La chaqueta
Tenerife Sur, presente.
Los quince minutos se han convertido en más de media hora.
Cuando me despierto me fijo en Mara. Su respiración es profunda. También se ha dormido. Decido dejarla descansar.
Salgo del coche. No echo el seguro, por si tengo que venir corriendo y montarme rápido.
Camino hacia la esquina de mi calle. Me cruzo con un adolescente que viene con una barra de pan de la mano.
Es curioso que, aunque el mundo se derrumbe, la rutina no deje de suceder.
El muchacho se come el pico de la barra de pan, con ganas.
Sonrío al ver su jovialidad, y él me corresponde, como diciendo: hay hambre.
Espero que Rayco sonría así cuando alcance esa edad.
Llego a la esquina, y antes de doblarla miro hacia atrás. El chico camina de espaldas sin girarse. Me detengo y me asomo. Los guardias no están en la puerta.
Troto a paso ligero hasta la entrada de mi casa.
Me fijo en los coches aparcados en la acera de enfrente.
No parece que haya nadie en ninguno. Tengo entendido que los policías montan vigilancias en los coches de incógnito.
No sé si este será el caso. De cualquier modo, subo los dos peldaños que hay en umbral.
Meter la llave en la puerta me lleva más tiempo del habitual.
Me tiembla el pulso y no atino. Miro hacia atrás y hacia los lados por si los picoletos estuvieran agazapados esperándome.
Por fin, doy con la cerradura y entro en casa. Me apoyo sobre la puerta y tomo aire. Cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra de la estancia, me doy cuenta de que no está como debería. Hay cosas caídas por todos lados. Cuadros, sillas, e incluso una lámpara de pie está destrozada en el suelo.
¿Qué estará buscando la Guardia Civil? Aunque…los Civiles no allanan las moradas así como así.
Entonces me entra el pánico.
Subo las escaleras a toda prisa. Voy a la habitación y veo el mismo destrozo: cuadros caídos, la lámpara de la mesita de noche en el suelo.
Y mi cazadora.
La cazadora sigue en la silla en la que la dejé por la noche. La alcanzo y busco en el bolsillo interior izquierdo.
—¡Joder! —El sobre con el dinero sigue ahí. Lo saco, no parece que hayan tocado nada. Me fijo de nuevo en la habitación. Voy al cuarto de baño y veo cosas de aseo personal en el suelo—. ¡Joder, qué gilipollas estoy!
Sonrío.
Me tumbo en la cama, boca arriba.
Los malditos temblores han sacudido también Guía y han zarandeado la casa. Nadie ha entrado buscando nada. Me permito unos segundos en la cama. Sigo roto y el cuerpo es sabio. La lámpara del techo no está descolgada. La atornillé bien.
Cierro los ojos un segundo, pero no me permito caer en la modorra, que me conozco.
Me incorporo y entonces me arrepiento de haberme dado esos segundos de relax.
Suena el timbre de la puerta.
Por favor que sea Mara.
Bajo despacio, y miro por la ventana. No, no es Mara, y además me han visto.
—¡Señor García, haga usted el favor de abrir!
No me queda otra. Me dirijo hacia la puerta y repito la operación: pie firme a unos centímetros. Abro y dejo una pequeña rendija.
La guardia no dice nada. Solo me muestra una hoja en la que no acierto a leer lo que pone.
—Déjenos pasar ahora mismo. Le repito que somos Policía Judicial.
Retiro el pie y los dos guardias entran en la vivienda. Me entregan el papel en el que aparece una firma de un juez y autoriza a acceder a mi casa.
Deambulan por el salón. El guardia recoge una foto del suelo. Es la que estoy con Rayco. Noto una rareza en el semblante del agente. Me mira.
—¿Este es su hijo? —pregunta.
Afirmo.
Él se muerde el labio, de forma torpe. Agacha la cabeza y suspira.
—¿Dónde está? —pregunta la guardia.
—Con mi familia en Icod.
—¿Ha ido y ha vuelto hoy mismo? Como están las carreteras…
—En el norte están bien —Bendita radio, pienso.
La guardia se pone con los brazos en jarra. Da una vuelta más por el salón.
—Adrián, sube arriba y echa un vistazo.
El guardia obedece. La mujer se acerca a mí.
—¿Con qué vehículo ha ido hasta Icod?
—Con uno de la empresa —miento.
—¿Y dónde lo ha dejado?
—En una calle aquí al lado —titubeo—. No sabía si habría aparcamiento más cerca y lo he dejado en el primer sitio que he encontrado. ¿Algún problema?
—No, no. Ninguno.
Escucho pasos en la escalera.
—Arriba no hay nadie, mi brigada —dice el guardia—. Pero…
—Pero ¿qué?, Adrián.
—Los colchones de lo que parece la habitación infantil no están en su sitio. Los han puesto debajo de la cama de matrimonio.
—¿Por qué? —me pregunta la brigada.
—¿Usted qué cree? —Nos miramos a los ojos. No me achanto— ¿De verdad tengo que explicárselo, señora?
—Donaire, brigada Donaire. De Policía Judicial.
—Brigada Donaire, usted no es canaria, ¿verdad? —contraataco.
—Ya sabe usted que no.
—Y esto de los terremotos es nuevo para usted —Ella no dice nada—.
Bien, yo viví un tiempo en El Hierro. Allí los conocí.
Hemos dormido los tres en los colchones debajo de la cama.
Porque si se te cae la casa encima, tienes más posibilidades de que no te rompa la cabeza un cascote del techo si estás protegido —Los dos guardias se miran—.
¿Entiende ahora que no quisiera sacar a mi hijo de debajo de la cama esta mañana?
Por desgracia, al poco de ustedes irse he subido y el niño estaba despierto. Ustedes lo han despertado.
La brigada da otro paso más hacia mí. Estamos demasiado cerca para mi gusto.
—Vaya usted a Icod, y preséntense en el puesto de la Guardia Civil de allí. Si no lo ha hecho dentro de dos horas, procederemos a cursar una orden de detención sobre usted.
—¿Cómo?
Donaire no contesta. Le hace un gesto con la mano al guardia para que se marchen.
Antes de salir por la puerta, la brigada Donaire se gira y me dedica unas palabras:
—Hemos visitado a la persona que nos llamó para informarnos de la desaparición de su hijo. Nos ha dicho que su pareja se marchó esta mañana temprano, dice que, con usted, a Adeje. Y que no da señales de vida desde entonces. Han pasado más de cinco horas. Si usted sabe algo, ruego que nos informe.
Señalo mi teléfono móvil para decir:
—No tengo cobertura.