Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Terremoto
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Terremoto

Tenerife Sur, presente.

La tierra tiembla cuando la máquina cuenta los billetes.

La cajera hace una mueca de terror, abre la boca y chilla con todas sus fuerzas.

Mara me abraza. Un cristal de la oficina se destroza y cae sobre la cara de la empleada que minutos antes nos había ofrecido con amabilidad su atención.

Las alarmas de la oficina empiezan a sonar.

La gente grita y sale corriendo. Mara me agarra con fuerza del brazo y tira de mí hacia la salida. Yo no me muevo.

La cajera se ha metido debajo de la mesa. Me libro de la mano de Mara y rodeo el mostrador de la caja. La máquina de contar billetes está terminando de hacerlo. La cajera observa, acurrucada bajo el mostrador, cómo los cojo.

Cruzamos la mirada. Veo en la pantalla una tecla de sí o no.

Le doy que sí en el teclado. La máquina que expulsa los billetes vuelve a sacar una cantidad indeterminada.

Un fluorescente se descuelga a mi espalda y golpea en el suelo.

La cajera chilla. Mara también, aunque apenas la escucho.

La máquina termina de expulsar los billetes.

Tomo el nuevo fajo y tengo la tentación de darle otra vez.

—¡Vámonos, Airam!

Esta vez sí escucho el grito de Mara. Cruzo de nuevo la mirada con la cajera, que llora.

Me abrazo a Mara y salimos corriendo de la sucursal, justo cuando la puerta de la entrada se descuelga y cae a plomo sobre el suelo.

El cristal estalla y nos imposibilita una salida cómoda.

Ayudo a Mara a salir por entre los restos del vidrio roto.

En la calle la tierra sigue temblando. Me fijo en un balcón que se ha desprendido de su fachada.

Caen varias farolas y un semáforo a unos cien metros también.

—¡¿Qué hacemos!?

Estoy colapsado. Mi mano está llena de billetes de doscientos euros.

Me los meto como puedo en el pantalón; sin embargo, alguno se cae al suelo.

Mara me guía y empezamos a correr sin un rumbo fijo.

La mayoría de las personas están pegadas a las fachadas de los edificios, y Mara me dice que hagamos lo mismo.

Después de haber visto un balcón descolgándose me niego.

Sin mirar si pasa algún coche, cruzamos la calle y nos situamos en la mediana, junto a otras personas asustadas y desesperadas como nosotros.

Vigilo los árboles y las farolas por si se desprenden y hay que salir corriendo. Parece el sitio más seguro de todos.

No sé cuánto tiempo pasa. Escucho un crujido a mi espalda y las raíces de una palmera surgen de entre la tierra, rompen la acera y el asfalto. El árbol se eleva. Sin embargo, el temblor se detiene. Poco a poco. La palmera no cae.

Abrazo con fuerza a Mara, tiembla.

—Vamos al coche —sugiero.

Me sigue, se deja llevar. Yo estoy muy asustado, pero ella parece estar en shock.

Cuando llegamos al coche, el mundo se nos cae encima.

Más si cabe.