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Camino del infierno

Tenerife Sur, presente.

Es como si Achamán, el Dios guanche, se hubiera puesto de nuestro lado de forma definitiva: llegamos hasta el desvío de Guía de Isora sin contratiempos. Seguimos por la TF-1 hasta que veo una zona con un arcén con espacio suficiente para detenernos.

—¿Me dejas conducir? —pido. Mara no responde. Con sus ojos puestos en la carretera, esquiva unos baches que ayer no estaban ahí. ¿Quizá provocados por los temblores de tierra? —. ¿Por favor?

—¿No te fías de mí?

—No es eso, es que si hay un control yo sabría camelármelos mejor que tú. Soy de aquí.

—Después de que la judicial haya cursado la orden de detención no te vas a camelar a nadie, Airam.

Tiene razón.

Clavo mi mirada en su perfil derecho. Pasados unos segundos detiene el coche en mitad de la carretera, con todo el riesgo que ello conlleva.

Ya es de noche, y la visibilidad es muy limitada.

Sale dando un portazo y rodea el todoterreno hasta la puerta del copiloto.

Cuando la abre todavía estoy allí sentado porque me he quedado observándola.

—¿Sales?

A pesar de tener el rostro descompuesto, sigue estando bella.

Quizá más bella de lo habitual: parece una actriz de una película de acción después de que el malo la haya dado una paliza.

Le doy la mano y la invito a subir. Ella lo hace y yo me muevo en el asiento.

Quedo a escasos centímetros de su cuerpo.

La vuelvo a abrazar. Me encanta su tacto. No puedo evitarlo.

Me corresponde con tibieza. No se lo reprocho. Está tan desbordada como yo.

Me pongo en el asiento del conductor.

Arranco, y me trago el primer bache provocado por el terremoto. Mara protesta. Temo que le haya pasado algo al coche, pero parece que no.

Y es entonces cuando llega el verdadero bache en nuestro camino.

Un control de la Guardia Civil. Y no he podido avistarle con la suficiente antelación para desviarnos.

Por un momento pienso en pisar el acelerador a fondo.

Para eso siempre hay tiempo. Y no sé si tienen las barreras esas de pinchos tiradas en la carretera un poco más adelante.

Me detengo con toda la suavidad que el motor del viejo Suzuki me permite.

—Buenas noches —dice el guardia, le correspondemos y prosigue— ¿Hacia dónde se dirigen?

—Hacia Adeje.

—No puede continuar. Un poco más adelante ha habido desprendimientos. Dé usted la vuelta ahí mismo. Y hagan el favor de volver a casa.

—Es que mi casa está allí. Mi hijo nos espera con su tío —miento—. Está asustado.

El guardia me observa. Con la mirada le ruego que nos deje continuar.

—Tiene que esperar a que la zona esté asegurada. Tenemos orden de no dejar pasar a nadie. Lo siento.

El otro guardia le da una vuelta de reconocimiento al todoterreno. Cuando llega a la parte de atrás se sorprende.

—¿Qué le ha pasado a la puerta?

—Una farola que se cayó con uno de los temblores.

El guardia más joven se dirige al que nos pregunta, más mayor. Le dice algo al oído que no escucho.

Muevo la cabeza hacia abajo. Un poco más adelante hay un cruce y justo pasado el cruce tienen puesta una valla. No hay rastros de pinchos en el suelo.

Mara me mira.