Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Erupción
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Erupción

Tenerife Sur, presente.

La brigada se marcha dando un portazo.

Un cuadro que estaba desprendido por los temblores, termina de caerse al suelo. Es una copia de los girasoles de Van Gogh. De algún mercadillo infame.

Mi respiración sigue excitada. Debo esperar unos minutos, a que los guardias se marchen, antes de salir. Me toco, una vez más, el bolsillo interior de mi chaqueta para comprobar que el dinero (y el corazón) siguen allí.

Ambos están.

Mi otro corazón y el resto del dinero están en el coche. Marco su número. En efecto, no tengo cobertura. Susurro un «¡Puta mierda!» en voz baja.

Busco una riñonera o un bolso de mano o algo que me permita guardar el dinero de una mejor forma.

Subo a la habitación de Rayco y encuentro una mochila pequeña de cuando iba a la guardería.

Bajo a la cocina y en una bolsa de supermercado meto el dinero, y esa misma bolsa la meto en la pequeña mochila adornada con un balón de fútbol.

Me asomo por la ventana y no veo rastro de los picoletos. Aunque está claro que no se han ido. El teléfono sigue sin cobertura. Pateo el suelo. Pateo la lámpara.

El reloj marca las doce y cuarto.

El tiempo para mi plan se acaba. Necesito irme de aquí, ya.

Voy al baño porque me acuerdo de que me estoy meando. La pizza de anoche y el escaso café con magdalena rancia de esta mañana hacen mella en mi hambre: tengo que comer algo consistente lo antes posible.

Vuelvo a asomarme por la ventana. Son las doce y media. Me amarro bien la mochila a la espalda.

Salgo.

Salgo sin mirar hacia ningún lado.

Excepto cuando voy a girar por la calle en la que Mara me espera. Entonces noto su presencia.

—¡Joder!

Corro.

El coche está a menos de cincuenta metros. Subo de un salto. Mara se asusta. Estaba grogui.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

—Lo tengo, nos vamos pitando —Le entrego la mochila. No me da tiempo a darle explicaciones.

Miro por el retrovisor y un coche blanco está parado al final de la calle. Se escuchan pitos. Seguidos de una bocina. El coche blanco da marcha atrás, y entonces una patrulla de la Guardia Civil aparece en la esquina.

Arranco y salgo disparado.

—¿Por qué corres tanto? —protesta Mara. Le cuento lo que ocurre y mira hacia atrás—. ¿Estás huyendo de la Guardia Civil?

—No. Yo no he hecho nada.

—¿Cómo que no?

—No, quien lo ha hecho es Héctor. ¿Recuerdas?

Mara se lleva las manos a la boca, y gira la cabeza para mirar por la ventanilla.

Doblo por la primera calle que puedo. Voy todo lo deprisa que las intrincadas calles de esa parte de Guía me dejan.

Salgo a la Avenida de Isora después de callejear, y tomo la dirección noroeste.

A los pocos segundos vuelvo a mirar por el retrovisor y el patrulla de los picoletos aparece en el espejo.

Y entonces el Teide nos echa una mano providencial. La tierra vuelve a temblar. Con fuerza. Los terremotos han llegado a Isora para quedarse. Como si con cada temblor el volcán fuera barriendo una parte distinta de la isla.

Un semáforo se tambalea delante de nosotros.

A unos cincuenta metros. Piso el acelerador y justo cuando Mara empieza a chillar el cuadro de las luces, que están en ámbar, se precipitan sobre nosotros.

Golpean la parte trasera del chasis. La puerta se descuelga de nuevo.

La sujeción que lleva hace que no se caiga, pero el coche se comporta de forma muy inestable.

El semáforo ha ralentizado a los civiles, pero los sigo viendo por el retrovisor.

A unos treinta metros diviso a nuestro salvador: una palmera de más de veinte metros se mueve con la torpeza de un borracho.

Si cae hacia la derecha destruirá una pequeña casa de una planta que alberga el minúsculo comercio en el que compraba chuches de pequeño; al que sigo llevando a Rayco de vez en cuando.

Musito para mí algún tipo de rezo guanche: le pido al Teide que tire el árbol hacia el otro lado.

Quizá me escuche. Quizá esté de mi lado y, cuando llegue el momento de la verdad, sea capaz de destruir a Héctor.

Consigo pasar la palmera y aminoro.

—¿Por qué paras?

—Quiero asegurar la puerta.

A lo lejos, la palmera está a punto de derrumbarse sobre la carretera. El coche de los picoletos se acerca.

El árbol cae.

Con la ayuda de una cizalla que habíamos guardado del almacén, corto los cordones que sujetan la puerta del viejo todoterreno.

De un tirón fuerte cae al suelo. No veo lo que ocurre al otro lado de la palmera, pero supongo que los judiciales se han detenido.

A los pocos segundos la figura de la brigada Donaire aparece encaramada al tronco de la palmera.

Su guardia (Adrián creo que lo ha llamado) también.

La tierra deja de temblar. Me fijo en el volcán. Un fulgor rojizo aparece en la cima. Por fin ha explotado. El Teide nos ha ayudado a escapar de la Guardia Civil, y lo ha hecho demostrando todo su poderío.

Llevo mi dedo índice a la sien y lo uso para saludar a los guardias.

—¿Los has saludado? —pregunta Mara cuando me dispongo a arrancar.

—Una pequeña victoria —sonrío.

—Sabes que te has llevado dinero de forma ilícita de un banco y que ahora comunicarán a otras patrullas que detengan a un viejo Suzuki sin puerta trasera, ¿no?

Trago saliva.

Arranco y acelero. No demasiado. A los pocos metros de salir de Guía tomo un camino de tierra que hay a la izquierda.

Vuelvo a pedir al Dios Guanche que los amortiguadores del Suzuki aguanten.

Y que la lava descienda por la vertiente norte.