Roger en Tenerife
Tenerife -Barcelona, pasado.
«Roger se fue de viaje de fin de curso a Tenerife. Era su segunda excursión, su segunda vez fuera de casa. El año anterior estuvo cinco días de campamento en el Parque Natural del Montseny. Esta fue la primera vez que cogía un avión sin nosotros.
Todavía me acuerdo cuando lo despedimos en el aeropuerto del Prat. Con su mochila gigante y su trolley recién comprado. Llevaba una gorra de la federación catalana de pádel, su deporte favorito. A su lado, Alberto, no Albert, sino Alberto, su inseparable amigo. O casi inseparable.
Se iba por cinco días, de lunes a viernes. Pero la verdad es que no regresó de las Canarias. Al menos no regresó completo.
La última vez que lo vi sonreír fue cuando cruzó el arco de detección de metales y pitó.
Su amigo le dijo que llevaba un arma. Roger, nervioso, se puso a reír mientras se quitaba el cinturón de su pantalón de dos piezas.
Le encantaban esos pantalones, porque “sirven para invierno y para verano, mamá”.
Antes de perderle de vista me hizo un saludo con la mano pero ya no pude distinguir su rostro porque estaba en el centro del grupo. Yo me quedé con esa sensación de felicidad y de intranquilidad propia de toda madre que sabe que su hijo va a ser feliz sin ella.
Los profesores nos escribieron mensajes al móvil cada noche y cada mediodía, con un resumen de las actividades que habían hecho.
Y nos mandaban fotos. Cada día salía haciendo una actividad distinta: kayaks en el mar, subida al Teide, visita a Loro Parque.
En las fotos no se le distinguía muy bien, pero parecía feliz.
Llegaron las imágenes de la actividad de barranquismo aquí mismo: en el Barranco del Infierno. No le vi en ninguna. Y no le di importancia porque a otros niños no se les veía en otras de las actividades. Su tutora comunicó que estaban todos sanos y salvos después de bajar un pequeño barranco.
Al día siguiente volvían para Barcelona. La última foto fue en la puerta del hotel. Ahí sí aparecía. Con la mirada perdida. Tampoco le di importancia. No habrían dormido nada la noche previa. Era la última, y seguro que se la pasaron de habitación en habitación. Liándola, como buenos niños grandes.
Cuando llegó a Barcelona tenía la misma mirada perdida que en la foto. Solo respondió con un pobre «bien, bien» a nuestras preguntas, casi interrogatorios, sobre cómo se lo había pasado.
Recuerdo que llegamos a casa sobre las seis o las siete de la tarde.
Se duchó y se metió en la cama. Argumentó que estaba muy cansado.
Seguí sin darle importancia, aunque Héctor estaba mosqueado.
No salió del cuarto hasta el día siguiente a mediodía.
Cuando entré a ventilar la habitación el olor me golpeó en la nariz.
Ese olor de almizcle propio de alguien que moja la cama.
Le pregunté qué había ocurrido. Él solo dijo que estaba muy cansado y no había sido capaz de levantarse.
Se volvió a duchar. Esperó en el cuarto de baño hasta que hube recogido la habitación, dado la vuelta a su colchón y puesto sábanas limpias. Se volvió a meter en el cuarto y no salió ni cuando le conminamos a comer algo.
No tenía hambre.
Ahí sí me empecé a preocupar. Le toqué la frente, sin rastro de fiebre. Es normal que los niños vengan malos de las excursiones. ¿No? Pues no, no lo estaba. Algo le ocurría, pero por más que lo intentamos su padre y yo, no nos dijo nada. Solo que se encontraba muy cansado.
No volvió a ir al colegio. Faltaba solo una semana para terminarlo y dijo que prefería quedarse en casa. Lo llevamos al médico, que constató que estaba sano. Hasta análisis le hicimos. Todo en valores normales.
El siguiente paso era obvio: el psicólogo. Tres sesiones, dos con nosotros, una él solo. El terapeuta dijo que tenía algún tipo de trauma, pero que no le había conseguido sacar una palabra. Que deberíamos empezar una terapia al menos dos veces al mes.
Así lo hicimos.
Sin resultado.
Roger se había apagado, el niño vital que jugaba al pádel todos los fines de semana, que estudiaba inglés todos los días, que leía cómics y jugaba a videojuegos con sus amigos del colegio, había dejado de existir.
Roger se pegaba todo el día metido en su cuarto, tumbado, leyendo algún tebeo antiguo, ya no pedía ni que le compráramos nuevos, ni quería ir a la biblioteca.
Así se pasó todo ese verano, todo ese verano…
Hasta que llegó el inicio del nuevo curso. No aceptó asistir hasta que el curso llevaba dos semanas en marcha. Y porque su padre lo amenazó. Habíamos perdido la paciencia, todos.
El primer día de clase no volvió a casa. Tuvimos que ir a buscarlo. Se había encerrado en un cuarto de baño. No salió de allí hasta que Héctor tiró la puerta abajo.
A los dos días lo internamos en un centro tutelado para menores con problemas psiquiátricos.
Seguía sin soltar prenda. Todos sabíamos que había ocurrido algo aquí, en esta isla.
Su amigo Alberto juraba que él no sabía nada.
Que le encontró raro la última noche, que no quiso salir de la habitación para ir a las de los otros compañeros.
Juró y juró que no sabía nada. Y tenía razón, el chiquillo llamó varios días a casa después del viaje, extrañado por la ausencia de su amigo. Roger nunca se quiso poner al teléfono.
Pasó todo ese año en el centro tutelado. Durmiendo allí. Viviendo —si es que a eso se le puede llamar vida— allí.
Y así se pasó los seis años siguientes. ¡Los seis años siguientes!
Jamás contó nada. Ni a los terapeutas ni a nosotros.
Lo contó todo en esta maldita carta. Habla de… del viejo, y de ti.
Aquí confiesa cómo entre los dos le quitasteis la vida».