La vida en un cable
Tenerife Noroeste, presente.
Termino de clavar el penúltimo clavo. El penúltimo tornillo. Estoy a unos tres metros y medio de tierra. Podría dejarlo y que este fuera el último, pero prefiero asegurar con uno más. El cable de descenso está bien asegurado. Estoy seguro de que lo conseguiremos. O ella o yo. Y Rayco.
Mara me ha insultado y se ha puesto como una energúmena cuando le he contado que había encerrado a Matías en el almacén.
He podido incluso apreciar restos de saliva saliendo de su boca cuando me maldecía.
Que cómo había sido capaz de hacerlo. Que se podría morir si un temblor derrumba el edificio.
He tratado de explicarle cómo me he sentido.
Sin que ella me comprenda. Y he tratado de pedir perdón. Aunque a ella no se lo deba.
Por primera vez no siento celos. No creo que Mara se haya sentido atraída por Matías en ningún momento. Tan solo ha visto en él a un amigo. Alguien en quien confiar aparte de mí.
Después de varios minutos de insultos, le pido que me siga ayudando a pasarme el cable de la línea de vida.
Lo que habrá de salvarla a ella. Y a mí.
El plan es sencillo: le entregaremos el dinero a Héctor.
Si acepta el moni por el niño y deja a Mara libre, nos volvemos los tres en el Suzuki.
Si no acepta, ella saltará y se agarrará a la línea de vida para descender hasta la carretera que pasa por debajo de la punta del Fraile; yo iría detrás con Rayco enganchado a mi espalda.
No sería la primera vez que bajamos juntos un barranco así.
Lo malo es que esta vez no podrá llevar el arnés de seguridad.
Aun así, hay que intentarlo. Lo hemos estudiado bien. Llevo unas bengalas de rescate para provocar el desconcierto necesario que nos permitiría escapar.
Después huiríamos corriendo por la playa y el campo hasta encontrar el pueblo más cercano, Buenavista.
Son poco más de cuatro kilómetros. No debería llevarnos más de una hora Y, con suerte, podríamos encontrarnos con la Guardia Civil o algún buen samaritano por el camino.
Sí, la Guardia Civil con mi hijo ya a mi lado no me importaría. Asumiría todas las consecuencias.
Mara asegura que es posible que lleven armas de fuego. También está convencida, casi, de que no apretarán el gatillo. Y de lo que estamos seguros, los dos, es de que ni Héctor ni sus secuaces se atreverán a bajar por la pared de la Punta del Fraile en la que coloco la línea de vida.
Una vez abajo nos meteremos en el túnel y saldremos al otro lado de la carretera. Los de arriba no podrán llegar a nosotros en coche hasta, al menos, veinte minutos después. Llegaremos a la playa del Fraile y de ahí andando hasta Buenavista, bordeando la costa.
El plan no cuenta con fisuras.
El plan lo que alberga es una gran grieta. Casi tan grande y profunda como la que se está formando en mi isla, donde el Teide nos tiene, hablando en plata: acojonados.
Aunque más acojonado me tiene la situación en la que pueda estar mi hijo. Indefenso. Débil. Aterrorizado.
Yo suelo decir que hay que priorizar el interés general al individual.
Que no se puede pensar en micro para problemas macro.
Todo eso es lo que suele decir, o creer, un idealista como yo.
Hasta que llega la hora de los cuchillos.
La hora en la que algo te afecta de forma tan directa, que te conviertes en el mayor egoísta que has conocido jamás.
Al hilo de esto: me importa una mierda que Tenerife quede sepultada por el Teide mientras consiga rescatar a mi hijo sano y salvo. Estaría dispuesto a llevármelo con un dedo de menos. O incluso con un brazo de menos.
En estos devaneos me encuentro mientras termino de asegurar el último tornillo de la línea de vida. Miro hacia arriba y el punto de luz de la linterna de Mara me hace sonreír. Ella sigue ahí a pesar de todo. Se podría haber largado. Olvidarse de mí, y de Rayco, y de Tenerife.
Sin embargo, sigue ahí.
Miro hacia abajo en busca del mejor lugar por el que descender a la playa.
Quizá debería clavar un par de clavijas en horizontal para crear una especie de escalera.
Así, en caso de bajar con el niño a cuestas, el salto que tenga que pegar él sea menor.
Busco en la mochila la herramienta, y en ese momento vuelve a suceder.
Otro maldito temblor.
Otro terremoto que me pilla desprevenido. No me da tiempo a sacar el pequeño piolet que llevo en el cinturón.