Saga secuestros: Toda la colección. Libros 1-6 El almacén
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El almacén

Tenerife Sur, presente.

Conduzco el Suzuki de camino a Adeje. Escuchamos la radio local: la situación está recobrando la normalidad. No se puede dar una cifra exacta de fallecidos, pero, al parecer, superan la veintena. En otras partes de la isla la situación es peor.

Cuando pasamos, otra vez, por la zona que la carretera ha robado a la montaña, sentimos miedo. Nadie lo dice, pero todos miramos con recelo a la tierra partida, y a las muchas rocas blancas y grisáceas que han caído a la cuneta. Son una advertencia, una avanzadilla de lo que, quizá, está por venir.

Es un lugar en el que se puede transitar a noventa kilómetros por hora, pero vamos a unos cincuenta.

Todos los coches que transitan por la carretera extreman precauciones.

El cielo sigue plomizo, mitad por los vapores del volcán, mitad por las nubes que hoy se han levantado juguetonas y se mezclan por el dióxido de azufre del Teide.

Los expertos de la radio hablan de una erupción inminente. Casi todos apuestan por el cráter original. Otros dicen que podría abrirse un nuevo cráter en una zona indeterminada en un radio de cuarenta kilómetros.

Aunque quede lejos, y después de la experiencia del volcán de La Palma (la lava avanza despacio), hay miedo. Un miedo atávico quizá heredado de los guanches, que sí vieron al Teide en pleno apogeo. Mis padres eran tinerfeños de pura cepa, mis abuelos, creo, también.

Cruzo la TF-1 a su paso por Adeje, y se observa alguna humareda a lo lejos.

El día está peleándose con la noche y no se ve todo lo bien que sería deseable.

Nos desviamos en dirección del Parque de El Galeón.

Llegamos a la oficina del banco a las siete y media.

Ya hay cola. Otra vez. Más de veinte personas esperando.

—¿No íbamos primero al local? —comenta Matías.

—Mara —digo sin responderle—. Yo sabía que habría cola, así que haz el favor de ponerte tú a esperar mientras Matías y yo vamos a Arranko.

—¿Y eso? —protesta ella.

—Lo acabo de comentar: mira la cola.

Me fijo en sus ojos, y sus recelos se hacen obvios. Conozco esa mirada. Creo que ella conoce también la mía. Se quita el cinturón de seguridad y le pide permiso a Matías para salir.

—Tienes cobertura, ¿verdad?

Ella solo afirma, y se baja del coche sin despedirse.

—Tardaremos poco —dice Matías desde la ventanilla, y saluda.

Doy un acelerón y salimos rápido en dirección Arranko.

Está cerca por lo que nos tiene que dar tiempo a cargar todo lo necesario y volver al banco antes de las ocho y cuarto, que es su hora de apertura.

Cuando llegamos me estremezco al ver el estado del local. La puerta está fuera de su sitio. Parece obvio que han entrado a robar.

Por fortuna, solo se han llevado la torre del ordenador y el monitor. La manivela de la puerta del almacén está dañada, pero no han sido capaces de entrar.

—Joder, hermano, la cosa pinta mal —dice Matías.

—¿Tienes un carro en el maletero?

—No.

No digo más y abro la puerta. Con dificultad, porque la han manipulado para intentar abrirla. Le pido ayuda a Matáis que mete los dedos entre la puerta y el marco. Conseguimos abrirla del todo.

En el interior el material sigue igual de bien colocado. Y además hay luz.

—Démonos prisa, no vaya a ser que venga la Guardia Civil o los locales —digo.

La sombra de los picoletos planea sobre mi cabeza como si fuera un cuervo verde oscuro. Cargamos todo lo valioso que hay en el almacén en el exiguo maletero del Suzuki. Usamos también los asientos de atrás porque no tenemos pensado subir a turistas. Por desgracia.

—Me dejas un momento el móvil que pregunte a Mara —pido—. Me he vuelto a quedar sin cobertura.

Él me lo entrega sonriendo. Tecleo en su móvil. Lo dejo sobre el mostrador del local.

Le pido a Matías que me ayude a cargar lo último: una soga de veinte metros de acero, muy pesada. Le cedo el paso para que entre él primero. Yo me quedo en el vano de la puerta mientras él llega hasta el final. La llave está metida en la cerradura. Le indico qué cable es el que necesito.

—Matías —Él levanta la cabeza del sitio. Me mira—. Aday me lo ha jurado por El barranco—. Abre la boca—. Él no ha avisado a la Guardia Civil —Mi compañero deja caer lo que tiene en las manos—. ¿Lo juras tú también? ¿Lo juras por El barranco?

En ese momento me llega un mensaje al móvil. Siento la vibración en la pierna. Cojo el móvil con cuidado, sin soltar la mano de la manivela de la puerta.

Matías sigue con la boca abierta.

Cuando veo el mensaje casi se me cae el móvil al suelo. Pensaba que podía ser un mensaje de Mara. Sin embargo, es de Héctor.

—Airam, yo…

Se me saltan las lágrimas. Hay una pala apoyada justo a mi lado. La miro. Me inclino para cogerla. Matías sale a correr en mi dirección.

No me da tiempo a coger la pala.

A él tampoco le da tiempo a llegar hasta la puerta.