Delincuentes
Tenerife Sur, presente.
Una farola se ha caído sobre el Suzuki.
Para ser exactos sobre la parte de atrás y ha reventado la puerta.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Mara entre sollozos.
—Ahora vamos a levantarla entre los dos, y sujetaré la puerta con cuerda.
Hay numerosos daños materiales, pero no aprecio víctimas alrededor. Algunas personas magulladas quizá. Es una zona de edificios bajos, de no más de tres plantas. Por lo que, sin tener ni idea, entiendo que sufren menos que los bloques altos de otras partes de Adeje y de la isla.
La farola pesa lo suyo.
No sé si por la adrenalina o por el miedo o por la rabia, conseguimos moverla lo suficiente.
Entro en el coche y lo muevo otro tanto hasta que la farola cae sobre el coche de atrás.
Ya le daré el número de póliza. Maniobro para situar el Suzuki en la calzada.
Salgo y compruebo los daños: la puerta está descolgada y no cierra.
Solucionable.
Escuchamos gritos alrededor nuestra. Más sirenas de ambulancias. Yo no tengo tiempo de distraerme.
Cojo una cuerda del cinco y la desenrollo.
Le pido a Mara que me ayude. Tiene que sujetar la puerta mientras yo introduzco una pica en uno de los goznes.
Hacemos lo que podemos, aunque la operación falla.
Por ello tomo la drástica solución de usar el cable de acero.
Un cable de acero que necesitaré, ahora y después.
Consigo amarrar la puerta lo suficiente para que podamos conducir de forma segura.
Nos montamos en el coche, y caigo en la cuenta de todo el dinero que llevo en el bolsillo. Cojo los billetes del bolsillo y se los entrego a Mara.
—¡Cuéntalo!
—¿Qué has hecho?
—Sacar dinero para rescatar a Rayco.
Noto sus ojos clavados en mi cara, lo ignoro y arranco.
Mara tarda, pero cuenta el dinero. Su boca abierta lo dice todo. Aunque lo complementa con sus palabras.
—¡Hemos robado un banco!
—No, he sacado mi dinero de una oficina bancaria. Y he sido yo, tú no tienes nada que ver.
—Yo iba contigo. Y aquí hay más de cincuenta mil euros. Quizá cincuenta y dos. No he podido contarlo bien.
Estoy a punto de gritar de euforia. ¡Joder!, sumado a lo que tenemos en casa, son cerca de noventa mil euros.
—Héctor tiene que aceptarlo —grito, sonriendo—. ¿Cómo no va a aceptar noventa mil billetes?
Aparto la vista de la carretera unos instantes para mirarla. Estoy entusiasmado.
Sin embargo, el gesto de mi pareja no se acerca en nada a mi estado de ánimo.