Cambio de planes
Tenerife Noroeste, presente.
Por fortuna la caída es leve, sobre tierra blanda. Ruedo.
Estoy acostumbrado a ello.
A cien metros hay una carretera, corro hacia ella. Mara deberá venir allí a recogerme.
Subo por una ladera escarpada, es pan comido.
El último tramo tiene una pequeña roca que actúa como quitamiedos natural de la sinuosa carretera.
Escalo la roca y caigo sobre el asfalto.
El sonido de un claxon me aturde, y la luz de un coche me ciega.
¿No habré tenido la mala suerte de sobrevivir a varios terremotos y a una caída de diez metros para que ahora me atropelle un coche?
En el último momento el vehículo me esquiva, y a lo lejos oigo varios insultos a mi difunta madre.
Estoy a un paso del túnel, me meto en él a pesar de tener poca iluminación. Quizá debería esperar a Mara en otro sitio, pero ella tiene que venir por ahí. Y yo estoy deseando meterme en el coche y volver a subir al lugar de la cita.
Justo antes de salir del túnel, diviso un coche conocido. Es el viejo 4x4. Ella pega un frenazo. Me mira tras el parabrisas. La noto extraña. No se baja del coche. Tampoco me indica que suba.
Finalmente lo hago.
Cuando me subo, ella me sigue mirando de forma extraña.
—¿Estás bien? —pregunto, aunque quizá debería ser ella quien me pregunte a mí. Coño, que me he caído por un barranco.
—Héctor.
—¿Qué ocurre?
—Ha llamado.
—A ti. ¿Cómo tiene tu teléfono?
—Lo sabe todo de nosotros, Airam.
—Por eso quizá nos ha podido seguir y se ha dado cuenta de lo de los picoletos.
—Ha cambiado el punto de encuentro.
—¡Cómo! Pero si…ya tengo todo montado.
—¿Y yo qué hago? ¡Yo qué hago! —grita Comprendo el motivo de su actitud. La abrazo. Ella no me corresponde.
—Tranquila, por favor, tranquila. ¿Dónde hay que ir?
—Al Barranco del Infierno.
Me sube un reflujo ácido por el estómago. Como si el tiempo se detuviera y el volcán hubiese dejado de latir. Héctor ha planeado algo tan retorcido que dudo de que actúe solo y empiezo a pensar que sus tentáculos van mucho más allá de Barcelona.
—Me cago en su puta madre. ¿Al Infierno? Adeje estará todo destrozado. Y con mil puestos de la Guardia Civil de por medio
—Eso dice él. Que nosotros sabremos manejarnos mejor —Me mira con los ojos húmedos—. ¿Podemos ir por pista forestal?
—Todo el trayecto imposible —apoyo mi cabeza sobre mis manos—. Puedo desviarme en algunos puntos. Y siendo de noche tenemos más opciones pero…
Suspiro… Si las carreteras están cortadas por desprendimientos de tierra o la Guardia Civil nos impide el paso, tendremos que ir campo a través. Siempre y cuando ese campo tampoco esté destrozado por los temblores.
Intento abrazar a Mara. Se deja, pero no me corresponde. Ella también tiembla. Acaricio su pelo. Todavía huele a champú floral.
—Tranquila, amor, por favor. Te necesito más que nunca.
Me mira. Con la boca abierta y los ojos abiertos. Quiero besarla.
Pero arranca y da la vuelta en mitad del túnel, en una maniobra más arriesgada de lo debido.
Vamos camino del Infierno. Nunca mejor dicho.
Vamos a por Rayco.
Sin línea de vida.