Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Bocadillo de pata
32%

Bocadillo de pata

Tenerife Noroeste, presente.

Manuel tendrá unos sesenta años.

Sus manos llenas de arrugas, le hacen aparentar más. Me fijo en ellas mientras corta el pan de los dos bocadillos de pata que nos está preparando.

La venta de Manuel lleva funcionando desde hace más de los sesenta años que tiene su dueño.

Su padre, también Manuel, la regentaba antes.

Ahora, su hijo mantiene la tradición familiar.

Por aquí han pasado todo tipo de personas: canarios, guiris, godos, cazadores, montañeros, ciclistas, excursionistas y hasta farloperos de resaca después de una noche de juerga.

—El Teide es duro, ya se lo decía yo a tu padre muchas veces, Airam.

Asiento mientras no dejo de fijarme en sus manos cortando la pata de cerdo asada. Me crujen las tripas. Cuando recibí la noticia de Rayco casi vomito, sin embargo, ahora el cuerpo me pide calorías.

La venta está situada a las afueras de Tamaimo, cerca de nuestro objetivo.

—Muy duro, Manuel.

—Más duros somos notros, hijo —repone—. Tú tranquilo que ahora que la lava ha salido todo se va a calmar.

Lo dicen en todas partes. Unos días, o semanas, o meses si hace falta, de vomitera y a cerrarse de nuevo.

Y si llega al mar como en La Palma, pues España más grande y sanseacabó —Lo dice sonriendo y dejando a la vista su dentadura postiza.

Y esas palabras me recuerdan a las que dijo Matías horas antes. ¿Cómo estará?

—Ojalá tenga usted razón, Manuel —espanto mis pensamientos de un plumazo.

—¿Por dónde está cayendo la lava? —pregunta Mara.

Sube el volumen de la televisión.

—Dicen que hacia el sur. Pero no te preocupes, muchacha. Eso va muy lento. Y el diablo es muy alto.

Nos entrega los bocadillos. Yo lo engullo. Mara se lo come a trocitos. A fisquitos, como diría Manuel. Corta los pedazos como si le diera pena comérselo de golpe.

Recibo un mensaje de Aday. En esta zona hay cobertura. Pregunta qué tal. Le respondo que todo según lo previsto. Me escribe de nuevo, y me pide máximo cuidado y que desea de corazón que la cosa salga bien.

—Yo estoy preparado porque parece que lo siguiente que temblará seremos nosotros. Lo están diciendo en la radio. Que solo falta por temblar nuestra zona y la del norte. Ahí en la huerta tengo yo un refugio que no se cae ni con un huracán.

Asiento mientras mastico con rapidez.

—Cóbrese, Manuel.

—Tienes prisa, Airam.

—Lo que tengo es hambre, Manuel. Aunque también es verdad que tenemos que recoger al muchacho; está con un amigo en Icod. Espero que no sea verdad eso de que solo falta por temblar aquí y en el norte.

—Esperemos.

Le entrego un billete de cien euros.

—Chacho, no tengo cambio para esto.

—Se me queda usted la vuelta y la próxima vez me invita, que nadie hace la pata como aquí.

—La Vicenta, ya sabes la mano que tiene. Pero es mucho moni…

—¿No tendrá usted gasoil en el depósito de su coche?

—¿Que si tengo?

Me invita a acompañarlo. Salimos de la venta; el viejo camina con audacia, casi con nervios, como la pareja de recién casados que quiere enseñarte su nuevo hogar. Llegamos al huerto que tiene detrás. Me enseña un bidón gigante. A su lado hay un grupo electrógeno.

—Por ser tú te puedes llevar veinte litros. Que tal y como está la cosa, lo mismo lo necesito si se va la luz.

—¿Seguro? A ver si luego usted lo va a necesitar de verdad…

—Seguro, chacho. Tengo suficiente con los otros ochenta litros. Trae el coche, anda.

Voy a por el Suzuki, y lo acerco todo lo posible. El hombre se sorprende al ver el lamentable estado en el que está.

—Este era el coche del Lorenzo, ¿no? —Asiento—. Si levanta la cabeza y lo ve así se muere de nuevo.

—Los temblores, Manuel. Le han dado con una farola.

El hombre se lleva la mano a la cabeza. Toma una manguera, me la da y pide que abra la tapa del depósito. Abro y la meto. Él empieza a bombear con una rudimentaria bomba que tiene anclada al bidón de gasoil.

—Está mezclado con el colorao, pero te sirve. ¿Hasta dónde vas?

El tono rojizo del gasoil agrícola le da nombre al colorao que acaba de mencionar Manuel. Le recuerdo que a Icod de los Vinos y me responde que «de sobra».

Cuando termina la operación, le estrecho la mano y se lo agradezco. Con un gesto invito a Mara a largarnos. Ella no se despide y la abrazo por la cintura. Su tensión es más que palpable.

—Vamos, amor. Soy yo el que debería estar hecho polvo. Necesito que te vengas arriba.

—¿Dónde está Matías, Airam?

—Ya te lo he dicho, le convencí para irse con su familia.

Me mira, me escruta. Se separa de mí, y se sube al coche. Yo también.

Doy dos bocinazos y saco la mano por la ventanilla para despedirme de Manuel. No miro hacia atrás, ni por el retrovisor, pero imagino al hombrecillo con la mano en alto. Junto a su bidón de gasoil.

Espero volver a verlo.

Y sobre todo, espero no cruzarme con ninguna patrulla de la Guardia Civil.