Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Huida
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Huida

Tenerife Sur, presente.

Voy a más de ochenta kilómetros por hora por una pista forestal. La patrulla de la Guardia Civil me persigue.

Nada más cruzar el control, sorteo la valla que impide el paso, y piso el acelerador.

Por el retrovisor me fijo en que ellos se montan en su Nissan Patrol de más de veinte años, e inician la persecución.

Mi Suzuki gana a su bólido, pero solo en antigüedad.

En velocidad andaban parejos. El conocimiento de la zona también es parejo.

La victoria la decidirá la suerte.

Mara está agarrada al pasamanos del asiento del copiloto. Con los ojos cerrados, aprieta los dientes. En un momento en el que tomo una pronunciada curva, el pasamanos se rompe. Normal. Más de veinte años había aguantado. Y nunca a estas velocidades campo a través.

Su cuerpo se tambalea hacia mi lado como un bolo al que el bolo contiguo ha desplazado: sin llegar a caer.

Grita.

Y su grito me ayuda a apartarme del camino en un lugar en el que había una gran roca que puede servir de cobijo.

La conozco de algunas excursiones por aquí.

La poca luz de la luna llena que las nubes (o el humo) permiten pasar, y el resplandor del volcán me ayudan a no estamparme con las decenas de piedras que riegan el camino, si es que se le puede llamar camino.

Consigo aparcar el coche en un lugar en el que los picoletos no pueden verme si pasan a más de treinta por hora.

Al minuto lo hacen. Con los luminosos puestos.

—¿Y ahora qué?

—Esperamos un poco. Esto no es como en las películas. Si se dan la vuelta estamos jodidos. No hay otro camino para llegar al Infierno.

Ella resopla.

Yo suspiro.

Cierro los ojos. Como si quisiera dormir una siesta, pero con la certeza de que no lo haré. El cansancio es más que patente en nuestras ojeras, nuestras manos temblorosas y nuestra boca reseca.

Tenemos tiempo. La hora límite son las once de la noche, y son poco más de las diez.

—Duérmete unos minutos —pido.

No responde. Algo la perturba. O quizá solo sea el cansancio, y lo que la perturbe sea lo mismo que lo que nos lleva jodiendo durante casi día y medio.

Pasan unos diez minutos y considero que los civiles ya se deben de haber dado cuenta de que algo raro ocurre.

Por lo que hay que mover el coche hacia otro lugar.

Arranco, y el ruido del motor asusta a Mara, debe de haber pegado una cabezada.

Muevo el volante con toda la pericia de la que soy capaz.

Tengo que poner mucho empeño en no golpear el coche con las piedras que hay por todos lados.

Cuando lo consigo, pasa lo que tiene pasar: que el patrulla de la Guardia Civil nos bloquea el camino. Nos dan el alto por el megáfono.

Que nos bajemos con los brazos en la cabeza.

Mara me mira, el terror está presente en sus ojos.

También lo percibo en los míos cuando miro al retrovisor.

Mi objetivo está detrás. No sé si seré capaz de esquivar los pedruscos del camino yendo marcha atrás.

Tengo que intentarlo. Si nos detienen ahora está todo perdido.

Mara tiene clavado sus ojos en mi sien. Yo no puedo corresponderla.

Intento recordar la situación de las piedras en los escasos veinte metros que acabo de recorrer.

Sin embargo, esto será más un ejercicio de fe que otra cosa.

Una suerte de ruleta rusa en la que las rocas harán las veces de balas, y la velocidad del viejo Suzuki el percutor del arma.

Pongo la marcha atrás, piso a fondo y giro el volante a derecha e izquierda según mi entender.

Los civiles disparan al aire. Me quedo tranquilo porque los de seguridad ciudadana jamás dispararían contra individuos desarmados que no han mostrado violencia alguna.

Al menos eso creo. No noto golpes por el momento, y consigo llegar a la roca gigante en la que nos hemos refugiado.

Hay un pasillo muy estrecho en el que antes he aparcado el Suzuki para camuflarlo.

Si consiguiera pasar al otro lado solo nos quedaría bajar una pequeña pendiente y retomaríamos la pista forestal. Hay que intentarlo.

Antes tengo que esperar a que el Patrol de los civiles vea por donde me voy a meter.

Avanzan, más rápido que yo, y están casi a nuestra altura.

Por desgracia no han tropezado con ninguna de las rocas.

Cuando me meto en el pequeño desfiladero me la juego a una sola carta como el ludópata que se apuesta su casa en su penúltima partida.

Me cargo los retrovisores laterales. Los dos. Conseguimos pasar.

Miro por el retrovisor interior.

El Patrol es más ancho. Se queda retenido.

Escuchamos dos disparos más al aire.

Si no ocurre nada, llegaremos a tiempo de salvar a Rayco. Si el ruido que procede de los bajos del coche nos lo permite.