El banco
Tenerife Sur, presente.
El abrazo que le doy a Mara está fuera de lugar.
O quizá no, teniendo en cuenta que la isla está sumida en un caos del que nadie sabe cómo escaparemos.
El banco ha abierto antes de la hora establecida y, aunque seguimos haciendo cola, parece que no tardaremos mucho en entrar.
—¿Y Matías?
—Me ha confesado que Luisa ha sido la que ha avisado a los guardias.
Mara abre la boca. Agacha la cabeza.
Vuelvo a abrazarla.
Me fijo en las nubes. Grises. Parduzcas. Un abanico de colores tristes que no presagia nada bueno.
—¿Y dónde está?
—Se ha quedado en el local, han intentado robar y va a ver si consigue arreglar la puerta de entrada —miento—. Le he pedido que no venga con nosotros. No podría estar bien con él.
Ella se separa y me mira. Quiere protestar. Sabe que no debe.
Por fin, la cola parece avanzar. Es como una repetición de la noche anterior.
Con nervios por si ocurre algo que nos impida sacar el dinero.
Poco antes he recibido un mensaje de mi hermano en el que me confirma que el traspaso urgente está hecho.
Lo he mirado en mi aplicación del móvil y he sonreído.
Hay más de treinta mil euros disponibles para sacar.
—¡Mierda!
—¿Qué ocurre? —pregunta Mara.
—¡El dinero del coche y del cajero de ayer! —ella me interroga con la mirada—. Lo tengo en la cazadora que llevaba anoche. La he dejado en casa.
—Bueno, no te preocupes. Ahora lo recogemos.
Me preocupa que se produzca otro terremoto y se caiga la casa.
O que corten las carreteras. Me doy un golpe en el pecho, el lugar donde debería estar el bolsillo interior de mi cazadora, que está en casa con el dinero.
La culpa la tiene Matías. Si su mujer no hubiera avisado a la Guardia Civil, yo no me habría descentrado y hubiera recordado coger la chaqueta.
Me alegro de haberlo dejado encerrado. Aunque no deba.
Dentro de la oficina del banco, una empleada nos indica que nos sentemos. Antes de hacerlo le pregunto si ella nos entrega efectivo, ante su negativa, seguimos de pie esperando en la cola de la caja. Solo queda una persona delante.
Mis pies se mueven. Mucho. Demasiado.
Mi mano aprieta la de Mara, tan fuerte que ella da un quejido y la suelta.
Le pido perdón, y sonrío. Le doy un beso en la mejilla.
Necesito que se termine el cliente al que la chica de la caja está atendiendo con mayor lentitud de la requerida para la situación.
Después de unos interminables cuatro minutos (no dejo de mirar mi reloj), es nuestro turno. Saco el DNI y se lo entrego a la cajera. No se extraña cuando le pido que me entregue todo el disponible que hay en mi cuenta. Debe de ser la tónica general del día.
—Con el ingreso que le han hecho hoy mismo, hay en total treinta mil doscientos cuarenta y tres euros con veinte céntimos. ¿Lo saco todo? —Asiento sin decir nada—. ¿Los céntimos también?
—Señorita, todo menos los tres con veinte —dice Mara, impertinente.
La chica procede a solicitar el dinero en el sistema.
Mis pies no pueden parar quieto.
Y mucho menos cuando la tierra vuelve a temblar.