Recuerdos incómodos
Tenerife Sur, presente.
—Me dijiste que me querías —digo, al borde del llanto —¡te has acostado conmigo, Mara! —Suplico mientras ella me sigue clavando el arma.
—Bueno, eso no creo que haya sido lo más difícil… —replica Héctor.
—Pero qué hijo de puta eres, Héctor —escupe Mara, que deja de apuntarme y le encañona a él.
Él levanta las manos pidiendo calma. Ella se relaja y le entrega la pistola. Él se le devuelve al escolta y se acerca un poco más hacia mí—. No hemos hecho prácticamente nada. Lo sabes —Me señala con la mano.
—Mara, Marita —inicia Héctor, mirándome —, era puta de verdad.
En eso no te ha mentido — la ira, y su manifestación física, el brillo, aparece en mis ojos —, lo que pasa es que me enamoré como un gilipollas de ella, igual que tú.
La convencí para que colgara las bragas, nos casamos, tuvimos un hijo, comimos perdices y todo eso…
Hasta que tú nos destrozaste la vida —Héctor se me acerca apuntándome con el dedo índice— Ahora ya sabes lo que es perder un hijo, ¿verdad?
Te has dado cuenta de lo que se sufre, ¿eh?
— Me pone el dedo índice en la unión que hay entre la clavícula y el hombro.
En uno de los puntos de dolor que hay en el cuerpo humano. Y me duele.
Aunque me duele más la revelación de Mara. Su cambio, su metamorfosis.
Su engaño.
Pero ¿qué hay de mi engaño?
Me retiro y me tapo la cara con las manos. Me llega una especie de flash, un recuerdo. El Barranco del Infierno. Ocho años atrás. Un niño de once años.
Roger.
Un niño catalán.
Muy guapo, muy delgadito, muy frágil.
El viejo.
El niño y el viejo.
Mi teléfono móvil grabándolo todo.
—Yo… —no consigo seguir.
Mi pecho está a punto de explotar.
Igual que el Teide.
Y yo acabo de perder el control de mi propio latido.
Y la tierra vuelve a vibrar y desaparece a escasos metros de nuestros pies.
Parte del barranco acaba de desmoronarse, el aire ha ganado espacio a la tierra y nos ha puesto al borde del precipicio.
El Teide también ha perdido el control de su latido.
Y aquí no hay líneas de vida.