Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 La revelación
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La revelación

Tenerife Sur, presente.

Cuando Mara termina de leer la carta, las lágrimas rebosan por sus párpados inferiores. Mi estómago es una lavadora en mal estado después de centrifugar.

El viejo.

El viejo depravado que me arrastró a su mundo de perversión. Me arrastró porque yo, al parecer, le debía mucho. La vida. Ahora, mirando hacia atrás, preferiría estar muerto antes de colaborar y de permitir lo que hizo.

—Encontramos al viejo, Airam. Me llevó mucho tiempo hacerlo, pero tengo los recursos suficientes.

Con un poco de dinero y una buena presencia —señaló a sus dos acompañantes— todo es más fácil.

Lástima que llegamos tarde. Ya no lo podemos castigar —dice Héctor—.

Espero que sufriera mucho. Dime, ¿lo hizo?

Poco tiempo, pero sufrió. Porque el cáncer de páncreas que se lo llevó en menos de cuatro meses le provocaba unos dolores terribles. Dolores que los analgésicos del hospital le calmaban. Por eso sufrió poco.

—Sí que sufrió, sí —digo.

—¡Mientes! —protesta Mara.

No tengo en cuenta que a ella le conté sobre la muerte de Lorenzo.

El viejo.

El viejo y sucio pederasta.

Lo encontraron. Mara y Héctor lo encontraron.

Héctor narra su periplo: parte de la historia que Mara me ha contado es verdad.

Él se dedica al contrabando de tabaco y tiene un club de alterne a medias con un socio en Barcelona.

Buscó a la profesora de Roger, ya en otro colegio y en otra provincia, hasta que la encontró.

Él le contó todo y le pagó el viaje con él a Tenerife.

Visitaron los lugares en los que estuvieron en la excursión de fin de curso.

Habían pasado ocho años y la profesora no lo recordaba del todo bien, ya que había vuelto más veces con otros viajes de fin de curso y se le mezclaban los recuerdos.

Con esfuerzo la profesora recordó el Baranco del Infierno.

Después de varias semanas de búsqueda, encontraron la empresa del viejo Lorenzo: Arranko.

—Me quedé con ganas de matarlo allí mismo, cuando le vi arrancando aquel sucio todoterreno en el que algún día tuvo que transportar a mi hijo —Héctor da una patada al suelo—. Me cago en mi estampa.

Lorenzo murió solo un mes después. Mientras Héctor planeaba su venganza en Barcelona. Cuando llegó con Mara a la isla estábamos de entierro. Ahí fue cuando cambiaron su plan.

—Tú has de pagar por el viejo y por ti juntos —grita Héctor.

—Yo no hice nada… —gimo, como un pusilánime.

—Claro que no hiciste nada, cobarde —Mara rompe a llorar—. Si hubieras hecho lo que debías, mi hijo seguiría con vida.

—Yo opino que sí que hiciste mucho, Airam —interviene Héctor—. Grabaste las perversiones del viejo. No solo le ayudaste, sino que contribuiste a ganar dinero vendiendo sus crímenes. ¿Verdad?

Estoy a punto de marearme.

—Todo eso fue antes de Rayco. Mara, mi amor…

—Ni se te ocurra llamarme de esa forma, ¿me oyes? —grita, con los ojos rebosantes de lágrimas. Y de ira—. Tenía alguna esperanza de que fuera mentira. De que estuviéramos equivocados. De que…

—De que te hubieras enamorado de mí —digo—. Yo estoy enamorado de ti. Esto… esto es cosa del pasado. Tú no sabes el poder que tenía el viejo. El poder que tenía sobre nosotros, sobre mi familia. ¿Por qué te crees que mis padres se fueron cuando éramos pequeños?

Mara abre la boca. Parece entenderlo. Rayco fue una especie de tabla de salvación, cuando nació le puse de excusa para no ayudar al viejo con sus perversiones.

A pesar de su protesta, me aferré a él para no colaborar más.

Lorenzo nunca lo aceptó y tuve que vigilarlo de cerca.

Su legado, ese legado del que nos habló cuando nos confesó que se moría.

Quería perpetuar su perversión con nosotros, pero fui capaz de no ceder.

No importa, no lo van a comprender nunca.

Héctor le quita un arma a uno de sus gorilas. Carga la pistola y levanta la mano. Me apunta.

—¿Del pasado? ¿Del pasado? Hijo de la gran puta. ¿No has escuchado lo que te acaba de contar Mara? Nuestro hijo. Muerto. Se tiró de un quinto piso. Si hubieras tenido los cojones de enfrentarte al viejo, ni tú ni yo estaríamos aquí.

—Matarme a mí o a mi hijo no te devolverá al tuyo —le desafío.

—No, pero se me quitará la bola de espinas que tengo aquí clavada —Se señala la boca del estómago— desde que volvió de su viaje de fin de curso.

—Mátame entonces, pero deja a Rayco libre. ¡Mara! —La miro, suplicando.

Ella le quita el arma a Héctor. Se acerca hasta a mí y me hunde el cañón en la frente.