una mano en el pecho para que no avance. Se agacha y le susurra algo al oído. Mara interviene.
—Héctor.
Él le pide calma con la mano.
Rayco sonríe mirando al suelo y, a pesar de lo que me ha contado Mara, me parece extraño.
Héctor le suelta, y se pone el dedo índice sobre sus labios. El niño lo mira de reojo y le imita; con otro gesto de la mano se cierra la boca con una imaginaria cremallera. Héctor le ofrece la mano para chocársela, pero Rayco nunca o casi nunca choca. Lo ignora y viene hacia mí.
—Papá, papá…
Me agacho, lo agarro con fuerza y lo levanto y doy dos vueltas sobre mi propio eje.
En esos escasos segundos soy feliz. Como cuando él tenía dos años, o cinco, y le encantaba que le diera vueltas y más vueltas.
Me detengo al darme cuenta de que el vacío está cerca.
Y no sé cuándo el Teide nos volverá a golpear.
Le beso las mejillas, lo abrazo.
—Hijo…
Él protesta; aunque lo tolera, no le gusta demasiado el contacto físico con otras personas.
Mara tose. Como la típica tos de las películas en las que alguien quiere llamar la atención sin decir nada. La miro y me dice que me calme. Héctor que me calle, con el mismo gesto que le acaba de hacer a mi hijo, pero con mucha más brusquedad.
Rayco mira hacia el suelo y me susurra.
—Ya sé que el final del juego está cerca, papá. Y que te tienes que ir para que podamos ganar.
Contengo las lágrimas. Me estremezco y me separo de él para que no me note temblar.
Busco su mirada y le guiño el ojo.
—¿Estos malos te están tratando bien, hijo?
—No, me están tratando fatal… —dice, y guiña el ojo sin mirarme a la cara— El otro día Vlade me quiso cortar un dedo. ¡Este dedo!
Me señala el meñique y le abrazo para que no vea de nuevo mis ojos, a punto de explotar en llanto. Aunque mi hijo no me mire directo a la cara, lo ve todo, lo percibe todo.
Me fijo en el gorila de Héctor, debe ser el tal Vlade que curva sus labios hacia arriba.
—Muy bien, hijo, tú sígueles el juego. Que el premio será estupendo.
—Papá
—¿Qué hijo?
—¿Es verdad que el premio son unas vacaciones en la península?
Levanto los ojos hacia Mara, ella asiente.
—Bueno, ese es uno de los posibles premios.
—¿Y cuál son los otros?
—Otras vacaciones, pero en París.
Se separa de nuevo. Me mira y eso es raro. Su cara, a contraluz, se ilumina como la luna llena.
—¿A Disney?
—Y a la torre Eiffel.
Se pone a dar saltitos. Se gira hacia Héctor y le saca la lengua. Él sonríe. Mara se tapa la cara, no está cómoda con la situación y lo demuestra.
—Venga, Rayco. Al coche, que hay que seguir con la yincana.
Rayco me da un último abrazo y casi me incomoda, porque sus muestras de afectos son escasas.
Y esta gente ha conseguido que esté así de contento.
Incluso me besa en la mejilla. Mara rompe a llorar.
Y a mí me viene a la mente el recuerdo de un niño de once años al que están violando mientras yo lo consiento.
Y es entonces cuando decido que todo tiene que acabar.
—Papá —dice mientras vuelve a mirar al suelo—. Te quiero.
Lo dice muy bajito, casi no se escucha.
—Y yo a ti, hijo. Y yo a ti —respondo, emocionado e incómodo por igual.
Me cuesta separarme de él. Como si un pegamento llamado amor uniera nuestros cuerpos. Héctor es el que disuelve el pegamento, y el niño, antes de subir al coche, vuelve para dar un abrazo a Mara, que le corresponde apretándole la cabeza.
—Hasta pronto, Mara.
—Hasta pronto, peque —A ella le cuesta hablar.
Rayco se sube al todoterreno. Héctor le ha dicho algo a su gorila. El coche se marcha dejando una estela de polvo, como la estela de asco que sale de mi cuerpo.
—Ahora para abajo —ordena Héctor.
Miro a Mara, que sigue llorando. No dice nada.
Me doy media vuelta sobre mí mismo. El barranco está a escasos diez pasos. No voy a suplicar por mi vida. Ni a pedir perdón. No lo aceptarían.
Me quedan solo ocho pasos.
Seis.
Tres.
Uno.
Me fijo en el Teide, que sigue bramando lava. Miro por última vez a Mara. Sigue estando tan bella. Sonrío.
Miro hacia abajo.
Podría saltar y tratar de agarrarme a alguna roca. Llevo el piolet pequeño en el cinturón. Podría usarlo.
No puedo.
No puedo hacerlo.
Si quieren matarme que lo hagan ellos.
Me giro. Héctor alza los brazos.
—Tírate, ¡joder! ¡Danos… paz!
Estoy mareado. Pienso en todo lo ocurrido estos días. Pienso en el pasado, en el viejo, en Roger y en los otros niños a los que el viejo destrozó las vidas.
Pero no puedo. Rayco me necesita.
Inicio el camino de vuelta.
Un paso.
Dos.
Escucho un ruido y al poco veo las luces de un todoterreno. Y unos luminosos policiales.
Entonces, el Maligno vuelve a manifestarse.