El tajo en la montaña
Tenerife Sur, presente.
Conduzco de vuelta a Guía por la TF-1.
El humo que envuelve la isla ha devorado a las nubes. Las ha fagocitado y cubierto el cielo de un manto pardo que oscurece, no solo el día, sino el alma. Sobre el mar se precipita una alfombra de calima que no permite distinguir ni la isla de La Gomera.
Pego un frenazo porque en el coche que me precede se han encendido las luces traseras. Estoy lo suficiente alerta debido al denso tráfico. Enciendo la radio y busco en el dial las noticias. No son buenas.
La locutora tiene una voz dulce, que contrasta con los acontecimientos que está narrando. Es como si Marilyn Monroe, en lugar de cantar el Happy Birthday Mister President, recitara un verso de Lovecraft, o de Poe.
«No sabemos cuánto tiempo podremos mantener la emisión. La isla de Tenerife está siendo sacudida por gravísimos terremotos, algunos de ellos superiores al grado seis en la escala de Richter. La localidad de Güímar está devastada.
Muchas poblaciones en la costa de Adeje están sufriendo gravísimos daños. La capital, Santa Cruz también, aunque los daños son menores. La zona norte y noroeste de la isla son las menos afectadas. Los expertos indican que lo mejor sería que el volcán erupcionase,
porque los terremotos están causados por el movimiento de magma en el interior de la tierra. Un magma que está luchando por salir y que es el causante del caos que tenemos en Tenerife. Los aeropuertos están colapsados, al igual que los puertos.
La gente está aterrorizada y estamos viviendo momentos de auténtico caos. Las autoridades llaman a la calma, a buscar lugares seguros apartados de grandes edificios. Pero ruegan que no se coja el coche para trayectos largos…»
—Nos está mandando al campo. A vivir como alimañas —digo. Mara calla.
El atasco es monumental, y para bajar hacia Adeje es aún mayor.
Me fijo en las caras de los ocupantes de los coches que van en dirección contraria. Hay miedo. Familias con sus hijos, sin mover la boca. Sin música puesta, solo noticias. Madres y padres que no saben cómo proteger a sus criaturas. Al menos ellos los tienen cerca.
Llegamos a la zona más temida. Aquella robada a la montaña. Hay piedras gigantescas en el arcén. Muchos pitidos para que la cola avance, pero no saben que todos buscan lo mismo. Me detengo antes de entrar en la zona complicada.
—¿Qué haces Airam?
—Esperar a que el de delante llegue al final de este tramo.
—Pero vas a colapsar más la carretera.
—No importa.
El coche de atrás empieza a pitar. No para de hacerlo, hasta que se cansa, y me adelanta por la derecha, por el arcén, y me dedica un sonoro insulto.
Llega hasta el vehículo que le precede. Habrá unos treinta metros de distancia.
Me fijo en el corte en la montaña. Todavía quedan rocas muy grandes en la parte alta.
Me bajo desoyendo los requerimientos de Mara.
Voy hasta el coche de detrás que ha comenzado a pitar. Le pido que baje la ventanilla y le señalo.
—¿Ves esas rocas? —El conductor, un muchacho de poco más de veinte años que viaja con la que supongo será su novia, afirma con la cabeza—.
Si la tierra tiembla y nos pilla en medio nos mata.
¿Entiendes? —El chico vuelve a afirmar—.
Así que deja de pitar, díselo al de detrás y que corra la voz.
Yo voy a esperar a que el gilipollas de delante llegue al final y entonces avanzaré a toda hostia.
Te recomiendo que hagas lo mismo. Lo dicho: que corra la voz.
El chico se baja y cumple con lo que he pedido.
Vuelvo al Sukuki y me siento. Suspiro. Mara me coge la mano.
Cesan los pitos. Los que vienen en sentido contrario siguen circulando por la zona peligrosa.
Hasta pasados unos minutos. La gente no es tan tonta como parece, y al ver lo que estamos haciendo en este sentido, han copiado la idea.
Transitar por esa zona se vuelve menos peligroso, y te da más margen de maniobra si circula un solo vehículo por sentido, que si lo hacen más de treinta.
Cuando el tramo de la carretera está despejado, y considero que el atasco está al otro lado del tajo en la montaña, arranco.
La velocidad máxima permitida es de noventa por hora.
Pongo el Suzuki a cien. El coche vibra, la puerta de atrás parece que se va a desmontar.
Me fijo en las rocas de la montaña. De momento están tranquilas.
—Airam —grita Mara.
Tengo el coche de delante a escasos veinte metros.
Frenazo. Las pastillas del Suzuki no están todo lo bien que sería necesario.
El coche se detiene a escasos centímetros del gilipollas que me ha adelantado y me ha insultado.
Me dan ganas de bajarme, pero no hay tiempo.
La zona todavía no es segura. Saco la cabeza por la ventanilla y miro hacia arriba.
Necesito otros veinte metros para estar más tranquilo. La tierra no tiembla.
Avanzamos y la cosa se tranquiliza.
Después de más de media hora en un trayecto que se tardan quince minutos, llegamos a Guía de Isora. Seguimos vivos.
Lo malo es que, al llegar a la puerta de casa, al menos yo, me quiero morir.