Héctor y Mara
Tenerife Sur, presente.
Corro de la mano de Mara, que en la otra mano lleva la mochila con los casi noventa mil euros. El coche nos ha dejado tirados a más de dos kilómetros del punto de reunión. Una piedra que no he visto ni oído —supongo que por la tensión del momento— ha dañado la transmisión.
Por suerte, ha aguantado más de quince kilómetros.
Los necesarios para dejarnos a diez minutos a paso ligero del Barranco del Infierno.
He tenido que rodear Adeje por el campo porque la ciudad debe de estar acordonada por la policía.
Desde la distancia se observa el resplandor de fuegos y las sirenas son la música dominante.
Cuando llegamos, distinguimos un coche a lo lejos; un todoterreno de alta gama. Mara confirma que es Héctor.
Cincuenta metros más.
El todoterreno se mueve y nos apunta con sus faros, que nos deslumbran. Tres tipos bajan del coche. Deben de ser Héctor y sus secuaces. Solo puedo distinguir tres siluetas recortadas por la luz. Como si de tres espectros sin rostro se tratara.
—Airam García, suelta la mano de la mujer y déjela caminar hasta aquí.
Mara me sonríe. Entiendo que quiere demostrar calma y, por un momento, creo que lo consigue. Me acerco a besarla, pero ella se separa de mí y se dirige hasta Héctor con la bolsa del dinero en la mano. Sin dar tiempo a despedirme.
Quiero decirle tantas cosas. Como si en unos segundos fuera posible resumir todo el amor que siento, que he construido en estos pocos meses de convivencia. No me ha dado ni la oportunidad. Su gesto me descoloca. Me desestabiliza tanto como el volcán lo está haciendo con mi isla.
Ya habrá tiempo de preguntar qué ocurre —espero—, ahora solo importa una cosa:
—¿Dónde está mi hijo?
—En el coche —dice de nuevo la voz del que considero líder de los secuestradores.
—¿Puede salir?
Silencio por respuesta, solo roto por el ruido del motor del todoterreno de más de ochenta mil euros en el que viaja el comando de Héctor.
—Antes vamos a charlar un ratito, acércate.
Estoy paralizado. ¿De qué quieren charlar? Mi maldita parte del trato ya está cumplida. Les he entregado a la mujer que amo. Más unos cuantos miles de euros.
—Mara, entrégales el dinero.
—Acércate te he dicho.
Obedezco.
No estoy en posición de negociar. Tienen al niño, a Mara y el dinero. ¿Cómo coño permito que me dejen desnudo? Sin armas. Sin nada.
Cuando llego a escasos diez metros de ellos vislumbro, por primera vez, el rostro de Héctor. Más alto que yo, andará por el metro ochenta y cinco. Barba. Pelo corto de un color que no puedo distinguir. Un lunar o una verruga en la parte derecha de la cara.
—Entrégame a mi hijo, por lo que más quieras.
Mara me observa. Su gesto de calma ha virado hacia un estado que no sé cómo interpretar.
—Como te decía, Airam García, vamos a charlar un poquito.
—¿Charlar de qué? Coge el dinero que hay en la bolsa, y déjanos marchar. A los tres.
Héctor suelta una carcajada.
—¿Marchar? ¿Dónde te crees que te vas a marchar? Esto es una puta isla, y se está derrumbando.
—Toma el dinero, por favor. Hay casi noventa mil euros. Mara ha elegido. Somos una familia, necesitamos a Rayco.
El tipo aprieta los labios, se los muerde. Da dos pasos en mi dirección, y distingo cómo aprieta los puños y los alza.
Me va a golpear. Solo me queda levantar mis brazos para evitar el golpe. O para mitigar su impacto.
—¡Héctor! —grita Mara.
El tipo detiene su puño a escasos centímetros de mi cuerpo.
—Tú no sabes lo que es una familia, ¡hijo de la gran puta! —dice. Y se da la vuelta.
Ahora soy yo el que aprieta los labios y los puños, y avanzo hacia él con la intención de golpearlo. Por la espalda.
Uno de sus escoltas me apunta con un arma. Se escucha el característico ruido metálico de una pistola que se acaba de cargar. Me paralizo.
—Una familia, dice, el desgraciao —escupe Héctor—. Cuéntaselo antes de que lo mate a palos —Se dirige a Mara, que toma el brazo del tipo, y le obliga a girarse.
Empieza a hablar:
—Roger Más Torres. Once años. Viaje de fin de curso de 2015. Hace justo ocho años.
No entiendo qué está diciendo. Y ella lo interpreta en mi mirada.
Y es entonces cuando el verdadero terremoto se desata. El terremoto de mis latidos.
—Roger era nuestro hijo.