Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 Encerrado
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Encerrado

Tenerife Sur, presente.

Los golpes de mi compañero retumban en la puerta metálica. Yo, apoyado sobre ella, me deslizo hacia abajo, hasta sentarme en el suelo.

Matías grita que le abra.

No dejo de mirar el mensaje que me ha mandado Héctor.

En él aparece una foto de la mejilla de Rayco con una cicatriz sanguinolenta. El mensaje que acompaña haría vomitar a cualquier padre.

«Como los civiles vuelvan a acercarse, lo siguiente será el ojo».

—Airam, abre, joder, basta ya de esta locura.

—No lo has jurado por El barranco, Matías.

Deja de golpear.

Sí, tiene razón. Es todo una locura. Desde el momento en el que se llevaron a mi hijo del cole no puedo discernir si estoy cuerdo o loco.

O quizá lo estuviera desde antes, desde que conocí a Mara y casi perdí la facultad de decidir por mí mismo.

O quizá desde que murieran mis padres. O desde que Lorenzo se encargó de nosotros.

—¿Por qué me has traicionado, Matías?

—No he sido yo…

—No me tomes por un bobomierda, Matías. Eso no.

Matías solloza al otro lado de la puerta.

—Ha sido Luisa.

Mis ojos se abren, grandes. Me levanto del suelo y me doy la vuelta. Apoyo la cabeza sobre la puerta.

—¿Qué carajo estás diciendo, Matías?

—Me lo sacó, hermano, se lo tuve que contar —Me aparto ligeramente de la puerta.

Tiene un tono verde oscuro, que no pega con el verde pistacho del que están pintadas las paredes de pladur del local.

Golpeo con fuerza con la parte inferior del puño.

Vuelvo a golpear, dos veces más, tres—. Tienes razón en todo, Airam, en todo.

Ahora mismo no sé a qué se refiere Matías, si a que es un traidor, a que es un cerdo para con su mujer, o a que me la quiere pegar con Mara.

—Has metido en un problema a tu familia, Matías. Te voy a mandar la foto que me acaban de mandar de Rayco. Tu móvil te lo dejo aquí encima del mostrador. Para cuando vengan a sacarte.

—¿Quién? ¿Cómo que a sacarme?

—No sé, ¿tus amigos los picoletos? Sé que se pueden rastrear las posiciones de los móviles. Aunque tal y como está el tema, no sé si eso será rápido o no. Por eso me tengo que ir.

—Airam, por Dios, no te vayas. Te juro que no pude evitarlo. Me amenazó.

—Si Luisa es capaz de amenazarte…

—Me amenazó con contarte una cosa de Mara y yo…

La cabeza me da un vuelco. Así que a eso se refería cuando me decía que tenía razón.

—Así que eran paranoias mías ¿no?

—No, no es lo que te crees.

—¿Y qué es lo que me creo?

Escucho un sollozo y un suspiro.

—No te voy a mentir: me gustaba Mara. Ya sabes como soy. Pero te juro que nunca ha pasado nada. Ella no quiere, Airam.

—Me voy a cagar en tu puta madre, Matías.

—Luisa me pilló un par de mensajes que yo le mandé —Puedo imaginar qué clase de mensajes son—.

Pero Mara me pidió que dejara de hacerlo.

Llevabais poco tiempo. Y tú me contaste que todavía no os habíais acostado —Vuelvo a golpear la puerta.

Me dan ganas de abrirla, coger la pala, liarme a palazos con él, y tirarle al Barranco del Infierno—.

Soy un zarandajo, hermano, de lo peorcito.

Pero te juro que no ha pasado nada más. Ahora simplemente la veo como tu mujer, aunque ya sabes como soy con todas las mujeres.

No puedo evitarlo, pero es sin maldad, tú me conoces, Airam.

Sí, le conozco lo suficiente para saber que si Mara estuviera dispuesta, él no tendría reparos en joder a un amigo, a un casi hermano.

—Cuando tus colegas los picoletos te saquen, échale un vistazo a la foto que te mando. Y vete a casa con tu mujer y tus hijos.

—Así que lo de la cobertura era mentira.

—No te creas que por eso estamos empatados —incido—. Si salgo vivo de todo esto, no se te ocurra volver a acercarte a mí. Contrataré un abogado para disolver la sociedad.

—Airam, joder.

—Pensándolo mejor, no te voy a mandar la foto que tú eres capaz de enseñársela a los civiles y a saber qué mentiras les cuentas. Pero te aconsejo que protejas bien a tus hijos porque esta gente sabe que los picoletos nos han hecho una visita.

—¡Airam! Sácame de aquí — grita—. No puedes decirme eso y dejarme encerrado. No quiero estar encerrado con un volcán en erupción a nuestras espaldas.

—Adiós, Matías.

La lava no viaja tan rápido como para arrasar Adeje antes de que alguien venga a rescatarlo.

Dejo la llave del almacén junto a su teléfono móvil.

Me largo escuchando sus golpes y sus gritos a mi espalda.