Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Vuelta a casa
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Vuelta a casa

Tenerife Sur, presente.

Los mismos dos guardias civiles que nos han visitado por mañana, han vuelto a la casa.

Esperan junto a la puerta. Van de paisano, a diferencia de antes.

La mujer es grande. El tipo está fuerte.

Sin duda son dos policías acostumbrados a lidiar con mala gente.

Policía Judicial de homicidios y desapariciones, han dicho.

He tenido mucha suerte porque a pocos metros de mi casa, hay una calle estrecha por la que me he podido desviar sin que me vieran. Creo.

—Airam, deberías hablar con ellos.

Me detengo en un lado de la calle donde hay un aparcamiento.

—¿Y qué les voy a contar?

—La verdad —Miro a mi pareja. Alberga unas ojeras de patente falta de sueño y de abundancia de lágrimas—.

Tal y como está el panorama, tienes que poner a Rayco en un lugar seguro.

Cuando Héctor vuelva a llamar, que lo hará, le dices que yo me entrego ya mismo.

Nada de esperar hasta la noche. Le digo lo del dinero y me voy con él.

Y tú te quedas con la Guardia Civil y les cuentas todo.

—¿Y cómo me entregan al niño?

—Yo le convenzo para que lo entreguemos en algún puesto de policía.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tiene sentido. Yo tengo que estar presente.

Yo me llevo al niño, ¿cómo vais a dejarlo con la policía?

¿Qué excusa va a poner? —Mara mira hacia el suelo—.

Es imposible que no acepte noventa mil euros —Hago una pausa, pongo mi mano sobre su brazo— ¿Pasó algo entre vosotros para que no acepte tanta pasta?

Mara mira al suelo. Insisto en mi pregunta.

—Solo lo abandoné.

—Entonces debe aceptarlo. No puede retenerte a la fuerza, no eres una esclava.

—Sí puede.

—No.

—Tú no lo entiendes, Airam. No podrías entenderlo.

—Pues explícamelo.

Rompe a llorar. Trato de envolverla con mis brazos, pero se retira, se retrepa contra la ventanilla.

Me aparto. Miro al techo del coche. Pongo las manos en el volante. Suspiro.

—Voy a esperar un rato. Me acerco a la casa. Si me topo con ellos, les digo que os he llevado con un familiar al norte de la isla —Mara no responde—. Por favor, necesito que me apoyes. ¿Cuento contigo?

Mueve la cabeza hacia abajo y hacia arriba, con timidez. Solloza.

Reclino el asiento del coche. Necesito cerrar los ojos al menos quince minutos. Estoy exhausto. El reloj marca las doce de la mañana.

Tengo tiempo.

Espero.